miércoles, 11 de abril de 2012

Pedazos

Para Dag.
Se rompió como un cristal, en cientos de pedazos, mientras todos se cubrían los oídos para evitar escuchar el estallar consumido del desplome. Sencillamente se quebró, chispeando las lozas con el mismo sonido con que se despedazan todas las cosas que para siempre quedan fragmentadas, grabadas con pulcras líneas amarillentas cuando se logra juntar todos los pedazos diseminados por doquier. Me hizo recordar aquel día que andaba yo lloriqueando cuando una amiga contó delante de otros que yo tomaba un biberón en las mañanas. Me sentí traicionada y expuesta. Exhibía algo íntimo, un secreto arrinconado. Lo del biberón era cierto, pero eran cosas de mami, me lo daba dormida antes de irme a la escuela para hacerme tomar la leche que yo no quería. Me dolía el uso de algo tan personal para dejarme mal parada delante de los otros niños. Un amigo no hace eso, a los nueve años eso pensaba. "Si el búcaro de cristal se rompe, decía mami, lo pegamos otra vez pero nunca será el mismo, siempre estará marcado entre todas las piezas que logramos pegar. Así pasa con la amistad"
Se rompió con un sonido exangüe y cuajado. Mezcla de pasión y desacierto. La época de los uniformes en los recreos se va y se van tantas otras cosas. Madurar te hace feliz, y al paso que sea, te rompe el alma, te alerta, te descubre. ¿Cuántas frases dijo que hirieron a alguien? ¿O cuántas ni siquiera dijo? ¿Cuántas veces asumió la posición más arrogante tratando de demostrar quién sabe qué? ¿Cuántas veces no escuchó? ¿Cuántas veces se ausentó y cuántas otras regresó aceptando nada? ¿Por cuánto tiempo creyó correcta y ulterior su palabra, su actitud, y equivocada la de otros?
Pero todo cambia. No los errores, que esos los seguimos acumulando en bolsas más pequeñas y menos pesadas. Uno cambia. Solo no cambian los amores. Esa palabra vasta, cursi y agitada, que pertenece a cada historia nuestra, a la raíz, a la semilla, a los días más aventureros, a la casa y al monte de la infancia, a los brazos amigos que se agrandaron sin improvisaciones o se marcharon sin vuelta de hoja. Cuando estuvo del otro lado de tanta perspectiva empalmó palabras y se dejó empujar. El más enigmático empuje. Hay cosas que no cambian. Y había que vivirlas a pesar de que luego hubiera que juntar trozos de cristales exponiendo sin remedio finas líneas amarillas. A pesar quizás, de no volver a encontrar algún pedazo.

10 comentarios:

  1. Excelente post.
    Caer y volver a levantarse.
    Cuánta fragilidad!
    Expuesto a todo, al cambio.
    Aceptemos los errores y avanzaremos.
    Saludos.

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    1. Gracias David. Que bueno tu visita.
      Saludos,

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  2. Sin embargo con el paso de los años los jarrones rotos y pegados envejecen y apenas se notan los trozos resquebrajados.

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    1. O nos podemos prescindir de tenerlos a la vista.

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  3. Yo lo he leído con ladridos del corazón. Coño, Fermina.

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    1. Oye Guardarraya y mi me dejaste toda orgullosa con este comentario.
      Un abrazo

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  4. El búcaro aunque quede con señales no importa tanto, pero la amistad si se resquebraja ya no vuelve a ser la misma.
    Que pases un buen domingo.

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    1. Si Lola,nunca.
      Que bueno verte por aca.
      Una buena y creativa semana para ti tambien.

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  5. Un texto sublime, Fermina. Tienes un don para esto.
    De retazos y vidrios rotos vamos recomponiendo la existencia. Algunos más, otros menos, pero el jarrón está ahí para recordárnoslo siempre.

    Besos,linda.

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  6. Maravilloso este post, como todo lo que escribes. Es un placer leerte.

    Hace cuestión de un par de meses mi niña pasó por lo mismo. Una amiguita le contó a todos los compañeros de la clase un secreto que la puso en evidencia. Se sintió traicionada, como es lógico. Lloró mucho. Al día siguiente no quería volver al colegio, pero volvió... El tiempo fue pasando y puso las cosas en su sitio. Ahora ya ni se acuerda de aquella afrenta.Es lo que tienen los niños, un corazón generoso, virgen, dispuesto a perdonar siempre... quizás los adultos debamos aprender de ellos.
    Un abrazo,
    Janet.

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