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martes, 1 de mayo de 2012

Hoy

Presiento que no puedo seguirlos contando, que debería dejarlos correr a algún lugar sereno y risueño donde no los malgaste. Pero noventa y nueve Mayos me hubieran encantado. Tantos días como estos me  llegaron en este refugio verdinoso y no me alcanzaron patios, enjuagues, ni cigarros para convocar los olvidos. Quisiera que fuera un día como tantos, los que te hablo y los que no, o de aquellos en los que puedo dejarte acomodada y dormida. Pero las voces y los menajes de otros lares no me dejan. Estás en fiestas que no son para ti, en ceremonias y discursos torcidos que no escuchas, en las algarabías de las calles que no caminas, en el desconsuelo de lo mas absurdo de los que te recuerdan. Seguramente te llevaron flores, tantearon el mármol grácil que te corteja, resonaron tus andanzas y tus bríos y hasta en ese instante afectado envidio sus manos y sus figuras. Si estos Mayos algo trajeran que sea la calma. Si estos Mayos algo repusieran que sea tu risa. Presiento que nunca pararé de contarlos. Que serán cien o ciento veinte mis derrumbes y tus llegadas, y que no tendré mayos suficientes para agasajarte, soplar velitas, enviarte cartas siderales, agradecerle a mi vida por vivirte…y abrazarte, abrazarte, abrazarte.

lunes, 16 de abril de 2012

Domingo

Temí abrir los ojos y no verte. Y por eso no abrí los ojos aunque ya escuchaba al perro cascabelear y los camiones en la calle recogiendo la basura.  No quería abrir los ojos y ser grande y tener que acomodar un desayuno o coleccionar ropas por toda la casa  para emplazar la lavadora. No abrí los ojos a pesar del reloj protestando, la ventana apartada y el sol incomodándome en la cara. Suerte que tuvimos tiempo de abrazarnos y alcancé a curiosear tu delantal y oler tus manos y ver de cerca tu verruga y escucharte decir vamos mija vamos que se hace tarde…antes de sentir una lengua pegajosa frotándome el pie, las teclas de la laptop y el tiki tiki del juego y una voz generosa ¿cafecito?

viernes, 30 de marzo de 2012

Tiempos

El reloj del abuelo Ficato vegetaba taciturno y desabrigado en una casa del Vedado pintadita de verde claro, con portal pequeño y ventanas de cristales a través de las cuales podía verlo mover su pesado péndulo dorado y del que, en mi visión fantasiosa, brotaban lágrimas. Una de las tantas historias que eran parte de nuestras excursiones a comer sándwiches a la cafetería El Carmelo o a la de El Potín. De regreso a casa en el veterano Ford de la tía Carmen transitábamos despacio por delante de aquella casa para saludar con cariño de antiguos amigos al triste reloj. Asomando el rostro por la ventanilla mi hermana y yo, regadas las greñas por la brisa, la tía Carmen nos contaba siempre con voz recóndita que en esa casa vivía el señor Ficato. Militar retirado con alto rango y honores que hacía muchos años gustaba de tocar el piano en el saloncito de su casa y de limpiar su querido reloj de pie. Regalo de su bisabuelo a su abuelo y de su abuelo a su padre y de su padre a él. Una caja de madera de mar, hermosa y tallada, con una dedicatoria en letras de oro: El tiempo descubre la verdad. Una pieza única, una obra maestra. Lo había mandado a hacer a un famoso ingeniero relojero de su ciudad natal allá en Cataluña y se lo entregó al primero de los Ficatos en su graduación de médico. Se conservó en el mismo sitio por años, y para que la luz del sol no blanqueara su cuerpo cobrizo durante las horas del mediodía lo cubrían con la mantilla de encaje de Chantilly de su esposa. A mediados del año 1959, cuando los barbudos ya asentados en la capital pesquisaban rezagos y dominios, se le aparecieron en la casa al señor Ficato. Buscaban su arma pues no aparecía registrada en las entregas. El tembloroso y enfermo abuelo Ficato, como ya le llamábamos a estas alturas de la historia, aseguró que si la había depuesto, que sería una equivocación, un error burocrático. Tres hombres uniformados del verde olivo revolucionario estremecieron la casa, dejaron gavetas tiradas en el patio, colchones rotos y lozas de la cocina levantadas. Casi al salir, uno de ellos reparó en el viejo reloj del que ya le habían molestado sus campanadas. Y fue por el. No valieron las súplicas del abuelo Ficato o el sollozo arrasado de su mujer, ni la intervención del vecino llamado a testigo. Con una silla quebraron la caja del reloj por detrás, sacaron la maquinaria y le dejaron todo hecho un amasijo de metales sonantes sobre el sofá de mimbre. No encontraron nada pero le dieron cita para pagar una multa por desacato. Desde entonces los acordes de Bach se enmudecieron y solo se escuchaba el eco de martillos y clavas, y el retintín de llaves y pinzas. El abuelo Ficato recompuso su reloj y lo colocó en el mismo lugar, exhibiéndolo a todos los transeúntes que le habían admirado desde siempre.
Sus hijos y nietos abandonaron el país unos años después sin que les dejaran llevar ni sus propios relojes de pulsera, y el abuelo Ficato murió tomando su siesta en el sofá de mimbre al lado de su reloj. Dinorah, la cridada de la casa, recibió todo en testamento, y conservaba la joya en el mismo sitio. Fue ella quien contó la historia a una amiga de una amiga de una amiga de mi tía Carmen. La primera noche que la escuché, llegué a casa y agarré una silla de la cocina, me encaramé y descolgué de la pared, en lo alto estante del calentador del agua, el reloj amarillo con bordes dorados en forma de cafetera que conocía de toda la vida y que regía los tiempos de mami para la cocina y para nosotros. Lo escondí entre las colchas de los perros y no pudieron encontrarlo en varios días. Hoy creo que aferrarse al pasado con garras de tigre no es totalmente saludable. No debemos, y no queremos, olvidar. Pero no podemos desangrarlo buscando una cura. Si alguien me hubiera arrebatado aquel reloj amarillo en forma de cafetera de la maravillosa cocina de mi casa hubiera perdido mis tiempos y mis sitios, e igual que una paloma mensajera no encontraría regreso al hogar.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Noche Buena

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Mañana celebraremos Noche Buena. Esa noche que hemos hecho tradición en casa, nosotros, unos cuantos amigos que ya son la familia, unos otros que están más solos, y algunos más que a última hora no saben para donde agarrar. Allá en la isla parecía que vivíamos los mismos en mundos diferentes. Algunos sabían lo que era, otros no (mi esposo nunca oyó hablar del tema en toda su vida familiar) algunos la celebraban silenciosamente, y otros la añoraban plenos de recuerdos. En mi casa comíamos una comidita mejorada, ya se iba guardando la carnita y se concebía un plan para la noche del 24 aunque nadie se percataba del mismo ni se aludía el asunto, pero mami ese día  sacaba el mejor mantel, ponía la mesa redonda del comedor con todos los cubiertos, se sacaban los vasos del aparador y se cerraba la puerta con pestillo. Y todos sabíamos que no podía faltar nadie a la hora de la comida. Comíamos una piernita asada o unos buenos bistecs, yuca con mojo, frijolitos negros, que a mami le gustaba más que el congrí, mucha lechuga que yo no probaba, y algo de maíz y plátanos fritos. En los años que mi abuelo vivía, teníamos cuidado de no traerlo en su sillón de ruedas a la mesa porque temíamos que nos delatara con sus improntas revolucionarias. De todas maneras, para todos, aquella noche era como otra cualquiera, solo que mami había desafiado la escases y nos había regalado una buena zampada. Quien sabe que recuerdos masticaba silenciosa.
Ahora sé (bueno, hace unos añitos) lo que significa la celebración de la Noche Buena porque lo busqué en internet. También he sabido que algunos ateos, como nosotros, lo celebran porque es ya una tradición cultural arraigada y festiva. Ah! si, somos ateos (y respetamos por supuesto a todos los que no lo son). No sé si lo había dicho antes así mismitico, espero que nadie se defraude ni se sienta ofendido. Y si lo hacen pues que pena, pues yo, y esta casita mía, somos muy buena gente.
El caso es, como ya les había contado el año pasado, esperamos este día para reunirnos sin agitarnos ya de la hora del cierre de la llantera de M. y N. o de cuánto dinero se hizo ayer y si alcanzó para pagarle a Auto Parts, o quejarnos por enésima vez que C. ha estado bajando las notas en Matemáticas en las últimas semanas, o si este perro loco de los demonios nos tiene hasta el último pelo con sus malas mañas y si resolveremos el dichoso problema, o si por fin podremos ir a Cuba o no el próximo año. Mañana en la noche, nos vamos a reír, a querer mucho unos a otros, a cantar boleros en el karaoke, a hablar de aquellos años allá en el Pre o en la beca, alzaremos la copita y el mojito por nuestros queridos muertos que no vimos morirse, y nos contaremos los planes para el próximo año y nos asombraremos de lo lindo con las ultimas fechorías de los gemelos. Vaya, que pararemos por una noche de quejarnos. Prohibido sentirse peor que otro.
Ustedes disfruten su noche, no importa cómo, cuánto, donde y por qué la celebren. Deténganse unos minutos a quererse mucho y olvidar unas cuantas penas, que falta que hace darse su zambullida de vez en vez.
Y a la gente de mi isla, les dejo mi abrazo en aquel muro arrebatado y centenario donde el mar esconde tanta batalla, una huella segura contra un olvido rendido.
Felices Fiestas!

lunes, 19 de septiembre de 2011

"Alegria... y una mas pal' bote"

Ya llego el día del viaje, después de la ultima negativa (y su primer viaje hace cuatro años), esta vez “los americanos le dijeron que si”. La otra agonía fue la espera del pasaporte visado, casi ocho meses. Esta noche en mi casa de la calle 15 hay tertulia nocturna y ruidosa. Las viejucas amigas, los vecinos, los amigos de mi hermana, los muchachos del barrio pasaran por allá para darle un beso y decirle “que la pases bien en la yuma”, “no le hagas caso a M. (que soy yo) con eso de la comida saludable y esa muela, tú llena el tanque ahora que en unos meses no se sabe…” Esta noche en la terraza de mi casa de la calle 15 el alboroto, las risotadas y los cuentos acaban cuando mi hermana saque a todo el mundo para afuera con un “caballero a dormir que mañana tenemos que madrugar pa’ ir pal’ aeropuerto.”
Tia y yo

Tía viene sin nada en mano. Solo su cartera, con sus documentos y un “blúmer en una jabita por si se me sale un chorrito del nerviosismo, tú sabes”. ¡Ah!, y muchos papelitos con números de zapatos, tallas de ropa y pedidos de medicinas y accesorios. Tía está contenta porque volverá a ver los días de reunirse por Acción de Gracias, la fiesta de la Navidad, la cena de Noche Buena, las celebraciones de fin año, todos los festejos que un día allá en la isla se apagaron de un solo leñazo. Ya esta soñando con un Mac Donald y el batido de Oreo del Chick-fil-A, y los viajes al Mall, y sobre todo con lo que más le fascina: las luces, las avenidas, los puentes.
Y nosotros también estamos de fiesta, porque ella viene y lo disfruta, porque estamos juntos y la familia crece y sobre todo porque es la mejor manera que tengo de devolverle todo el amor que me ha entregado toda su vida, todos los cuarenta y dos años que me ha dedicado sin mirar a atrás ni un solo segundo, ni siquiera la noche que nos despedimos en esa terminal 3 de la Habana. La primera vez que nos separábamos sin saber la fecha del reencuentro.

Tia y yo

Tía tiene setenta y tres años pero hace rato que no ha querido cumplir más. Cuando mami murió el vacío que se le sembró en el pecho en pocas semanas lo reemplazó con la horrible realidad de un cáncer de seno. Cuando llegó aquí conmigo en Noviembre del 2008 era una pasita consumida, sin pelos y más quemada que mis tostadas de tanta radiación. Pero se recuperó y le dio una patada al desconsuelo tan grande que lleva a mi hermana a la una mi mula con tanta malacrianza, pues ahora “con esta edad y con lo que he pasado, no cojo lucha ni estrés, y vivo el día a día, disfruto cada minuto” con lo cual le puso el cuño: “ahora me toca a mí que me atiendan”.
Van a ser unos meses buenos, ocupados, pero reconfortantes. No hay nada mejor que saber, que además de las remesas, las cajitas, y la medicinas, puedes entregarles algo más valioso, volver a vivir los días del alboroto familiar, las noches recobrando memorias y boleros, los niños de casa compartiendo un abuelo, y esta indestructible sensación de culpa dejándome un poco en paz.
Mi mami, mi tía y mi Picon unos años antes de yo llegar. La mejor familia que hubiera deseado siempre y que volveria a tener a mi lado si fuera posible.


lunes, 12 de septiembre de 2011

Black out


Se llamaban “apagones”. Con el tiempo, el rigor, y el desamparo el pueblo marginó este sentimiento y comenzó a nombrar los “alumbrones”. Estar totalmente a oscuras en el calor abusivo del verano habanero, sin más ropa posible que sacarte, el estrés para desconocer que ya diste tres mil vueltas a la cocina buscando que comer mientras te mantienes alerta al diabólico sonido del aleteo de las cucarachas voladoras es la imagen más atroz que recuerdo de aquellos terribles años entre 1990 y 1995. Días enteros, noches enteras. Y como todo sucedía en nuestra isla, el “apagón” se hizo ley, y lo que se hacía ley era bueno para luchar contra el imperialismo y subsistir. Y llegaron los “apagones” planificados, por áreas, municipios, sectores, horas, días y ¡Oh alegría, días libres de ellos! Todo masticadito en el periódico para que te preparas con antelación. Recuerdo en mi último año de carrera a la profe L. de Economía Política cuando dejaba la tarea: “Oigan la gente de Playa y 10 de Octubre recuerden que los toca apagón esta noche, así que empiecen temprano a estudiar, no quiero inventos para la próxima clase, están avisados….” Y yo me iba con aquel mal sabor de no poder agarrarla por el cuello.
Sí señor, estábamos avisados. Que era lo mismo que mira a ver a qué hora le plantas la zambumbia a la gente en la mesa (que por muchos años eran recetas todas relacionadas con col) o si tienes la dicha de ver la novela brasileña esta noche, y a qué hora te levantas para llenar los tanques y cargar el cubo de agua para el baño, o a ver si estudias tempranito antes de irte a la escuela, o si esta noche podremos tener sexo en medio de este vaporón insufrible y ventanas abiertas y vecinos en los portales, y luego “caete pa’tras” cuando llegue el recibo de la electricidad.
Yo era joven y acarreaba conmigo el ímpetu de la resistencia aunque en sus últimos y finales estertores. Pero hubo días infames, los odié con toda mi alma, lloré por hambre y por consternación. Y aunque a muchos les parezca que el mundo tiene cosas peores que ver, en aquella hora en aquel cuarto mío, en aquella sala con la familia en medio de conversaciones donde no nos veíamos las caras durante horas ni podíamos dar un paso ni llevar a mi abuela al baño, sentía que nada podía ser peor, hasta que aparecían las desgraciadas cucarachas voladoras para hacerme sentir más pequeña, impotente y desmoralizada de lo que ya era.
Uno de esos días en que no se dormía amanecí tirada en el piso de mi cuarto y en cuanto apareció la luz de la mañana algo había cambiado definitivamente en mí. Aun no sabía que era. Agarré mi vieja y destartalada máquina de escribir, regalo de nuestro querido amigo A. el día que su abuelo pensaba tirarla a la basura y comencé a borronear como demente lo que me dejó la noche. No era un poema, que no soy yo poeta, pero al cabo de los años me di cuenta que había sido entonces la esencia del cambio, la catarsis, el día que aquel desgraciado apagón me devolvió definitivamente a la realidad, la que aun yo no quería aceptar, y todo el mundo en que yo había creído se me vino encima. Estaba triste. Era el mundo que mi abuelo me había regalado. La caída fue dura, de golpe y pendiente, pero de esa todos nos hemos ido recuperando.
Y bueno ahi les suelto otra de mis cositas personales y que hoy le dedico a mi esposo.

“Black out”

(1993)

Únicamente tenemos nuestros propios deseos.

Hemos perdido las palabras
Ya no podemos nombrar siquiera la tristeza
la desesperación
el enquistamiento
la vergüenza.
No me preguntes cómo ni cuándo ni para qué.
Sobrevivo de la ternura el rocío el sol
porque sin más aviso que el haberme despertado
me vino encima la violencia y el desgarramiento
no tuve más vocación ni voluntades, quedé tropezando y temiendo
al borde o lejos de todos los caminos.
Por suerte en estos tiempos de desamparo
estoy enamorada.
Al menos no cargo encima siempre
Noches sin descubrir estrellas
o mañanas de horribles torpezas
o muchas tardes sin reclamos de mi corazoncito necesitado.
Todavía no auguro des-llamadas o des-recuerdos
porque aun tengo pecho para repetir su nombre.
Pero aunque no se me ha muerto la esperanza
se sostiene la injusticia de aquellos
que también están al borde o lejos
de todos los caminos
y que además, en estos tiempos de desamparo
no están enamorados.
Que no pueden compartir serenamente las batallas
y estos primeros pasos
y que tienen en su rostro los más absurdos
síntomas de muerte.
No estoy segura si todo ha de ser
exactamente irrepetible
No sé si se trata de elegir o inaugurar
no sé si la barrera estallará como un relámpago.
Yo estoy finalmente, enamorada y perdida
en esta tierra que se está tornando demasiado áspera
en esta ciudad donde el silencio atrapa
a los que trabajan para cumplir solo con la mitad de su agonía
En este pedazo de mi misma
donde me aguarda por instantes
un sueño desprendido
y una verdad intocable
¿No podría ser acaso de otro modo?

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Cartas I

Cuídate

Para todas las mamás que nos escribieron cartas, que nos enviaron sus palabras dulces cuando estábamos lejos para arroparnos un poquito más.

Erase una vez…que nos escribíamos cartas. Y dependiendo de la marcha del correo que casi siempre equivale a la marcha del país, esperábamos la vuelta por mucho o poco tiempo y escuchar el silbido del cartero a la par que te llamaba por tu nombre era un momento de alegría. Hace menos de veinte años en mi ciudad era así. El cartero de nuestro barrio lo fue por tiempos inmemoriales. El mismo señor de piel oscura, radiante calva y ojos medio chinos, banderín de la mezcla criolla que me inspiraba lástima al verle “dando tanto pedal”, lejos de mi mente por entonces que más temprano que tarde terminaríamos todos encaramados en aquellas bicicletas chinas que pesaban mas “que un matrimonio mal lleva’o” según el decir de mi abuela. El traía cartas, telegramas, algunos “recibos” y el periódico diario. Me trajo las cartas de Lissette que eran vigiladas por las “autoridades del CDR”. Me llevó cartas de algunos amigos en la época en que se iban a estudiar a la antigua Unión Soviética o partían a Angola por aquellas causas que nunca entendimos bien. De algunas amistades que a falta de teléfono enviaban alguna misiva. De mi esposo cuando estuvo lejos.
También nos escribíamos cartas que nos llegaban de mano en mano, con un amigo de un amigo, con alguien “que va pa’ La Habana”. Estas los padres las recibían con el corazón en vilo, pues venían casi siempre desde las “becas” o las escuelas al campo, desde sitios lejanos del calorcito de casa, desde el fondo de la isla donde a veces no había ni como llegar. Y por esto tuve la dicha de escribirme cartas con mi abuela. Cuando nos íbamos a la escuela al campo, los padres que no tenían carro propio, que eran la mayoría, se juntaban para “resolver” guaguas de centros de trabajo y pagando por asientos hacer viaje a los campamentos. A veces, no alcanzaba el dinero para más de un asiento, a veces había el dinero pero había que ser justo y que alcanzaran los asientos para todos los padres. Esta situación se agravó mucho para nosotros cuando nos enviaban a las tierras de Sandino, allá en Pinar del Río, uno de los lugares más recónditos de la isla y con difícil acceso. Para mi abuela de más de setenta años no era tarea fácil. A veces solo podía ir mi tía que contra todas las banderas luchaba algún espacio para llegar. Llegaba con la comida caliente del día, cargada de latas y chucherías para la semana, sábanas y toallas limpias, ropa con olor de la casa y algunas cartas. De mami, de mi hermana, y de algunas amistades. Y entonces allí tiradas bajo algún árbol que nos diera sombrita, mientras saboreaba la sazón de la cocina de mami, escuchaba las novedades del barrio y respondía las cartas.
Hace diez años, cuando me di cuenta que salir definitivamente de mi país sería la única opción, y con la incertidumbre del arranque que nos procuran me llevé al patio dos grandes bolsas de cartas, notas y diarios, y las quemé. Me quedé con todo lo que tenía que salvar para continuar siendo la persona que soy. Las cartas de mami andan cerca porque la mayoría de las veces releerlas me hace sonreír, y aun los días que me plantan una piedra en el pecho no dejan de recordarme que sin importar absolutamente nada hay amores en este mundo que nunca levantarán velas. Leerlas es volver a tenerla conmigo. En su caligrafía, en sus mensajes, en sus dichos se adivina su ocurrencia, la bondad y el amor, todo lo fue su esencia. Nosotras sus nietas, su familia, vivimos repletas de ese orgullo cada día de nuestras vidas.
Esta es una de las que más me gusta. Simple, humilde, armoniosa, desvivida, ocurrente. La parte subrayada, por ella misma, siempre me saca una larga y húmeda sonrisa.



jueves, 1 de septiembre de 2011

Los tres mosqueteros

Para Willy y Juan A. y toda esa familia que quise tanto.
Tenía tiempo madurándolo y finalmente lo hice. Le metí mano al estudio que ya era como decir “el cuarto de las papas”. Papeles por archivar, recortes de mis páginas de fotos, “files”, libros por colocar en el librero, una barahúnda donde solo yo logro encontrar algo. Me conquisté un tremendo dolor de espalda y un regalo para la memoria. Estos éramos nosotros, los tres mosqueteros de la casa del río.

A la izq. Juan A., a la derecha Willy y yo en el medio.

Ellos todos eran cuatro pero Willy, con sus hoyitos perennes al sonreír y sus ojos chinos, Juan Antonio, siempre feliz y dispuesto, y yo teníamos la misma edad. Íbamos y veníamos juntos de la escuela, donde la abuela de ellos, la abuela Evelia, trabajaba en la cocina y nos conseguía leche tibia para que comiéramos mejor. La familia había venido del oriente de la isla y aun se les notaba en el cantaito al hablar. Vivían en los antiguos cuartones de empleados en la parte baja de la explanada de la propiedad pero que luego la Revolución repartió y ya no era nuestra. Nuestro edificio de propiedad horizontal tenía tres pisos. Vivíamos en el primero encima de los garajes y de los sótanos donde coexistía Elizardo el encargado que ya no lo era más pues “la Revolución” eliminó esos “trabajos de criados” pero que no tenía otro refugio y se quedó viviendo de la caridad de los inquilinos.
Nuestro primer piso era muy alto. Se asomaba, a través de ventanales circulares inmensos que imitaban la forma de la proa de un barco, justo a la rivera del río, montado encima de lo que llamábamos “el precipicio”, a donde teníamos prohibido ir. El tal “precipicio” era solo un poco de roca alta donde se insertaba una escalinata de piedras que llevaba hasta la orilla del río, con un descanso a mitad de camino donde estaba la piscina con su bar, que poco a poco se fue cubriendo de herrumbre, enredaderas, moho y nido de animales, ya que mantener aquello en uso era “rezago del pasado”, “actitud burguesa” a la cual ya no nos ataba nada.
Todo esto era terreno libre de aquellos tres mosqueteros a los que en muchas ocasiones les faltaba un integrante. Yo los miraba correr y jugar desde el balcón lateral que daba a la explanada bajo la vigilia de mami por las persianas de la cocina. Mi abuelo, con sus hierros a cuestas y celado en su sillón de paralítico, me veía y me decía “vete niña vete a jugar con esos dos, no le hagas caso a esta vieja loca que te quiere tener encerrada como a mí”. El día que me dejaban bajar salía yo como bola por tronera escaleras abajo gritando ¿“Willy, Willy, Juan Antonio donde están?” mientras mami increpaba “no te vayas a subir a las matas, no bajen al río, no se asomen a...”pero ya andábamos los tres como locos de contentos ingeniando el próximo episodio que casi siempre incluía alguna fechoría para mí.
Siete años los habitantes de aquellos cuartones fueron nuestra familia. Los quise tanto que cuando tuve que salir de allí con mi velocípedo rojo a rastras se me descolgó algo tan adentro que estuve días enrollada como un gusano en la cama de mi mami de donde solo me sacó la abuela Evelia que vino a visitarme varios días. Eran ellos los que nos ayudaban en los peores momentos de Picon cuando odiaba esa mitad de su cuerpo muerto y echaba espumas por la boca y cuidaban de mí los días que ellos estaban de hospital. Eran nuestra compañía diaria, nuestro intercambio de platos con dulces de leche y natillas, las sonrisas que nunca faltaban, los buenos días y las buenas noches.
Para los buenos y los malos ratos, para planear un juego, una inmediata aventura, la búsqueda de un nuevo escondite para lanzar flechas a nuestros leones imaginarios teníamos la piedra grandota a la entrada del camino al precipicio a donde yo bajaba temblando por el desafío. Allí nos sentábamos los tres bajo la sombra de los árboles, allí nos llevaban las meriendas y allí nos tomaron estas fotos.

Con ellos me partí la ceja deslizándome en el velocípedo escaleras abajo, con ellos me aterré a la orilla del río mientras Juan Antonio quedaba atrapado entre las hiedras medio ahogado y Willy trataba de sacarlo con un palo, a ellos los vi caer de las matas de mangos y romperse los huesos sin quejarse de dolor, con ellos aprendí a leer y escuché las primeras malas palabras. El tiempo nos dejó desperdigados. A Willy lo vi por última vez mientras yo trabaja en una de esas escuelas al campo, y él se afanaba cerca con un grupo de presos. Fueron días buenos, conversamos y recordamos las historias de la familia y la niñez. Ahí estaba por haber intentado salir ilegal del país, en una balsa. Luego supe que finalmente en el 1994 logró irse a la base de Guantánamo. Nunca más he oído de él. A Juan Antonio lo veía más a menudo ya que por esos azares de la vida dos veces estuvo de novio con dos amigas. Hace poco supe que  murió de cáncer de gargantay su recuerdo irrumpió otra vez con aquel mismo dolor del día de la partida de la casa del río. Y no supe que hacer.
Pero soy feliz cuando pienso que tuve estos amigos a mi lado y que nuestras caritas aquí valen más que toda esta parrafada.

sábado, 13 de agosto de 2011

"Acaba’ito de colar"


Me desperté oliendo su colada. Oliendo a hogar y a mañana con lluvia. Hoy no debería ser uno de esos días en que ella viene y me espabila la pena. Será por este aniversario. Creo que se acordó de nosotros como hace ya diecinueve años, cuando se levantaba a las cinco de la mañana solo para colarle el cafecito a K. antes de irse al trabajo. Días en que no se conseguía nada de comer, pero ella lograba preparar algo “pa’ que no se vaya así con el estómago vacio”.
Me desperté oliendo su colada. Oliendo a leche hervida con nata derramándose encima de la hornilla. Sentí sus manos ásperas y rugosas meneándome los hombros “toma mijita, tómate el cafecito acaba’ito de colar”. Ahí mismo me esperaba el vasito y yo me volvía a dormir otro ratico mas. Uno por uno, cuarto por cuarto, arrastraba sus piernas molidas y arteriales pero tan resistentes como el mismo mármol que les procuraba el paso.
Me desperté oliendo su colada y una desazón tibia me abrazó. Oliendo a su piel oscura impregnada de la “pomada china” que aquietaba sus dolencias. Oliendo a sábana recién planchada, a su almohada cariñosa. Me desperté aturdida, y fui a colarme mi primer buchito de café. Ese sin el cual no logro dar el primer paso del día.
Preparo mi cafetera trabajosa, pues hay que desenroscar (cosa que logro si no fue mi marido el ultimo que la enroscó) poner el agua, el café, enroscar, apretar y poner en la hornilla. Y vigilarlo pues esta sí que no avisa. Cuando preparo el azúcar en las tazas y empiezo a servirlo se me hace la boca agua solo con el olorcito “acaba’ito de colar”. Allá en mi casa de la Calle 15, aun se conserva la cafetera de mami, la última que usó cuando sus manos todavía servían para eso.
Aquí he tenido que comprar varias por algunos sitios cubanos en la red, donde también compro el Pilón y La Llave. Cuando voy allá, me levanto primero que todos bien temprano y en mi casa, en la de los suegros, en la playa, cuelo el café y se lo llevo a todos a la cama, y le hago honor a ella que nos enseñó que lo que parecía una faena temprana era una caricia grandiosa para comenzar el día.
No me acostumbro ni al café americano, ni al “dopio” del Starbucks. Durante mucho tiempo lo tomé en una de la oficinas donde trabajé, le ponía cremas de todos los sabores, azúcar, y espumas…pero nunca me encanté. Que conste que he tratado.
Por eso, y “por si las moscas y el viento soplan”, acá en la casa dejé claro que no había más opciones. O si las hay: escoge el tamaño de la cafetera, las tazas y si quieres azúcar o no, pero aquí se cuela café cubano.
Me desperté oliendo su colada. Oliendo su risotada franca, su diligente carácter inmejorable. Y la abracé como solo podemos a abrazar el sereno aliento de una antigua tristeza, que ya no duele ni persiste ni lacera. La abracé como suelo hacer medio dormida o medio despierta, confundida por todos los olores que perduran, seducida por sus manos callosas y ásperas, extendidas serviciales y mimosas con una tacita de café acaba’ito de colar.



P.S 1: 11 de Agosto. ¡Felicidades, mi amor, por nuestro diecinueve aniversario!!Como pasa el tiempo!
P.S 2: Casualmente, (hoy 13 de Agosto) es el cumpleaños de mi padre. No sé si aun él lo festejara como años atrás, donde el orgullo de cumplir el mismo día de “El comandante” le hacía tan feliz. Espero que ya no, y que pase un buen día.
P.S 3: No se asombren ¡seria largo de explicar!

martes, 7 de junio de 2011

La otra. (XVI)

La partida de Paquito.


Aguador. Antigua Postal cubana.

“La vida es una sola, una sola pa’ las desgracias, una sola pa’ las alegrías y una sola pa’ sacar adelante tu familia, pa’ ver crecer a tus hijos con orgullo, luego te preocupas si es justa o no. A veces no hay tiempo de eso”. Cuando podía escuchar algún bolero que trasmitía la CMQ, solo entonces la vida mudaba de aires para África.
Cuando yo era pequeña y las horas de alimentarme se le hacían una batalla tenaz, me contaba historias de niños flaquitos y desnutridos, de niños que se los llevaba el hombre del saco a su casa para que aprendieran a comer, de niños que se volvían hombres muy lejos de su mirada. Fue su manera de perpetuar a Paquito sin que su conciencia doliera más de lo necesario.
A Paquito se lo llevaron” me dijo el día que finalmente soltó el cuento, cubrió su cara con sus manos agrietadas y valientes y se ahogó en un llanto fatigado sobre la mesa. Lloró tanto que tuvo que escurrir el arroyo de lágrimas que se le venía encima de las piernas con su propio delantal. Estuvo suspirando demasiado tiempo para mi asombro y quedé un día entero vuelta una mudez de espanto. En la noche pegadita a su espalda aún podía sentir su trémulo quejido apagándose. La abracé descubriendo que a ella también le pasaban cosas tristes.
“A Paquito se lo llevaron”. Me contó, estrujando nerviosa sus manos en el delantal ensopado de su propia angustia. Había llegado el Sargento Morales, luciendo su uniforme azul recién planchado y por el que ya ella había recibido sus cincuenta centavos, saludando adecuadamente con su mano muenca… “un muchacho criao en el mismo barrio, yo mismita vi el día que el perro fiero ese de Don Mariano le desgajó los dedos de la mano”… dejando el recado a mi abuelo de que fuera urgente a la estación de la calle Acosta. El dijo que todo estaba bien pero “tenía los ojos viraos pa’bajo como cuando alguien esconde una verda’ ”.
Mi abuelo llegó en la noche con la mala noticia y las piernas engarrotadas de trajinar todo el barrio. Paquito se había escapado de su padre borracho y bandolero hacia varios años. Vivían allá en las vueltas de Pinar del Rio, vino a parar a casa de una tía vieja mas abusadora que el otro, la cual murió recién el apareció. Así se vio en la calle viviendo de la caridad de los portales y haciendo mandados, como el mismito Norberto se lo encontró hacia ya cerca de cuatro años. “Ya lo tienen. Me llamaron pues alguien tenía que firmar papeles. Ya lo montaron en el tren de vuelta pa’ su casa con el padre.”
África se hundió en la poltrona sin anhelo ni nervios. Tanto tiempo llevaba Paquito durmiendo en su regazo, escuchando sus historias, cuidando de los niños a los que, a escondidas, ya llamaba hermanos, haciéndole encomiendas a las prisas y sin resuello y ella sin saber. No solo le arrebataron su muchacho… “ni siquiera pude decirle adiós, prometerle que lo buscaría, que lo traería de vuelta, que lo sacaría de aquel infierno pa’ vivir con nosotros”… “¡Ay viejo por Dios! ¿Qué tú has hecho? ¿Por qué no le rogaste al sargento que nos dejara verlo, decirle adiós…?”. Su angustia fue tan voraz que se le cortó la leche del pecho, se quemó el arroz cada tarde sobre el fogón, y veló revolcada en la butaca por tantas noches que las piernas se le volvieron jamones aquejados. Nunca más se habló de Paquito pero “a ese sargentico con su mano muenca jamás le volví a lavar su desgracia’o uniforme, ni a mirarle su cara de mono.”
Su dolor se desgajó por partes y se repartió en sus días como abono para flores. Despacito y con cautela su herida se volvió una cicatriz acordonada y perla que parió canas tempranas. Cargaba en su alma el espanto de no haber montado lucha por alguien que lo necesitó. No habría clemencia ni alegrías suficientes en este mundo que la dejaran planchar sus bultos de ropa con la paz de la tarde ni escuchar la radio sin confundir todas las voces con la voz del niño.
Dejó que la tristeza le naufragara, le ganara la otra orilla y se convirtiera en una diminuta islita olvidada que se volvió a revelar cuando yo era pequeña y las horas de alimentarme eran una batalla tenaz, y el pobre flacucho de Paquito salía en su ayuda blandiendo la impaciencia de todas los desarraigos y adioses. “La vida es una sola, una sola pa’ las desgracias, una sola pa’ las alegrías y una sola pa’ sacar adelante tu familia, pa’ ver crecer a tus hijos con orgullo, luego te preocupas si es justa o no. A veces no hay tiempo de eso”. Pero sus ojos, que siempre fueron como trocitos de cristales luminosos, se llenaban de una lejana congoja que se derretía en mi frente tomando la forma de su más radiante beso.

Familia cubana. Antigua Postal de Cuba.

Antigua postal de Cuba.
Chiva alimentando bebe.


miércoles, 4 de mayo de 2011

Mayo…


…eran las banderas y tú. La revolución y la paz. La encandilada perfección de los días joviales y la garantía de tu calorcito en las noches. Nunca creí ni en Dios ni en tu muerte. Tú invocabas clandestinamente a tu San Judas, sin preocupación por el destino de tus huesos y yo trotaba en la presencia de mi mundo jubiloso, me columpiaba en mis púberes lunas con la seguridad de tus mayos venideros. Noventa y ocho mayos me hubieran hecho muy feliz. Allí en tu butacón de brocados naranjas celebrando cualquier agasajo: un obsequio, un beso, el “entra y sale” de las vecinas, el teléfono “que no para”, una alegre tertulia con café. Nadie lo olvidaba. Era el día de las marchas, la plaza abarrotada y los discursos que nos llevaron a la paranoia y al desatino. Era la mañana optimista y la tarde de tu celebración. Tú eras la Diosa de Mayo y por eso la alegría tenía casa y amparo.
Hay días infames. Los peores hago lo que cualquiera: preguntarme por qué. ¿Por qué tuvimos que elegir? ¿Por qué la política, la geografía, los absurdos dilemas de los hombres, la antigua obsesión de enfrentar existencias por dominios? ¿Por qué no seguir siendo la puntada indeleble en tu vestido, el lunar en tu vientre, el dolor de tus piernas a mediodía, tus siempre listos aretes de perlas, la razón de tu vida, “tu masita de pollo…que te como...te como…”? ¿Por qué crecer y seguir?
Hay días mejores. No asoma el dolor. Abro los álbumes y puedo verte y hasta sonrío sin que la música me apretuje el corazón como pasa majada. Cuento historias que viviste y otras que inventaste a lo largo de toda la contingencia que fue tu vida. Los ríos que te arrastraron, los barcos que te cargaron, las guerras que encabezaste, los pueblos que gobernaste, sin sacar un pie de tu ruta hogareña ni tu cuerpo cansado de tu butacón de brocado anaranjado. Y siento que aun te acompaño con la suavidad de una tarde fresca en el patio, tumbando tus naranjas agrias para el mojo de la yuca.
Mayo se extenderá para siempre como un puerto de avisos y encantos. Y yo atracaré en su desazón con el gusto inmediato de hallarte. No habrá otros meses como este, no sé qué piensan los demás, no sé si hay un mundo al derecho, al revés o si el proceso natural de la vida…Noventa y ocho mayos hubieran sido lo máximo…y abrazarte, abrazarte, abrazarte…


jueves, 7 de abril de 2011

La mata de rosas de Chari

El año pasado plantamos rosas. No les dio tiempo a levantarse cuando el invierno y las corrientes las dejaron sequitas. Hace unas semanas percibí que intentaban volver. Y como visito el Blog de   Pepe del Montgó y siempre sus fotografías de rosas son tan bellas y sabe tanto sobre cada una de ellas que un día le comenté que cuando mis rosales florecieran dejaría unas fotos, ya que me cuesta tanto que se me den las plantas, no tengo buenas manos ni les traslado la energía que necesitan. Estoy feliz con los rosalitos, quedan en el sitio perfecto para disfrutar del patio con este clima. Ahí les dejo las fotos para ver si el señor Pp nos visita y nos dice que tipo de rosas son pues yo no lo sé.

Pero cada suceso en la vida nos devela otro. Un a historia, una memoria dobladita en la almohada, un recuerdo de familia, unas brisas atizadas. En nuestra casa de la calle 15 las mujeres amaban los jardines. Dentro y fuera de la casa había plantas por doquier. En la terraza cerrada de ventanales claros, territorio de concurridas tertulias, donde veíamos la tele olía a bosque. La costumbre de sembrar era parte de la vida desde que clareaba con la fragancia del café. La magia también la tenían los recipientes donde a ellas se les ocurría plantar. Las vasijas podían ser desde una maceta regular de barro o cerámica, una palangana vieja carcomida, o la tambora de la antigua lavadora Bendix, la gaveta de metal de una añeja cocina eléctrica, cubos plásticos, hasta pequeños jarritos de cocina. En el minúsculo jardín delantero había algunos mantos azules, crotos marrones y naranjas, una increíble mata y siempre viva Flor de Pascua, y marpacíficos rojos aglutinados a la cerca que daba a la acera, luego unas pequeñitas plantas de color verde sin flores por los laterales y cintas, y unos helechos pegados hacia la pared de la terraza debajo del alero. Y en el medio del jardincito una mata de rosas, imagino que muy común, de flores menuditas y de un color rosado pálido. La matica era una lucha para mi abuela, daba botones abiertos que se deshojaban con facilidad y las ramas eran enclenques con pocas hojas y tallos descoloridos. Pero ellas se esforzaban mucho, en medio de la escasez y la necesidad, para regar el jardín los “días que tocaba agua” con unas mangueras improvisadas y requetereparadas, y escaldaban y deshijaban y se intercambiaban algunas variedades de “hijitos” entre las vecinas. El patio trasero tenia amplia variedad de macetas y plantas y estaba presidido por nuestro estoico árbol de naranja agria.
Desde que tenía alrededor de doce años una amiguita del barrio me regaló una perrita “sata”, unión de su perra pequinés y algún callejero desconocido. A esa edad y por tantos motivos más la “Chari” se convirtió en mi más preciosa compañía, y así la quisimos en casa, como una niña más de la familia hasta que alrededor de doce años más tarde murió tranquilamente una tarde en que mi abuela no me dio aviso. Cuando llegué ya la habían enterrado. Mami llamó al negrito “Pello” y le pidió el favor de remover el rosal del jardín con mucho esmero e instrucciones místicas, enterrar a Chari con el rito y dolor que merecía, y replantar el rosal encima. Así me lo dijo al otro día recogiéndome con sus brazos leales y penando mas por mi “Ahí la enterramos para que siempre este cerquita”.
Un vecino le dijo que “la mata de rosa ahora sí que se muere” y cuando ella lo caviló ya era tarde. Para fascinación de todos en pocos meses el rosal progresó como nunca, las pequeñísimas florecitas rosadas aumentaron su tamaño y avivaron su colores, los tallos engordaron y verdearon, las hojitas retoñaron y la mata se convirtió en un rosal verde y tupido, lleno de botones y flores que después de tantos años aun permanece y que desde entonces en nuestra casa de la calle 15 se le conoció como “la mata de rosa de Chari”.

jueves, 3 de marzo de 2011

Marzo

Para este lado del mundo nos despabila el equinoccio de primavera. Los cambios llegan desesperados y de los viejos fríos y las tardes templadas despojamos las refriegas, los huesos dormidos, las malas ocasiones. Era la época de hacer lucir tus buenas manos para el jardín. Uno de tus lugares elegidos allá en la casa de la calle 15. Pequeño pero dulce. Algunos jardineros duraron años, a otros los mandaste en dos tiros al olvido cuando los mantos y las rosas se estropeaban. En Marzo trasplantabas los helechos, sacabas las macetas de cintas a tomar solecito y al pobre de Picon lo despachabas a la puertecita de hierro a mediodía para que se sacudiera la estación mientras intentaba con sus malos humores comprar golosinas a los vecinos con sus billetes de monopolio.
En Marzo llegó el tesoro más preciado de mi mundo, envuelto en sus líquidos oscuros, gordito como una calabaza y radiante sin apuros. Eras la "Reina del melao" cuando recibiste aquellos bisnietos que llegaron casi a la vez.
Viviste enamorada de sus rostros, sus gorjeos, sus medias palabras, sus fiebres y sus llantos y nada de lo que hacíamos mi hermana y yo te parecía suficientemente bueno. A veces te advertía observándolos mientras dormían y supe que la vida te había procurado todo lo que anhelabas. Marzo ha sido bueno, mami.
En uno de esos Marzos llegué aquí. Aferraditos de las manos, escuchando palabras desconocidas, tiritando de frío en aquel estribo mientras la escalera rodante subía y mi corazón se reventaba de angustia y expectación. La escena hubiera sido toda tu felicidad. Tengamos Marzo así, estrujadito en el alma sin arrimo para otro llanto. En Marzo te volví a ver, la tierrita me regresó a las uñas como sazón a la carne. Y tus ojos, a pesar de que andabas volando como pajarito flaco, se posaron por una vez más en tus otros amores, con la gracia del retorno. Marzo nos envió lo que pudimos gozar por un tiempo o por mucho, nos devolvió algún aguacero de recuerdos, celebramos cumpleaños y nos hizo reír otra vez a todas juntas, acomodadas como la costumbre exigía en los butacones de brocado que adorabas y en la cama de tu cuarto, y allí en el recinto de tu savia: la cocina, mientras nos tomábamos el buchito de café de “por la tarde”.
Fue Marzo la última vez. En Marzo nos volvimos a tener y a despedir, a murmurar los conjuros que como penas podían trastocarse en brisa. Te volví a oler, a tocar los dedos callosos, a sentir los huesos afligidos, y te dejé arropados en el pecho todos los abrazos que pude, y me traje los tuyos apretados y desnudos, tibios y resueltos, como solo tú solías abrazarnos una y otra vez, y otra vez y otra vez…

lunes, 7 de febrero de 2011

Febrero

Todo era diferente en el otro Febrero. No se nos impregnaba la sensación de hastío ni nuestros huesos vivían esta encajada conciencia. En aquel Febrero infantil las tardes eran menos sobrias y me dejabas aquella antigua grabadora Sanyo que papi siempre escondía en el closet, y me escurría hasta el rincón de nuestros avatares donde Picon desdecía traiciones y vociferaba que tenía más hambre que un cangrejo sin playa mientras yo arrebatada de alegría me disponía a escuchar mis favoritos: Sonia Silvestre… “la tarde está llorando y es por ti…”, Silvana Di Lorenzo “…me muero por estar contigo, me muero por volverte a ver…” y luego Nino Bravo… “y busqué entre tus cartas amarillas mil te quieros, mil caricias” y Los Fórmulas “suave que me estas matando, que estas acabando con mi amor”. Y la abuela de W. que me escuchaba desde el piso inferior mientras guindaba largas tendederas bajo techo “por si el sereno dura mucho” exclamaba “esa niña se va volver una vieja escuchando esas cantilenas”.
Este Febrero siempre es anémico y a veces hasta triste. Somos unos deslucidos galeotes que observan como estas infames escarchas me queman los marpacíficos y las palmeras con tan gélidos mimos. Tengo las historias de Febrero que no puedo contar, las que claveteé como lunares putrefactos debajo de mis hebras y las otras que tú siempre adivinaste. Tengo mitades de historias, el regreso de los campos y el cansancio, las mañanas de café con leche hirviendo y aquellos corduroys rosados que se te antojaban abrigos y que se plegaban sin amparo bajo la aguja de la SINGER despintada.
En Febrero te abandoné meciéndote en el sillón de la terraza después de estar a la espera, por minutos eternos, de que me regresaras la mirada. Todos los Febreros me quedé esperándote, pero me quedé esperándote un montón de tiempo y no pude avisarte. Porque ese mismo Febrero el abandono crispó en alegría. Yo no quería declararme este aviso de alboroto tan iracundo y ambiguo. En Febrero la vida finalmente sacudió el encuentro pero te dejé atrás sentada en el sillón de la terraza abanicando la perplejidad del futuro. Todos los Febreros que vinieron ni tú ni yo nos hallábamos. Estos días no ha salido el sol, nada ha sido diferente del gris y la escarcha. Todo lo daría otra vez por detenerme frente a ti mientras te meces en el descascarado sillón de hierro de la terraza pensando quién sabe qué. Pero esta vez no esperaría que me regresaras tu mirada, yo volvería a tu regazo y te daría un abrazo y otro y otro…


jueves, 6 de enero de 2011

Enero...


No estoy triste. Otra vez Enero. Antes albergaba los cumpleaños de M.A. y de J.  y el aniversario de bodas. Hace tres años hospeda tu ausencia. Pero no estoy triste. No lloro doblada sobre mi estómago mientras agarro tu foto como si todas las imágenes del mundo amenazaran con una desbandada. Hoy irrumpió aquella tarde de fresco, tú detenida en el portón de hierro de la escuela con aquella saya de corduroy carmelita, la blusa blanca con cinta de falletina y botones forrados. La locura cruzando la avenida atestada de gente cargando maletas, sospechas y augurios. Subimos aquella loma en segundos sin mirar atrás, sin conversar, sin tregua. A resguardo en casa todos juntos, la expectación del teléfono o alguna señal a la puerta. Con los primeros días de calorcito también brotó la calma. Ya no me llevaría. Y la vida cambió, los eventos de los tiempos nos enmarañarían los ánimos con una mezcla de arrojos de felicidad y arranques de incertidumbre pero estábamos juntas. Se me mezclaron el miedo y la alegria. Contigo estaba a salvo. Todo se revolvió como azúcar prieta en café amargo. Y nos tomamos la tacita de la tarde mientras afuera todo acontecía igual.
Hoy, tres Eneros después de tu partida, tu imagen detenida en aquel portón y tu rostro sacudido emergió como la espumita sacada de la primera colada. No estoy triste. Te llevo un sorbito mañanero, como acostumbrabas, mientras ahogo mi vista en este añejo retazo de daguerrotipo y sueño que te abrazo y te abrazo y te abrazo…  

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Una Navidad cubana

No sabía lo que era la Navidad. Alguna noche de algún 24 de Diciembre escuché pálidas evocaciones de pavos asados con naranjas o rellenos a la francesa con carne y foie gras, y suaves murmuraciones de mi tía, que siempre fue de muy buen comer, añorando los exquisitos turrones de la temporada. No se hablaba de los árboles de Navidad ni de luces y mucho menos de ningún Santa Claus metiéndose por una chimenea trayendo regalos. La Navidad no significó nunca nada. (…ni siquiera sabia por qué la cantaban José Feliciano o José Luis Perales…). Diciembre era el último mes del año, era la expectación del 1ro de Enero para celebrar la Revolución, el Socialismo y dar gracias a Fidel.
Ahora la Navidad para mi familia es algo diferente. Aun no le damos un significado social o religioso, pero aprendimos a esperarla con un júbilo distinto. (Aunque nuestro hijo que vino con cuatro añitos disfrutó muchísimo escribir cartas a Santa y esperar sus regalitos la mañana el 25). Después de tanta vida a oscuras nos dejamos deslumbrar por la iluminación, el colorido, la fluorescencia. Nos dejamos consentir por la época del año y nos procuramos regalitos y antojos. La Navidad nos regaló otro motivo para reunirnos familia y amigos y comer frijoles, yuca y piernita asada como los días en que las abuelas nos consentían. Nos contamos los últimos encuentros y noticias de la isla y rememoramos los antiguos diciembres. Cantamos boleros, bailamos casino y nos complacemos con la extraña conmoción de poder brindar por una Cuba Libre sin miedo al vecino. Nos abrazamos, nos queremos, nos besamos.
No me he cuestionado mucho de dónde viene, por qué o cómo apareció la tradición. No lo necesito a estas alturas. Quiero que siga siendo lo que ha sido estos últimos años. Quiero que la magia que nos trajo (y que nada tiene que ver con tiendas abarrotadas, derroche, o enloquecimiento) podamos compartirla como hasta ahora cada noche de 24 de diciembre con música, canto, carcajadas y un traguito de ron.
Por si las ocupaciones de estos días no me dejan pasar por aquí les deseo una Feliz Navidad, Noche Buena o como le llame cada cual, una radiante y plácida noche de fin de año y un esplendoroso 2011 a todos. Todos ustedes, que cada día me han hecho sentir que puedo comunicarles algo y además lo consiguen apreciar. Mis agradecimientos y un abrazo cubano.

jueves, 28 de octubre de 2010

Querida Cándida.

A propósito de lo que leo, y lo que veo. “Sigue mi consejo chiquita…”

El recuerdo de la bofetada. Le viró la cara de un solo trompón y Dinorah se desplomó tan rápido que su quejido quedó suspendido, su grito se eternizó, ahogado en su propia saliva. Podía escuchar los huesos de sus manos estrellarse contra el granito frio. Él salió como una exhalación, llegó a la esquina y se lo dijo a todo aquel reguero de hombres como si se tratara del último cuadrangular de Regino Otero en las grandes Ligas. “¡Y que se atreva otra vez, la muy puta!”, vociferó mientras “le daba agua al dominó”.

Cada día el mismo episodio. La policía lo llevaba y lo traía. A nadie le importaba un comino. Los niños se escondían donde primero alcanzaban cada vez que entraba tambaleándose y echando espumarajos por la boca, haciendo un surco de sangre que brotaba por cualquier lugar de su cabeza: “¡De bronca en bronca…, me pasé la noche de bronca en bronca porque yo sí que soy tremendo macho y no el enclenque ese de tu padre, que es un cabrón de mierda!”. Y luego los golpes, los gritos, el llanto, los moretones en los ojos y los brazos, y tener que salir solitos a la escuela al día siguiente.

“La mató como a una perra” nos contó Cándida un día, así de sorpresa. Todavía no olvido sus ojos. Y yo me quedaba pensando si es que a los perros se les mata así. “Le dio patadas, piñazos, la dejó tirada en el medio de la calle a las dos de la madrugada el día de la fiesta de Changó, y el camionero no la vio. El pobre hombre se arrodillaba y se llevaba las manos a la cabeza, menos mal que la policía luego dijo que en ese momento ya estaba muerta. Y entonces nos trajeron para aquí. Y crecimos así, trabajando duro, cuidándonos el uno al otro. Por eso nunca me casé ni busqué ningún hombre, porque tenía miedo que me mataran así. Y ahora viene a decir que somos sus hijos, que los años de encierro lo cambiaron, que es un buen hombre, que lo perdonemos…”

Dos días después, mí querida Cándida, la buena y tranquila, la que nunca había dicho: ni esta bosa es mía, la más compasiva de toda aquella comitiva del café de los domingos, se quitó la vida… “para no tener que verlo”, le dejó escrito a su hermano. A mí me decía “oye mi consejo chiquita: mas buena que tú, ni la tierra que pisas…acuérdate bien mija, ni celosos, ni borrachos, nunca.” Y aquella historia de la pobre mujer que la mataron como a una perra sobrevivió leyendas familiares, reencuentros y noches de apagón. Perdimos a la querida Cándida pero no su espíritu que siempre apagaba las velas o tiraba jarrones advirtiendo fatalidades.