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viernes, 30 de marzo de 2012

Tiempos

El reloj del abuelo Ficato vegetaba taciturno y desabrigado en una casa del Vedado pintadita de verde claro, con portal pequeño y ventanas de cristales a través de las cuales podía verlo mover su pesado péndulo dorado y del que, en mi visión fantasiosa, brotaban lágrimas. Una de las tantas historias que eran parte de nuestras excursiones a comer sándwiches a la cafetería El Carmelo o a la de El Potín. De regreso a casa en el veterano Ford de la tía Carmen transitábamos despacio por delante de aquella casa para saludar con cariño de antiguos amigos al triste reloj. Asomando el rostro por la ventanilla mi hermana y yo, regadas las greñas por la brisa, la tía Carmen nos contaba siempre con voz recóndita que en esa casa vivía el señor Ficato. Militar retirado con alto rango y honores que hacía muchos años gustaba de tocar el piano en el saloncito de su casa y de limpiar su querido reloj de pie. Regalo de su bisabuelo a su abuelo y de su abuelo a su padre y de su padre a él. Una caja de madera de mar, hermosa y tallada, con una dedicatoria en letras de oro: El tiempo descubre la verdad. Una pieza única, una obra maestra. Lo había mandado a hacer a un famoso ingeniero relojero de su ciudad natal allá en Cataluña y se lo entregó al primero de los Ficatos en su graduación de médico. Se conservó en el mismo sitio por años, y para que la luz del sol no blanqueara su cuerpo cobrizo durante las horas del mediodía lo cubrían con la mantilla de encaje de Chantilly de su esposa. A mediados del año 1959, cuando los barbudos ya asentados en la capital pesquisaban rezagos y dominios, se le aparecieron en la casa al señor Ficato. Buscaban su arma pues no aparecía registrada en las entregas. El tembloroso y enfermo abuelo Ficato, como ya le llamábamos a estas alturas de la historia, aseguró que si la había depuesto, que sería una equivocación, un error burocrático. Tres hombres uniformados del verde olivo revolucionario estremecieron la casa, dejaron gavetas tiradas en el patio, colchones rotos y lozas de la cocina levantadas. Casi al salir, uno de ellos reparó en el viejo reloj del que ya le habían molestado sus campanadas. Y fue por el. No valieron las súplicas del abuelo Ficato o el sollozo arrasado de su mujer, ni la intervención del vecino llamado a testigo. Con una silla quebraron la caja del reloj por detrás, sacaron la maquinaria y le dejaron todo hecho un amasijo de metales sonantes sobre el sofá de mimbre. No encontraron nada pero le dieron cita para pagar una multa por desacato. Desde entonces los acordes de Bach se enmudecieron y solo se escuchaba el eco de martillos y clavas, y el retintín de llaves y pinzas. El abuelo Ficato recompuso su reloj y lo colocó en el mismo lugar, exhibiéndolo a todos los transeúntes que le habían admirado desde siempre.
Sus hijos y nietos abandonaron el país unos años después sin que les dejaran llevar ni sus propios relojes de pulsera, y el abuelo Ficato murió tomando su siesta en el sofá de mimbre al lado de su reloj. Dinorah, la cridada de la casa, recibió todo en testamento, y conservaba la joya en el mismo sitio. Fue ella quien contó la historia a una amiga de una amiga de una amiga de mi tía Carmen. La primera noche que la escuché, llegué a casa y agarré una silla de la cocina, me encaramé y descolgué de la pared, en lo alto estante del calentador del agua, el reloj amarillo con bordes dorados en forma de cafetera que conocía de toda la vida y que regía los tiempos de mami para la cocina y para nosotros. Lo escondí entre las colchas de los perros y no pudieron encontrarlo en varios días. Hoy creo que aferrarse al pasado con garras de tigre no es totalmente saludable. No debemos, y no queremos, olvidar. Pero no podemos desangrarlo buscando una cura. Si alguien me hubiera arrebatado aquel reloj amarillo en forma de cafetera de la maravillosa cocina de mi casa hubiera perdido mis tiempos y mis sitios, e igual que una paloma mensajera no encontraría regreso al hogar.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La mujer del coronel



Una novela de Carlos Alberto Montaner.

“Es una novela sobre la libertad, sobre la libertad de las personas para tomar sus propias decisiones en las circunstancias más dramáticas. En Cuba, uno de los controles más lamentables que existen, una de las faltas mayores, es la falta de libertad afectiva. Un régimen que es capaz de decirle a la sociedad –ustedes no pueden tener contacto con las personas que se fueron del país, usted no puede volver a tener contacto con sus hijos o con sus hermanos o con sus padres porque esas personas se fueron del país…porque son desafectos al régimen- entonces cuando un sistema entra en el corazón de las personas y les dicta a quienes tiene que amar y a quienes tienen que rechazar y a quienes tiene que aplaudir aunque no los quieran y aunque los detesten, cuando un régimen se adueña de la afectividad de las personas ha liquidado cualquier vestigio de libertad. Después de eso la libertad económica, la libertad política ya eso no significa nada porque ¿qué puede haber más importante que el derecho a hacer con el afecto y con el corazón lo que uno desee? Por eso decía que esta es una novela dedicada a explorar la libertad”.*

Y comencé a leerla con la desconfianza de ojear lo mismo con lo mismo, esa mezcla impaciente de daños, repercusiones, infortunios, niñas prostituidas, vecinos desafiantes ante cualquier pista de tenencia, familias en ofensivas diarias por un trozo de pan, balsas, balsas...muerte. La realidad que conocemos aunque la vivamos a ciertos pasos de distancia y que desde este otro lado de la orilla me mudó el espíritu en desafío y culpa. Y hallé un asomo distinto. La mujer del coronel lo tiene, lo devora y no lo dice, no me lo ralla con el lado sin filo del cuchillo. Desmenucé palabras dispares, repasos rancios que venían de otras voces, parajes de los patios y entrecalles húmedas, de aquel vecino vestido de verde con olor a charco que no nos dejaba correr por su pedazo de acera, de la trágica historia en el velorio de la hija de A., del mar y aquella frase “tú te marchaste, yo me quedé” y las caras de todos cuando se oía en el Phillips “Lagrimas Negras”.
Uno escucha, uno habla, uno comenta pero no siempre se detiene a pensar. Y por un rato me enfrasqué en que tal si el Coronel Arturo Gómez y su mujer Nuria hubieran sido los vecinos de al lado. No hay una vida que no haya sido tocada por el desafío, por el egoísmo de las ideas sublimes y costosas, por la mano que ofreció y timó. Tampoco han existido muchos pueblos que no sucumban ante tanta exaltación y fogueo.
La novela me devoro a mí. Una historia de amor que te estaciona en una época y un lugar en que no hubiera querido vivir. Una historia de amor llena de sensualidad, sexualidad y erotismo. Y de escenas muy gráficas y demandantes. A veces me detuve y cerré el libro. No por pudor ni candor. Por vergüenza, por cobardía, por pena ajena. Pensaba en Nuria, en la ambigüedad de sus sentimientos, en la tergiversación de su propia realidad, en su inteligencia desmantelada. Nuria no amó a un hombre, no engañó a nadie, amó el amor, la libertad de sentir, de poseer, de entregarse. Dejó de engañarse a sí misma por unos días. Y cuando todo el tumulto de pasiones, de amores filiales lejanos, de aires cálidos y dulces en viejos empedrados se soltaron la abandonaron sorprendida y vulnerable.

"…no Arturo mis padres no eran unos traidores. Eran simplemente unas personas que no querían vivir en Cuba, que no creían en la revolución… no, Lucia no es una enemiga ni una agente de nada…encontrarme con ella fue encontrarme con un pedazo mutilado de mi vida…no, no fui a Roma a engañarte…no Arturo, no soy una puta, no me ofendas…tal vez quería sentir emociones antiguas…necesidad de experimentar una felicidad distinta……yo no quería hacerte daño… no, te equivocas, no pretendía humillarte. La relación con Martinelli, cincos días miserables, no era contra ti, sino por mi…no vuelvas a llamarme puta…y ¿tus infidelidades, Arturo?...si…ustedes tienen la necesidad de regar esperma y nosotras de sentirnos amadas… ¿Por qué me fui a la cama con un viejo? Porque yo no andaba buscando belleza física, ni nadie que compitiera contigo…sabía que estaba mal lo que hacía, pero también sé que es absurdo exigirle permanentemente a las personas un comportamiento que es contrario a la naturaleza humana…lo que me parece terrible es que el ejército y el gobierno se inmiscuyan en las vidas privadas de los cubanos…tampoco es verdad que exista el honor colectivo… ¿a quién coño se le ocurre decir que una institución, una abstracción jurídica, tiene honor? Honor tenemos tu y yo, pero ni tu honor depende de mi actuación, ni el mío depende de las cosas que tú haces ni el de los dos depende de lo que podemos hacer con nuestros genitales…te equivocas, yo si tengo honor y no ha desaparecido…Mi honor consiste en serte leal a ti y a mi misma en las cosas fundamentales de la vida. En tener valor para abrazara mi hermana. En defender las cosas…que creo… ¡Soy una mujer coño, que una vez se dejo llevar por su corazón sin pretender hacerle daño a nadie!…Hay mil cosas peores que las infidelidades…"**

Un buen libro, se lee rápido, te mantiene alerta, y te sorprende. Nos cuenta una historia con un interesante equilibrio entre la prosa y los personajes. No puede leerse con mojigaterías o prejuicios. Y de día mejor, durante la hora del almuerzo y en público…

* Palabras de Carlos A. Montaner en una de las presentaciones de su libro.
**Ultimas páginas de la novela, en su enfrentamiento con el esposo. Se le conoce como el monólogo de Nuria.

miércoles, 25 de enero de 2012

Trance

Orquidea con olor a chocolate. Cuba, Orquideario Soroa, 2010
 Igualito que con la tormenta que está cayendo ahora mismo. Que llueve y para, que derrumba y escampa, que sopla el viento y asusta y que se calma. Luego habrá que abrir ventanas y luego abrir las puertas. Benedetti, en su novela Primavera con una esquina rota, de las prosas que prefiero, marca así más o menos los espacios de Santiago extrañando a Graciela y al mundo desde una celda colmada por unas “ganas de abrir ventanas y lo que es peor de abrir una puerta”.
Afuera hay una de esas tormentas que conocemos por aquí y que, con este raro calor peregrino en el mismo medio de Enero, asusta tras un aviso de tornados. Y entonces me dieron al fin, unas poquitas ganas de escribirlo. Durante los últimos días habían desaparecido y ahora que lo hago ni siquiera creo que tenga realmente ganas. Y he pensado mucho en el asunto y he sentido que abrir una página y revolver otras no puede ser una presión. Y la he sentido. No es que no quiera escribir, es que no tengo deseos de escribir. Eso para mí, es más o menos, no tener ganas de hablar. No tener ganas de decir. Me gustaría pensar que es una mezcla aderezada de desajustes de hormonas, clima embarazoso y autodisciplina en falta.
Pero también creo que debemos darnos estos chances de regarnos, de parar de decir siempre lo que creemos que debemos decir, de perdernos un poco en alguna bobería, de mandar a “casa ‘e la yuca” las impaciencias, de permitir a la “midlife crisis” que nos arrastre, nos tome el pelo, que nos haga un poco de mierda.
Cosas buenas: ha venido J. Diecisiete años que no lo veíamos. Vino de la Česká Republika a donde se fue casualmente durante el agosto del maleconazo habanero en busca de algo mejor que aquello que teníamos, o de lo que no, en el verano del 94.
Cosas malas: los desánimos
Y de otras cosas: se busca solución tecnología de punta touchless, un invento del 3000, una lectura mental o extraterrestre que le evite a las mujeres tener que visitar al ginecólogo para los exámenes anuales que a cierta edad son necesarios…


miércoles, 4 de enero de 2012

Y debía


(Tomada de la red)
haber posteado este inicio de año como se suponía que hiciera cualquiera que como yo anda por estos lares pero por pura paranoia-anti-régimen no quise siquiera mencionar el nombre de la Isla este pasado primer día del 2012. Tenía mucho que desear y mucho que pedir. Y no por hacerme la más modesta ni la más pura ni la más humilde, pero no creo necesitar mucho para mí y los míos. Bueno…salud, que eso si en estos leves cuarenta y… ha llegado a molestarme: unos dolorcitos por aquí y otros por allá. Ah! A veces, déjenme decir así como quien no quiere las cosas, pienso en cambiar de casa. No una mejor ni más grande exactamente. Una que tenga lo que, ya después de esta experiencia, disfrutaría un poco más. Un patio o patiecito techado para tomarnos el café en las mañanas aunque llueva y la copita de vino en la tarde noche aunque enfríe (y por qué no, fumarme mi cigarrito de vez en cuando), una que no tenga escaleras ¡ni un solo escalón! Y con un closet más grande en nuestro cuarto.
 (Y yo haciéndome la modesta).
La verdad es que me he sentido un poco rendida. Eso de escribir un post deseando que el 2012 venga así y asao de bueno y venturoso se me hizo talco de bebé. Si yo misma no me lo creo. Mi isla no me repone optimismo ni certezas. Mi esposo, en medio de la festividad y estallido de copas de la noche del 31 nos recordó a todos que mientras nos enwhiscabamos Ivonne Malleza, esa negra cubana con alma de mambí en batalla, estaba encerrada en una celda de castigo y en huelga de hambre. Una cubana que decidió que la libertad y la democracia en su tierra valían más que su propia vida. Y a pesar de que alzamos las copas en un grito de Libertad para Cuba (como unos viejos miameros de la calle 8 en la esquina del Versailles) sentí que en medio del pecho la vergüenza y el odio se me dieron cita y sin majadera melancolía ni ventisca pasada.
Debí haber escrito un post donde dedicara mis deseos de año nuevo a ver mi isla rescatada de la castrodictadura de una vez y por todas, debí haber estampado mi fe de asco y algún estatuto de chispazos anti-bélicos, debí haberles contado a ustedes de aquel sueño donde construíamos un puente-muro, de verdad y de concreto, desde South Beach hasta Varadero y lo cruzábamos bailando y en medio de una añeja comparsa maleconera, debí creer que gritaba como todos los valientes que gritan y son apaleados.
Y ¿por qué no? También debí dejar constancia de mi aspiración augusta de perder estas libras de más y regresar al gimnasio en tanto me lo permita la tal fascitis plantar y también podía contarles que he jurado tener dos y medio ápices de paciencia con mi pequeño de trece años, agasajar nuestro veinte aniversario de novios, y jurar que intentaré amar al prójimo disimulando un tanto algunas ganas de golpearlo.
Pero me han ganado todos. Me vencieron todas las enhorabuenas y los fuegos. Me superaron los otros Blogs, las otras personas, la bola de New York, la otra vida. No he tenido ganas de postear nada, ni de aquello ni de esto. No sé que desearles para este año que ya llegó y en tres días nos puso en línea con los babalaos, los rumores tediosos de muertes deseadas, los albures de Iowa, y los millones de hits en You Tube.
Yo que debía…me quedo así contemplando la gravedad si es posible. Y entonces esto es lo que finalmente les digo…

viernes, 23 de diciembre de 2011

Noche Buena

Añadir leyenda
Mañana celebraremos Noche Buena. Esa noche que hemos hecho tradición en casa, nosotros, unos cuantos amigos que ya son la familia, unos otros que están más solos, y algunos más que a última hora no saben para donde agarrar. Allá en la isla parecía que vivíamos los mismos en mundos diferentes. Algunos sabían lo que era, otros no (mi esposo nunca oyó hablar del tema en toda su vida familiar) algunos la celebraban silenciosamente, y otros la añoraban plenos de recuerdos. En mi casa comíamos una comidita mejorada, ya se iba guardando la carnita y se concebía un plan para la noche del 24 aunque nadie se percataba del mismo ni se aludía el asunto, pero mami ese día  sacaba el mejor mantel, ponía la mesa redonda del comedor con todos los cubiertos, se sacaban los vasos del aparador y se cerraba la puerta con pestillo. Y todos sabíamos que no podía faltar nadie a la hora de la comida. Comíamos una piernita asada o unos buenos bistecs, yuca con mojo, frijolitos negros, que a mami le gustaba más que el congrí, mucha lechuga que yo no probaba, y algo de maíz y plátanos fritos. En los años que mi abuelo vivía, teníamos cuidado de no traerlo en su sillón de ruedas a la mesa porque temíamos que nos delatara con sus improntas revolucionarias. De todas maneras, para todos, aquella noche era como otra cualquiera, solo que mami había desafiado la escases y nos había regalado una buena zampada. Quien sabe que recuerdos masticaba silenciosa.
Ahora sé (bueno, hace unos añitos) lo que significa la celebración de la Noche Buena porque lo busqué en internet. También he sabido que algunos ateos, como nosotros, lo celebran porque es ya una tradición cultural arraigada y festiva. Ah! si, somos ateos (y respetamos por supuesto a todos los que no lo son). No sé si lo había dicho antes así mismitico, espero que nadie se defraude ni se sienta ofendido. Y si lo hacen pues que pena, pues yo, y esta casita mía, somos muy buena gente.
El caso es, como ya les había contado el año pasado, esperamos este día para reunirnos sin agitarnos ya de la hora del cierre de la llantera de M. y N. o de cuánto dinero se hizo ayer y si alcanzó para pagarle a Auto Parts, o quejarnos por enésima vez que C. ha estado bajando las notas en Matemáticas en las últimas semanas, o si este perro loco de los demonios nos tiene hasta el último pelo con sus malas mañas y si resolveremos el dichoso problema, o si por fin podremos ir a Cuba o no el próximo año. Mañana en la noche, nos vamos a reír, a querer mucho unos a otros, a cantar boleros en el karaoke, a hablar de aquellos años allá en el Pre o en la beca, alzaremos la copita y el mojito por nuestros queridos muertos que no vimos morirse, y nos contaremos los planes para el próximo año y nos asombraremos de lo lindo con las ultimas fechorías de los gemelos. Vaya, que pararemos por una noche de quejarnos. Prohibido sentirse peor que otro.
Ustedes disfruten su noche, no importa cómo, cuánto, donde y por qué la celebren. Deténganse unos minutos a quererse mucho y olvidar unas cuantas penas, que falta que hace darse su zambullida de vez en vez.
Y a la gente de mi isla, les dejo mi abrazo en aquel muro arrebatado y centenario donde el mar esconde tanta batalla, una huella segura contra un olvido rendido.
Felices Fiestas!

sábado, 10 de diciembre de 2011

gestos

Si esa luz nos unió, como aquella deliciosa leyenda de mirar a la luna cautivó espíritus amantes,  habremos vivido todos los instantes ya tan lejanos, un poquito otra vez…

miércoles, 30 de noviembre de 2011

“Our house was our castle and our keep...”

Ahora se pueden vender casas en la isla gracias al Decreto-Ley 288. Es decir, ahora los magníficos de la pagoda comuñanga-sociolista te dejan hacer lo que tú quieras con tu propia casa. Se puede vender y se puede comprar. La demencia con los precios y el carnaval caribeño del “real estate” llegaron a destino salsoso. Ahora tendremos “permutas” y otros asuntos finalmente asentados por el patrocinio de la ley. Claro, de la ley de la botella erguida, antes AKA ley barbiluenga. Y claro, esto es bueno, pero sensible. Donde se ponga el dedo aparecerá la llaga. El respeto por el derecho ha llegado tarde, tan tarde que no habrá manera hacer compaginar este con las penurias actuales de vivienda de las familias cubanas. ¿Quién podrá comprar? Les invito a hacer una visita por sitios como Revolico o Cubísima por solo mencionar dos de los más celebres.
Desastre, locura, humillación. Que me recuerdan algunas historias de casas.
Mi casa de la calle 15 muchos años ha…fue propiedad – como ha constado, inscrita y pagada en certificado- de mi abuela, o sea mi mami, nacida como África, conocida como Hilda. Murió a los noventa y cinco años, orgullosa de haber dejado a su descendencia lo poco que podía (según la época y lugar que ya sabemos): una buena casa que era todo el fruto de su duro trabajo como costurera, lavandera, posadera y cabeza de familia. Sin necesidad de un testamento se traspasó la propiedad a sus hijos: mi padre y mi tía. Cuando ambos comparecieron ante “las oficinas de la vivienda” para rubricar un nuevo certificado de propiedad les obligaron antes a pagar la casa otra vez. Ante el asombro y reproche de ellos la funcionaria, una mulatona muy joven y cuerpua, le espetó a mi tía en su cara: “Oiga señora no se me ponga bravita, pero tiene que pagar, usted ahora va a hacer propietaria de una casa” a lo que mi tía le dijo: “¡Gran cosa! ¿No? No se me ponga bravita usted, yo soy propietaria de esa casa hace muchísimo tiempo, seguramente antes de que tu nacieras”. Con omisión de esta platiquita que la tía me contó y que las condujo a un ligero careo sobre leyes absurdas, despojo y falta de respeto, la cosa en esencia fue que la casa ya había sido pagada en su totalidad a lo largo de unos veinte o treinta años, ahora si querían el papelito en mano (cosa necesaria por disputas heredadas) había que pagarla otra vez. El dilema ¿Cómo? Bueno ¡al rescate los apátridas! con un envío por la Western. Y solo así, mi tía y mi padre tuvieron el derecho a poseer lo que ya era suyo.
Otra de mis tías, Capuleto y Lawtense, ya no cabía en la casa humilde de los abuelos donde había que lidiar con cuatro hermanos, algunos cuñados y varios sobrinos. Mi abuelo tenía suficiente dinero para haber comprado por aquel entonces un pequeño cuarto, un sencillito apartamentico, un llega y pon, lo que fuera. Pero era ilegal. No se vendía, no se compraba, no se alquilaba. Esta mi tía, que además era epiléptica y necesitada de un poco de privacidad- juro que a veces era feroz permanecer allí- agarró sus gemelas y su tercera bebé, pateó una puerta de una vivienda vecina que estaba deshabitada en el nunca bien ponderado Pasaje Vázquez, rompió el sello amarillo de “vivienda” y decidió que allí viviría hasta que la sacaran muerta. Tardaron en llegar unos 5 días. Primero la policía y ella les dijo que se la llevaran presa o le ganaran a patadas. Luego vinieron los funcionarios de “vivienda”. Le dieron un mes. Y luego otro, y hubo días de estación de policía, y luego otro mes, y finalmente casi veinte años después le dieron un papelito con su nombre y el cuño del derecho a propietaria cuando terminara de pagar. Habían revisado su expediente y conocían el caso, e incluso constaba las veces que ella había ido a solicitar ayuda mucho antes y les había hablado de varios cuartos allí en el mismo pasaje, deshabitados por años. Pero no se podía vender ni comprar. Ilegal. Ilícito. Contrarrevolucionario. Rezagos pequeños burgueses. No crean, yo también le dije lo mal que me parecía tal violencia. Ella solo me miró. Era mi tía y me quería. Y yo la criticaba revolucionariamente desde mi casona calentita de Miramar. ¿Habría podido esta ley solucionar este “pequeño problemita” de tantas familias cubanas unos cuantos años atrás?
Bueno, yo solo andaba por aquí pensando en esto, pues quizás ahora muchos puedan cumplirle a sus padres algunos de esos sueños que ya se habían arrinconado. Digo yo.

En el Penthouse de Heriberto ...
...se instaló una tristeza profunda. Llevaba yo varios días esperando algún nuevo post. Entré varias veces al Blog y no logré avizorar, no había ni una nota sobre la ausencia. Ayer me cansé de esperar y escribí en el buscador de Google David Lago Gonzales y el asombro de su repentina muerte me sorprendió como a tantos. No lo conocía. Visitaba su Blog y disfrutaba su poesía, sus artículos y ensayos perspicaces, su violenta sinceridad, su desgarro generacional y su  abatido afecto por un  Camagüey que ya no existe. No quiso volver a Cuba. Y dejó claro que no quería que su obra fuera publicada mientras subsistiera la dictadura. Fue un creador enérgico, persistente, agudo, colaborador, constante. A pesar de enterarme dos meses después, y sin saber siquiera de que ha muerto tan inesperadamente, tengo la certeza de que en Madrid y por estas cibertierras se le va a extrañar muchísimo. Cuba pierde a un escritor y poeta consagrado a su época y su destierro.
David Lago Gonzales (1950-2011)
La Historia sepultará al Hombre.
Mi corazón se detendrá de repente en cualquier calle de Madrid, mi sangre se helará como el agua en una tubería una noche de crudo, imprevisible e incontrolable invierno: una ola de calor súbito me exprimirá como a un limón mientras leo sentado en un banco de El Retiro y al cabo de muchas horas, cuando ya comience a atardecer y se haga raro que alguien pueda leer en la oscuridad, un policía bajara de su caballo y me zarandeará levemente por el hombro creyendo que me habría quedado dormido, y será entonces cuando todo mi cuerpo se desmorone y se convierta en cenizas.
Un montoncito de cenizas sobre un banco de El Retiro, más pequeño que el libro que haya estado leyendo. Eso seré yo.
Pero todas estas formas de morir, tan aparentemente naturales, serán en verdad manifestaciones de la irrealidad. La verdadera causa será el peso de La Historia.
The boulevard of the broken dreams” David Lago González

jueves, 17 de noviembre de 2011

Mi otra mitad

Otra vez preparando viaje para el parque grande del ratón, esa maravilla que inventó el Señor Walt y que ha sido más exitoso que merengue en puerta de colegio. Ya le avisamos a nuestro “pequeño” de trece años que las próximas vacaciones de Acción de Gracias deberíamos hacer algo diferente. Pero no cabe de alegría al tener la oportunidad de enseñarle a la tía, a sus setenta y tres años, este lugar que tanto lo ha maravillado y que mucho ha disfrutado, aunque la tía tiene miedo que él la obligue a treparse a la montaña del Yeti o que se la trague Jaws en uno de sus zarpazos.
Siempre rebaso este día con ese ambiguo sentimiento de alegría y culpa. Lo mismo de siempre, porque unos pueden y otros no. Porque la familia y La Habana…y tanto más. Y pudiera separarme un poco de ello como hacemos cada día sin poder evitarlo desde que nos taladra el reloj despertador: ocuparnos de nuestra vida ordinaria y particular hasta volver a caer en el mismo lugar y regresar a ubicar el reloj para las próximas horas.
Y esta vez, particularmente, pensé en ti. En todos esos años en que gracias a Mami nos veíamos los fines de semana, los cumpleaños y parte de la vacaciones. Qué suerte que tuvimos las dos, aun separadas, de tener tantos abuelos extraordinarios y dispuestos. Recuerdo aquellos vestiditos que nos bordaba Mami incrustando mariposas e insertando lazos y toda la ropa que nos inventaba siempre igual para las dos, ni un detalle disparejo. Tú con tu pelo oscuro y satinado, el mío medio claro y aturdido, mi cara de letargo y tu rostro de asombro. No nos gustaba mucho aquello de las fotografías pero creo que hoy agradecemos esta inviolable tradición familiar.
Los cumpleaños en la casa del río de los Montesco, las visitas a Lawton y la chivichana a toda velocidad San Mariano abajo, hogar del extenso clan Capuleto, las incursiones al parque Dolores y al cine San Francisco, luego vivir juntas en la casa de la calle 15, los años de la secundaria, la beca, los de mi melancolía y mal humor y tu rebeldía y locura, yo tirada en la cama con un libro y tu sin llegar, las noches de fiestas y tertulias callejeras, de peleas y confidencias, el tiempo en que ya nos cuidábamos la una a la otra: los días estresantes con tu reacción a la anestesia y la vez que me llené de parásitos en medio de la peor escases y ya no sabías que hacer conmigo en los días de hospital, luego los niños llegando casi al mismo tiempo, siempre juntas a los ultrasonidos, los chequeos, los laboratorios, llegar a casa con ellos. Criarlos juntos, como nosotras, y mami tan feliz de esta nueva algarabía, y compartirnos los regueros y las comidas, las responsabilidades y las noches. Han sido buenos años, a pesar de las pérdidas, las ausencias y unas pocas averías que nos deparó el camino.
Haciendo la maleta pensé en ti. En este viaje voy a pensarte. Todas las cosas que habríamos hecho, lo que nos hubiéramos reído y jugado entre tanta “montaña rusa”, muñecos, parques y juegos. Yo con mi miedo constante y mis recelos y tú con tu atrevimiento y tú impulso. O haber estado todos con los niños y verlos como tantas veces disfrutarse y quererse. Los abuelos nos mirarían felices, a pesar de aquella ingénita guerra que se lidió para lograr que viviéramos juntas. Habernos tenido. Tenernos. No sé que hubiera hecho sin ti. No imagino mi vida sin ti. A pesar de que nunca te lo digo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

De las noticias, los recuerdos y el sabor tergiversado de la jalea real


La Colmenita en New York
“La compañía cubana de teatro infantil “La Colmenita”, Embajadora de Buena Voluntad de Unicef, regresó a la isla tras una “exitosa” gira por Estados Unidos, informó este martes su director, Carlos Cremata… Cremata destacó lo “emocionante” que resultó para los niños haber actuado en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, donde el líder cubano Fidel Castro y el legendario guerrillero argentino-cubano, Ernesto Che Guevara, “pronunciaron históricos discursos”, según el diario oficial Granma. “La Colmenita” recibió la distinción de Unicef en 2007 y es el único grupo de teatro infantil con ese reconocimiento que, según Cremata, destaca los resultados de la educación y la cultura en la isla…” (AFP, LA HABANA)

Puedo leerlo con bastante alegría y cierta angustia. Alegría porque quien planta semilla buena merece los más cálidos frutos, quien entrega corazón y voluntad, energía y carácter en una causa tan encantadora como ardua consigue recorrer casi todos los caminos exponiendo sus luces. Y Juan Carlos Cremata “Tin” y compañía lo merecen. Yo no conocí ninguna historia anterior a los finales de los noventa cuando la viví de cerca. Entonces era la historia de un hombre trabajador, soñador, que ya llevaba tiempo en el medio, con agallas y empuje, la historia de un puñado de seguidores con ganas de llevar el arte a donde el arte fuera más apreciado, y dedicaron por aquel entonces mucho, muchísimo tiempo de su vida familiar, de lo que pudo ser otros logros profesionales a alcanzar un poco de esos sueños, y se fueron a los lugares más intrínsecos y lejanos de la isla, mas pobres y fríos, allí donde apenas llegaba ni la noticia, ni la televisión, y mucho menos teatro, teatro hecho por niños. Tuve la suerte de ser parte en uno de esos viajes en el año 1995. Con el apoyo de algunos funcionarios con ganas y “autorización”  y de la “Organización de Pioneros” se podía organizar una guagua para llegar a la ciudad cabecera, y de ahí en adelante camiones, caballos, tractores, lo que fuese. La Colmenita eran unos pocos niños de entre 5 y 12 años, y unos cuantos adultos, entre ellos madres que comprometían todo por cuidar los hijos de otros, que a su vez eran las vestuaristas, costureras, cocineras, enfermeras, y actrices,  algunos muchachos y profesores de la escuela de arte que a su vez eran los actores, músicos, sonidistas, tramoyistas, utileros, cargadores de niños y tíos amorosos en todo momento. La comida era escasa como siempre es por allá, se aseguraba lo mejor a los niños, las acomodaciones eran inciertas, a veces nos cedían un espacio en alguna “escuela en el campo” o la “escuela del Partido”, otras se dormía en barracones e igualmente se aseguraban las mejores opciones para los pequeños. Aquel viaje nuestro fue a las montañas del Escambray. Yo era una invitada, aunque fui tratada como familia, muchos eran mis alumnos de la escuela y mi viaje con ellos pretendía ganar presencia de la dirección de la Facultad para próximas batallas, y un poco de reportaje sobre el trabajo del grupo.
Para su labor diaria se reunían en diferentes casas, sitios prestados, algún lugar de la escuela de arte. Todos, padres e integrantes, aportaban lo necesario para las obras y la utilería, un poquito de un buen samaritano por aquí, un poco de un funcionario inteligente por allá…Un día las cosas comenzaron a cambiar, es decir a mejorar y presentaron su trabajo y su alegría en el momento justo ante los ojos necesarios, y el gobierno finalmente les entregó una sede. En aquella casona del Vedado, los vi recorrer los pasillos, habitaciones, patios, idealizando cada lugar para ensayos, luces, prácticas de canto, vestuarios, aulas. Y comenzaron a planificarles presentaciones y espectáculos a lo largo y ancho del país, en los mejores teatros, sin tanta preocupación ya ni por el alojamiento, el vestuario, el transporte o la comida.
Y actuaron frente a la Reina Sofía de España, y ahora tienen franquicias dentro y fuerade la isla, y hacen presentaciones pidiendo la Libertad de los “Cinco” antiterroristas y comenzaron a salir fuera del país,y son representantes de la UNICEF, momentos en que entonces hay que exhibir, más que arte, buen teatro y encantamiento, fieles principios revolucionarios, y hay que preciarse de la Revolución y hay que decir que uno se muere por Fidel y pandilla. Bueno, no “hay que” pero ya sabemos… y entonces ésta es la parte que miro con cierta desazón porque no sé donde se pierde la línea entre lo que verdaderamente ellos creen y lo que quieren creer, o entre lo que ellos creen y lo que deben creer, entre el talento y la idoneidad… y entre las personas que yo conocí y los juglares… pero claro esto es solo mi apreciación, que como tantos también lo hube de vivir…. No debería establecerme ciertos juicios, pero quien vio y ve tendría que alegar junto con nuestro famoso Marx que el hombre piensa según vive

martes, 18 de octubre de 2011

cosas de novelas

Dio unos pasitos mas, se acercó a la puerta y arrimó su puño listo para llamar. Pero un suspiro tan roto como esa aldaba roñosa y corroída le sujetó el ansia. “¿Y si no me recuerda? ¿Y si me recuerda? ¿Y si no nos abrazamos ni nos besamos ni nos decimos todas esas cosas que nos prometimos hace veintitrés años? ¿Y sí solo me saluda y luego dice mirándome derechito a las caderas: como ha pasado el tiempo?"
Dejó su mano clavada en la aldaba mientras un torrente de augurios zarandeaba su cerebro. “Las historias de amor no existen mija, eso solo es cosa de novelas y las películas”. El hombre que se queda, se queda. Lo demás es pura habladuría”. Eso y más, cada noche acomodada en su sillón de mimbre, le largaba la madre mientras ella se consumía, en la mecedora contigua, con algún bordado o costura que nada le estimaba. Movió la aldaba ligeramente. Espero unos segundos, y con chorritos de sudor rodándole entre las piernas caminó menos ligera pero fue escaleritas abajo sin regresar la vista. “No vuelvo, no vuelvo” se dijo y ya estaba arrepentida por no haber esperado otro ratico más.
El machaque de la madre le laminaba a segueta mientras apuraba el paso. “Quien de verdad te quiere, no se va y te deja así hecha un bulto y sin abrigo. Sabe Dios a dónde fue a parar en ese barco. ¡Que vengo pronto! ¡Bah! Patrañero. Lo veía venir, lo veía venir, pero tú no escuchas niña, tu no escuchas, es que eres mu’ ignorante mija, mu ‘ignorante!”
Fue su propia madre quien lo volvió a ver trajinando en la fila larga de comercios de la Avenida Matarimbe, lo siguió impúdicamente, con la cara pálida y el corazón bufando. Fue su propia madre la que le dijo ve a verlo y dile la verdad. Y ella: ¡pero mamá si tu…!”.Así mismo mija, así mismo, como en las novelas y en las películas, ve y dile la verdad.”
Regresó en medio de una tarde bochornosa y rosada. Se dejó caer en la mecedora destartalada, al lado de su madre que agarraba el tejido desorientado e inútil y la miraba con la angustia de los destinos malsabidos. “No era él, madre, no era él. Su esposa me abrió la puerta y él me invito a pasar, y hablamos mucho, ¿sabes? Y tomamos un cafecito, y no era él madre, no era él. Sí que se le parece bastante, pero ellos son del interior, vinieron a la ciudad hace solo unos años, tienen cinco hijos y pronto se van a América. No madre, sí que se le parece, pero no era él. Ya olvídese de eso. Que a nosotras no nos hizo falta nunca hombre alguno, ni a Candelaria un padre que le estuviera ajustando la correa. Bueno madre, me voy a refrescar que estoy empapa’ita”.
Se metió al baño como humo sin peste. Lloró. Lloró hasta que el pecho se le se aletargó en una maraña de derives. Salió salpicada de agua clara y embadurnada de talco y enrojecida del vapor en la contienda. Asomó su rostro a la puerta de la estancia para llamar a su madre a comer y se encontró de frente con la visión del hombre en el mismo día de la partida prediciendo un pronto retorno. Sacudió la cabeza y el cuerpo en una danza irritable y liada. Regresó la mirada y no era la imagen de antaño, era él mismo, allí mismo, invadiendo su mecedora y en plena faena de bazas con su madre que había soltado el tejido y movía sus manos con felicidad. Se acercó paciente e incierta, ambos tropezaron la mirada sin sombras ni aborrecimientos, su madre suspiraba y con sus ojos duros y agobiados rogaba alguna palabra. En un segundo sempiterno, Candelaria abrió la puerta de la calle en aparición rozagante y jubilosa acarreando libros y azucenas. Le sonrió a todos los presentes y sin cachazas ni verbenas saludó “¡Ay abuela, tremendo calor allá afuera!”.

(Esta historia me la contó la protagonista, dueña de la mata que daba los mangos más rojos de todo el barrio. Me la contó y me dijo que era la “puritica verda’ ” y yo que sucumbía por las historias más cursis me le quedaba mirando extasiada mientras arrancaba cáscaras a los mangos. Candelaria vivió cien años hasta anoche.)

lunes, 17 de octubre de 2011

En Memoria de Laura Pollán

En memoria de Laura Pollán Toledo: "Elogio de la resistencia". Por Gaby Sarduy
(Tomado de   Cuba Democracia y Vida)



Resistir,
dejar el miedo a un lado
y ...caminar
empuñando una flor
por la avenida
y llegar a la Iglesia
a pedir lo imposible
y rezar, rezar con fuerza....
oponiendo el silencio
a las consignas.
Resistir,
preparar
la visita al penal
y la jabita y tu mejor sonrisa
para tu hombre
que piensa y que no calla
que disiente y lo expresa
que se planta y florece
como la flor que llevas en las manos
cuando proclamas,
con una valentía que no te sospechabas,
que decir LIBERTAD
con los pasos, los dedos,
los gritos, las palomas
es ahora tu sino
y no hay remedio.
Resistir
y encontrar
aún otra tarea:
abrazar a las otras y arroparlas,
a acogerlas a todas en tu casa
armarlas de paciencia
de fe, de valentía,
escuchar los reclamos,
consolar esa pena
de vivir tan, tan lejos de una cárcel
en una Isla pequeña
hostil e intransitable...
Resistir
y aprender
a hablarle a los micrófonos
maestra, pedagoga,
explicarle a cada uno
con voz irrenunciable
que caminas
por esa Libertad
que les roban
a Uds,
pero a todos
a aquellos que encerraron,
a los que mueren lejos,
también a los que callan,
a los que tienen miedo,
a los que las espían,
a los que se aprovechan,
a los que las hostigan
por ordenes de alguien...
Resistir
y expresarse
en la Isla del Muro y del silencio
salir al sol, la acera,
al malecón, la iglesia
y decir que estas viva
y pedirle a quien sea
que te escuche y te ayude
Repartirle una flor a los pasmados
que te observan
ganándole las calles a esa turba
ganándole las calles a ese régimen:
ésa, tu hazaña...
y fue inconmensurable...
Resistir
y dejar que unos y otros
discutan lo que quieran.
No perder nunca el rumbo
jamás el equilibrio,
ir por el justo medio
de la virtud,
templada,
como duro metal
de dulzura incólumne.
Apoyar al que ayuda,
aceptar cada logro,
por humilde que fuera
sabiendo que de pasos,
pequeños
pero ciertos,
se esteblece el camino
que no tendrá retorno
hasta la Libertad
que despliegas sonriente
con el pulgar y el índice extendidos
frente a hombres armados
 que están presos.
Resistir,
hasta el día
en que la reja se abre
y dar las gracias
y también
decir lo que aún te falta:
Libertad, Libertad,
Libertad para todos
Libertad sin "licencia",
Libertad sin "destierro"
Libertad Laura, ¡Laura!
Libertad de verdad
para que Cuba pueda
ser de nuevo una patria
que incluya a cada uno,
que acoja, que engrandezca
a todo aquel que la ame...
Resistir
y abrazar a tu esposo
de nuevo
en tu casa, en tu patio,
oírlo nuevamente cuando duerme
y dormirte
sabiendo
que nada ha terminado,
que todo está aún haciéndose...
Que comienza otra etapa
que tu voz la oye el mundo
y faltan tantas cosas!
Que seguirás andando
en la calle y al sol
y con lluvia y con viento
y con la valentía
que aprendiste estos años
porque existe esa Carta
que dice que los hombres
tienen unos derechos
suyos e inalienables
y habrá que reclamarlos
aún en esta Isla...
para que todos entren
para que todos puedan
para que todos quepan.
Resistir
hasta el día
en que la muerte
llega
y nos aturde a todos
nos inunda de pena
nos quedamos
atónitos
repasando tu gesta
y se vuelve invencible
tu legado:
es la fuerza
de la mirada clara,
de la enorme paciencia,
de la inmensa dulzura,
de levantar la flor
frente a las armas,
frente a la soledad,
frente a las rejas
Que quede tu mirada
para siempre en la historia
que quede
tu osadía
a todos los que esperan
que Cuba sea libre,
pronto, pronto!
Así sea.

martes, 11 de octubre de 2011

tregua


Hacía meses que no veíamos llover. Nos había crecido un cactus en la retentiva. Diez horas de lluvia y los venados han dejado de comerse mis plantas, y las ardillas no han vuelto a tomar agua de la piscina, y huele a fango y a hierbita húmeda. Y entonces me senté en el portal con una copita del Alexander Valley (mira que he aprendido cosas en esta tierrita) y encendí un cigarrito y disfrute la escena. Recordé los días en que la lluvia era algo diferente, no te apurabas por una sombrilla ni te importaba la blusa mojada y transparente, ni le temías a los truenos mientras te bañabas en la costa, ni escuchabas el “niña entra que vas a coger un catarro”. Y tampoco se por qué recordé un poema casi completo, uno de aquellos que durante los días universitarios también entonaba de memoria y otras mil cosas que la lluvia trajo y claro, se llevó porque así se filtran todas las aguas mareadas.


Usted Martín Santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
pero no voy a convocarlo junto a mí
ya que aun en el caso de que no estuviera
todavía muriéndome
entonces moriría
sólo de aproximarme a su tristeza

usted martín Santomé no sabe
cuánto he luchado por seguir viviendo
cómo he querido vivir para vivirlo
pero debo ser floja incitadora de vida
porque me estoy muriendo Santomé

usted claro no sabe
ya que nunca lo he dicho
ni siquiera esas noches en que usted me descubre
con sus manos incrédulas y libres


usted no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme

usted martín Santomé no sabe
y sé que no lo sabe
porque he visto sus ojos
despejando la incógnita del miedo


no sabe que no es viejo
que no podría serlo
en todo caso allá usted con sus años
yo estoy segura de quererlo así

usted martín Santomé no sabe
qué bien qué lindo dice avellaneda
de algún modo ha inventado
mi nombre con su amor


usted es la respuesta que yo esperaba
a una pregunta que nunca he formulado
usted es mi hombre
y yo la que abandono
usted es mi hombre
y yo la que flaqueo

usted martín Santomé no sabe
al menos no lo sabe en esta espera
qué triste es ver cerrarse la alegría
sin previo aviso
de un brutal portazo


es raro
pero siento
que me voy alejando
de usted y de mí
que estábamos tan cerca
de mí y de usted

quizá porque vivir es eso
es estar cerca
y yo me estoy muriendo

Santomé no sabe usted
qué oscura
qué lejos
qué callada


usted martín
martín cómo era
los nombres se me caen
yo misma estoy cayendo


usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola se va a quedar
mi muerte sin su vida.

Mario Bendetti, "La Tregua".

martes, 4 de octubre de 2011

“Ventana deja entrar el día y deja salir; la vida”


La familia de El Gallego
Son los chiquillos, los hijos, los nietos los que en medio de beligerancias familiares absorben las secuelas de estos sinsentidos. Nosotros los chiquillos, los hijos, los nietos por suerte supimos columpiar las tramas y sin que los patriarcas, más bien, las matriarcas, asediaran terrenos de nadie, permanecimos, según la vida nos fue acomodando, más o menos juntos. Historia antigua.
Montescos y Capuletos los nombré cuando conocí a Shakespeare, seguramente con la ilusión de que la historia de amor de nuestros padres valiera la pena. Pero no valió la pena ni la historia de amor ni la ceguera de ambas familias ante tales adversidades. El tiempo lo fue curando todo, pero las frases solapadas, los ideales y las actitudes en la vida permanecieron intactas. Muchos años después y algunos eventos familiares finalmente acarrearon un remanente de concordia deseada. Al final, quedamos todos, ambas familias, mientras nuestros padres se esfumaron sin desagravio.
Mi abuelo Capuleto llegó a la Habana con dos años. Sus padres y otro bebé, dejaron Galicia en busca de mejor vida, tierra y oportunidad de negocios en la Perla de las Antillas. Y lo encontraron. Para cuando yo nací, mis bisabuelos  llevaban una vida instalados en una casona linda de La Víbora, sus hijos casados, nietos y bisnietos llegando y habían amasado un próspero negocio en el área de la construcción que fue mermando con la llegada de la Revolución en el 59.
Mi abuelo, conocido como “El Gallego R.” era el alma de una familia que se había asentado en el barrio de Lawton. Sus cinco hijos, cuatro hembras y un varón, corrían por San Mariano arriba y abajo y jugaban en el parque Butari, donde se conocieron mis padres. El Gallego nunca aceptó la expropiación y el socialismo, y subsistió con su gran sabiduría de albañilería y obra, y nada más. Lo metieron preso a merced de la famosa “Ley del Vago” pues nunca accedió a trabajar para el gobierno. Se quedó sin materiales ni trabajadores, pero nunca dejó de traer la comida a la mesa ni en su casa faltó alegría. Trabajaba día y noche, sin fines de semana y sin descanso, siempre había una cocina que arreglar, una pared que macillar o “dar el fino” (en lo que era un experto), unas columnas que apuntalar, un portal con ladrillos que “curar”. Y siempre había una mano amiga que sabía a dónde podía ir a buscar sus materiales y su gente. Con el tiempo lo dejaron en paz. Era un hombre honesto, de principios y buen amigo. Respetado en la familia, en el barrio, y en su profesión. Los vecinos lo buscaban para un consejo, para una ayuda con el hijo adolescente, para un préstamo eventual. Comía en algo a lo que yo le llamaba “palangana” porque comía como un tigre, y dormía en un banco de madera sobre ladrillos y su almohada era un tronquito donde rus rizos blancos y coposos se enredaban, y que él mismo se fabricó para enderezar la columna, decía. Conservaba para trabajar alguna reminiscencia del traje tradicional gallego, unos pantalones bombachos y cortos por debajo de la rodillas que por aquel entonces se los hacían de saco, y de otras telas blancas y se amarraba una cinta ancha a la cintura, azul o negra, no roja como él decía era la tradición, pues con ese color no quería relación. Y Algunos amigos zapateros le hacían sandalias y mocasines. Los días de descanso y de fiesta vestía su atavío de pantalón y chaqueta de lino beige, almidonado y bien planchado y se tomaba unos minutos para colocarse, con deleite frente al espejo, su sombrero de paño, blanco con cinta negra o al revés, que conservaba en caja original, regalo de su padre. Siempre llevaba pañuelo, y nunca billetera. Los dineros iban en billetes organizados, prendidos a una presilla de plata con sus iniciales.
Abuelo (a finales de los 70).
Asi le llamaba yo.

Abuelo, con tia May.

Mi abuelo “El Gallego” era un hombre hermoso, apuesto, alto, vigoroso, con una amabilidad y dulzura tan cordial como enérgicos eran su genio y su voz. Gozaba de un sentido del humor contagioso y siempre nos quiso y nos abrazó como a bebés. Cayó de andamios, se fracturó huesos, sufrió infartos, y cada vez se levantó y volvió a la obra. Son muchas las casas de los barrios de La Víbora, Lawton, El Mónaco, Luyanó, El Sevillano, Santos Suárez, Vista Alegre, que conocieron el trabajo de sus manos y guardaron su regocijo y su devoción por una obra decorosa. Se consideraba Masón por legítima sucesión, colaboró con su familia en la Casa de Beneficencia y en el Hogar Nacional Masónico y aunque de esas raíces también lo alejaron nunca dejó de proclamarlo. Aunque no era practicante, ayudaba cada vez que podía en las iglesias del barrio componiendo alguna quiebra. Murió joven. Y recuerdo ese día de 1991, un pueblo era aquel dolor, no había visto yo así tanta gente en un evento como este, en la calle, gente conocida y desconocida, joven y no joven, una multitud que me hizo sentirme orgullosa y me recordó aquellos días de correr por el barrio en que un niño decía, “esa es una nieta del Gallego”. Yo no viví con él porque yo quedé enganchada del lado de los Montescos, pero eso nunca importó, siempre estábamos toda la muchachera junta, metiéndole las manos en los bolsillos para sacarle las monedas para comprar durofrío en la cafetería frente al cine San Francisco.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Concurso de Fotografia Social

El sitio Voces Cubanas creó un concurso de fotografia social cubana  y han extendido la fecha de cierre. Como no aclaraba, al menos cuando yo lo leí, que era para residentes en la isla envié mis fotos. Orlando Luis Pardo L. muy rápidamente me respondió  y  agradezco mucho su amabilidad, aclarándome este punto y que no obstante publicarían mis fotos en un aparte que harían para invitados. Ya ustedes las han visto antes por esta mi casita, pero bueno, esto de que a uno le reconozcan su fotico además de la familia y los amigos, tiene su gracia, ¿no? Sobre todo, cuando se trata de la realidad de nuestra isla.
Ojalá  muchos de los compatriotas allá puedan participar. La voz de la Libertad tiene muchos sonidos.
Por aqui andan mis fotos (en la galeria #8) y la de muchos cubanos de la isla.

La cartera de la tia...

La tía llego con su cartera medio vieja, para poder regresar con una mejor, encargo de mi hermana y sobrina. Después de abrazos, regocijos y bulla, abrimos la cartera sobre la cama. "¿A ver qué trajiste ahí que pesa tanto? “Un regalito de C. para mi, ¡qué lindo!, ¿Rolos? ¡Mijita eso te lo podía comprar yo aquí! ¡Fotos! Ay mi madre que rico, fotos viejas de mami, los tatarabuelos, la familia de Lawton, mira tú yo chiquitica allá en la casa del rio… y ¿esto que es en este sobre? ¿Pesos cubanos? ¿500 pesos cubanos? Pero tía y ¿esto para qué es? ¿Qué tú haces con 500 pesos cubanos aquí?"...
y ella : "Ay mija no se, para cualquier cosa, para ayudar en algo, no se"
¡Júa! ¡Di tú!
Y mi marido “¡oye suegrita ten cuidado que a lo mejor traen comején ..."
La pobre, no entendió na’…lo último que pensaba yo era encontrar en esa cartera esos papelitos gastados con la cara de Calixto García y Camilo Cienfuegos…ya ni los recordaba bien, porque la verdad es que yo de esos nunca tuve muchos...

P.S. Un poquito atareada estos primeros dias, pero los leo de vez en cuando, ya vuelvo.

lunes, 19 de septiembre de 2011

"Alegria... y una mas pal' bote"

Ya llego el día del viaje, después de la ultima negativa (y su primer viaje hace cuatro años), esta vez “los americanos le dijeron que si”. La otra agonía fue la espera del pasaporte visado, casi ocho meses. Esta noche en mi casa de la calle 15 hay tertulia nocturna y ruidosa. Las viejucas amigas, los vecinos, los amigos de mi hermana, los muchachos del barrio pasaran por allá para darle un beso y decirle “que la pases bien en la yuma”, “no le hagas caso a M. (que soy yo) con eso de la comida saludable y esa muela, tú llena el tanque ahora que en unos meses no se sabe…” Esta noche en la terraza de mi casa de la calle 15 el alboroto, las risotadas y los cuentos acaban cuando mi hermana saque a todo el mundo para afuera con un “caballero a dormir que mañana tenemos que madrugar pa’ ir pal’ aeropuerto.”
Tia y yo

Tía viene sin nada en mano. Solo su cartera, con sus documentos y un “blúmer en una jabita por si se me sale un chorrito del nerviosismo, tú sabes”. ¡Ah!, y muchos papelitos con números de zapatos, tallas de ropa y pedidos de medicinas y accesorios. Tía está contenta porque volverá a ver los días de reunirse por Acción de Gracias, la fiesta de la Navidad, la cena de Noche Buena, las celebraciones de fin año, todos los festejos que un día allá en la isla se apagaron de un solo leñazo. Ya esta soñando con un Mac Donald y el batido de Oreo del Chick-fil-A, y los viajes al Mall, y sobre todo con lo que más le fascina: las luces, las avenidas, los puentes.
Y nosotros también estamos de fiesta, porque ella viene y lo disfruta, porque estamos juntos y la familia crece y sobre todo porque es la mejor manera que tengo de devolverle todo el amor que me ha entregado toda su vida, todos los cuarenta y dos años que me ha dedicado sin mirar a atrás ni un solo segundo, ni siquiera la noche que nos despedimos en esa terminal 3 de la Habana. La primera vez que nos separábamos sin saber la fecha del reencuentro.

Tia y yo

Tía tiene setenta y tres años pero hace rato que no ha querido cumplir más. Cuando mami murió el vacío que se le sembró en el pecho en pocas semanas lo reemplazó con la horrible realidad de un cáncer de seno. Cuando llegó aquí conmigo en Noviembre del 2008 era una pasita consumida, sin pelos y más quemada que mis tostadas de tanta radiación. Pero se recuperó y le dio una patada al desconsuelo tan grande que lleva a mi hermana a la una mi mula con tanta malacrianza, pues ahora “con esta edad y con lo que he pasado, no cojo lucha ni estrés, y vivo el día a día, disfruto cada minuto” con lo cual le puso el cuño: “ahora me toca a mí que me atiendan”.
Van a ser unos meses buenos, ocupados, pero reconfortantes. No hay nada mejor que saber, que además de las remesas, las cajitas, y la medicinas, puedes entregarles algo más valioso, volver a vivir los días del alboroto familiar, las noches recobrando memorias y boleros, los niños de casa compartiendo un abuelo, y esta indestructible sensación de culpa dejándome un poco en paz.
Mi mami, mi tía y mi Picon unos años antes de yo llegar. La mejor familia que hubiera deseado siempre y que volveria a tener a mi lado si fuera posible.


lunes, 12 de septiembre de 2011

Black out


Se llamaban “apagones”. Con el tiempo, el rigor, y el desamparo el pueblo marginó este sentimiento y comenzó a nombrar los “alumbrones”. Estar totalmente a oscuras en el calor abusivo del verano habanero, sin más ropa posible que sacarte, el estrés para desconocer que ya diste tres mil vueltas a la cocina buscando que comer mientras te mantienes alerta al diabólico sonido del aleteo de las cucarachas voladoras es la imagen más atroz que recuerdo de aquellos terribles años entre 1990 y 1995. Días enteros, noches enteras. Y como todo sucedía en nuestra isla, el “apagón” se hizo ley, y lo que se hacía ley era bueno para luchar contra el imperialismo y subsistir. Y llegaron los “apagones” planificados, por áreas, municipios, sectores, horas, días y ¡Oh alegría, días libres de ellos! Todo masticadito en el periódico para que te preparas con antelación. Recuerdo en mi último año de carrera a la profe L. de Economía Política cuando dejaba la tarea: “Oigan la gente de Playa y 10 de Octubre recuerden que los toca apagón esta noche, así que empiecen temprano a estudiar, no quiero inventos para la próxima clase, están avisados….” Y yo me iba con aquel mal sabor de no poder agarrarla por el cuello.
Sí señor, estábamos avisados. Que era lo mismo que mira a ver a qué hora le plantas la zambumbia a la gente en la mesa (que por muchos años eran recetas todas relacionadas con col) o si tienes la dicha de ver la novela brasileña esta noche, y a qué hora te levantas para llenar los tanques y cargar el cubo de agua para el baño, o a ver si estudias tempranito antes de irte a la escuela, o si esta noche podremos tener sexo en medio de este vaporón insufrible y ventanas abiertas y vecinos en los portales, y luego “caete pa’tras” cuando llegue el recibo de la electricidad.
Yo era joven y acarreaba conmigo el ímpetu de la resistencia aunque en sus últimos y finales estertores. Pero hubo días infames, los odié con toda mi alma, lloré por hambre y por consternación. Y aunque a muchos les parezca que el mundo tiene cosas peores que ver, en aquella hora en aquel cuarto mío, en aquella sala con la familia en medio de conversaciones donde no nos veíamos las caras durante horas ni podíamos dar un paso ni llevar a mi abuela al baño, sentía que nada podía ser peor, hasta que aparecían las desgraciadas cucarachas voladoras para hacerme sentir más pequeña, impotente y desmoralizada de lo que ya era.
Uno de esos días en que no se dormía amanecí tirada en el piso de mi cuarto y en cuanto apareció la luz de la mañana algo había cambiado definitivamente en mí. Aun no sabía que era. Agarré mi vieja y destartalada máquina de escribir, regalo de nuestro querido amigo A. el día que su abuelo pensaba tirarla a la basura y comencé a borronear como demente lo que me dejó la noche. No era un poema, que no soy yo poeta, pero al cabo de los años me di cuenta que había sido entonces la esencia del cambio, la catarsis, el día que aquel desgraciado apagón me devolvió definitivamente a la realidad, la que aun yo no quería aceptar, y todo el mundo en que yo había creído se me vino encima. Estaba triste. Era el mundo que mi abuelo me había regalado. La caída fue dura, de golpe y pendiente, pero de esa todos nos hemos ido recuperando.
Y bueno ahi les suelto otra de mis cositas personales y que hoy le dedico a mi esposo.

“Black out”

(1993)

Únicamente tenemos nuestros propios deseos.

Hemos perdido las palabras
Ya no podemos nombrar siquiera la tristeza
la desesperación
el enquistamiento
la vergüenza.
No me preguntes cómo ni cuándo ni para qué.
Sobrevivo de la ternura el rocío el sol
porque sin más aviso que el haberme despertado
me vino encima la violencia y el desgarramiento
no tuve más vocación ni voluntades, quedé tropezando y temiendo
al borde o lejos de todos los caminos.
Por suerte en estos tiempos de desamparo
estoy enamorada.
Al menos no cargo encima siempre
Noches sin descubrir estrellas
o mañanas de horribles torpezas
o muchas tardes sin reclamos de mi corazoncito necesitado.
Todavía no auguro des-llamadas o des-recuerdos
porque aun tengo pecho para repetir su nombre.
Pero aunque no se me ha muerto la esperanza
se sostiene la injusticia de aquellos
que también están al borde o lejos
de todos los caminos
y que además, en estos tiempos de desamparo
no están enamorados.
Que no pueden compartir serenamente las batallas
y estos primeros pasos
y que tienen en su rostro los más absurdos
síntomas de muerte.
No estoy segura si todo ha de ser
exactamente irrepetible
No sé si se trata de elegir o inaugurar
no sé si la barrera estallará como un relámpago.
Yo estoy finalmente, enamorada y perdida
en esta tierra que se está tornando demasiado áspera
en esta ciudad donde el silencio atrapa
a los que trabajan para cumplir solo con la mitad de su agonía
En este pedazo de mi misma
donde me aguarda por instantes
un sueño desprendido
y una verdad intocable
¿No podría ser acaso de otro modo?