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martes, 1 de mayo de 2012

Hoy

Presiento que no puedo seguirlos contando, que debería dejarlos correr a algún lugar sereno y risueño donde no los malgaste. Pero noventa y nueve Mayos me hubieran encantado. Tantos días como estos me  llegaron en este refugio verdinoso y no me alcanzaron patios, enjuagues, ni cigarros para convocar los olvidos. Quisiera que fuera un día como tantos, los que te hablo y los que no, o de aquellos en los que puedo dejarte acomodada y dormida. Pero las voces y los menajes de otros lares no me dejan. Estás en fiestas que no son para ti, en ceremonias y discursos torcidos que no escuchas, en las algarabías de las calles que no caminas, en el desconsuelo de lo mas absurdo de los que te recuerdan. Seguramente te llevaron flores, tantearon el mármol grácil que te corteja, resonaron tus andanzas y tus bríos y hasta en ese instante afectado envidio sus manos y sus figuras. Si estos Mayos algo trajeran que sea la calma. Si estos Mayos algo repusieran que sea tu risa. Presiento que nunca pararé de contarlos. Que serán cien o ciento veinte mis derrumbes y tus llegadas, y que no tendré mayos suficientes para agasajarte, soplar velitas, enviarte cartas siderales, agradecerle a mi vida por vivirte…y abrazarte, abrazarte, abrazarte.

lunes, 19 de marzo de 2012

Recuento

Desde pequeña quise ser actriz. Como casi todas las niñas. De las cosas que se me ocurrieron en ese largo camino hasta el momento de elegir, fue la única que atesoré con esperanza. Crecí en una casa llena de espejos y lunas inmensas y me paralizaba ante ellos con vestidos, zapatos y collares de mami y tía. Teníamos una buena biblioteca donde se podían encontrar viejos long play de 33 y 45rpm de boleros, zarzuelas y algún que otro importado. Lo mismo imitaba a Sarita Montiel que me deleitaba siendo una versión femenina de Barry Manilow. Cuando me di cuenta que no tendría ni cuerpo de modelo, ni afinación ni voz, ni aptitudes de danzarinas igual quedé tranquila pues ser actriz era mucho más que eso y si podía escribir mejor aun. Teatros, obras de la escuela, monólogos, declamaciones, y escuela de arte. Seguí cada paso con cautela y timidez. No lo logré. A alguna edad te das cuenta que hacen falta mucho más que persistencia y talento para conquistar algunas cosas. En ese largo camino también soñé con ser piloto de aviones comerciales. Coleccionaba y armaba todos los modelos que vendían y que por supuesto eran todos los aviones rusos del momento: Ilyushin, Yakovlev, Tupolev, Antonov, me los conocía al detalle y me devoraba toda la literatura rusa sobre el tema. La única escuela de aviación cubana radicada en la isla no aceptaba mujeres. Un día también comprendí que mis hipo-glicemias y constantes migrañas no me llevarían a ningún lugar de esos. Pero como la vida no es vaca cerrera y si te apuras alcanzas, me hice maestra, y a pesar de los inconvenientes que los difíciles años del “periodo especial” y el descalabro nos fueron reportando, terminé viviendo entre la música y el arte con la satisfacción de escuchar cada nota y sentir cada interpretación con la misma fibra de aquellas viejas ilusiones.
A unas pocas horas de que mi hijo cumpla catorce años lo miro y me pregunto si algunas de todas las ilusiones que ya va almacenando las lograra vivir. O si fantaseará con algunas demasiado engrandecidas. Ser adolescente es complejo. Allá lo vivíamos diferente, y a nadie le conmovía si tus hormonas o tus espacios tenían importancia. Mi hijo dice, y es lo único que ha dicho en muchos años, que quiere ser médico. Busca en internet el ranking de universidades para hacer el pre-med y la carrera, costos y especialidades. Y quiere ser tan brillante como Dr. House. Parece ser que el también tiene su Barry Manilow y su Tupolev. Pero no le decimos que para lograr algunas de estas cosas no solo se necesita persistencia y talento. Solo quiero que sea noble. Suponemos que haber dejado tanto atrás para intentar proveerle un futuro será recompensado.
 Le vi afeitarse su bigote por primera vez y recordé cuando lo mecía en el sillón por horas. Lo miro y estoy tan segura de que no haber sido actriz o piloto de aviones, no me dejaron ni una marca. Lo veo patinar y reírse con los amigos, lo veo llegar de la escuela diciendo “que hambre tengo”, lo observo cuando duerme y casi se le salen los pies de esta cama, y estoy tan segura que la mayor satisfacción de mi vida no me la hubiera dado ninguna profesión.

jueves, 2 de junio de 2011

Junio

                                                                      Post Card from June
La halló en la gaveta de la mesa de noche, donde velamos la soledad al alcance de la mano cuando los espejismos o el llanto se nos cosen a las sábanas. Una añeja tarjeta amarillenta, una voz sepia adolorida. Nada en su anchura tenía ya sentido, sus letras eran un cayo en su corazón, una islita sin bordes, cientos de piedritas de ese rio que había escurrido durante los últimos veinte años y cuyo sabor de grieta nunca volvió a ser una presencia. No necesitaba abrirla para escuchar la cuita de aquellas grafías desasidas, claves cariñosas, signos de magia.
There is no place for my tears. Not anymore.
I know there will be, always, a rest for me in your heart, silent, warm, resolute. I am this voice breathing at your side, close your eyes and hold my face in your hands, kiss me. Kiss me like the first time in our lives. I can see your smile sometimes your melancholy. I still can see you. Sing to me, talk to me, and be in this world for that day when this madness will be just an old post card.
Everything in this life could be destroyed but one thing.
Memories.
Y no la abrió. La sostuvo por unos segundos y pensó otra vez en lo mismo. No había llegado ese día en veinte años. No llegaría en veinte años más. Pasos conocidos le devolvieron la cordura y hurgó entre su ropa interior para envolver otra vez aquel viejo cartón descolorido. Eso era su alma, un viejo cartón pálido sobre el que una vez, una ola vencida, dibujo un amor. Para esta felicidad no necesitó su alma ni sus espíritus ni sus aguaceros de ciudad. Para esta felicidad se compró postales nuevas con claros, y tenues tonos y las despachó cada Junio a volandas sobre el mar.
I will always miss you. How can I still love you?
I cannot sing and talk to you anymore.
I cannot see you I lost your face between my hands. There is not a day in my life without that thought “this is the day when my sadness will be an old post card”.
The wave’s sounds are coming back to me.
Time could destroy many things but one: the first kiss of our life.

No confundamos el olvido. No todo silencio lo define.
June.

(Foto tomada de internet. Costa oeste, Habana)

miércoles, 4 de mayo de 2011

Mayo…


…eran las banderas y tú. La revolución y la paz. La encandilada perfección de los días joviales y la garantía de tu calorcito en las noches. Nunca creí ni en Dios ni en tu muerte. Tú invocabas clandestinamente a tu San Judas, sin preocupación por el destino de tus huesos y yo trotaba en la presencia de mi mundo jubiloso, me columpiaba en mis púberes lunas con la seguridad de tus mayos venideros. Noventa y ocho mayos me hubieran hecho muy feliz. Allí en tu butacón de brocados naranjas celebrando cualquier agasajo: un obsequio, un beso, el “entra y sale” de las vecinas, el teléfono “que no para”, una alegre tertulia con café. Nadie lo olvidaba. Era el día de las marchas, la plaza abarrotada y los discursos que nos llevaron a la paranoia y al desatino. Era la mañana optimista y la tarde de tu celebración. Tú eras la Diosa de Mayo y por eso la alegría tenía casa y amparo.
Hay días infames. Los peores hago lo que cualquiera: preguntarme por qué. ¿Por qué tuvimos que elegir? ¿Por qué la política, la geografía, los absurdos dilemas de los hombres, la antigua obsesión de enfrentar existencias por dominios? ¿Por qué no seguir siendo la puntada indeleble en tu vestido, el lunar en tu vientre, el dolor de tus piernas a mediodía, tus siempre listos aretes de perlas, la razón de tu vida, “tu masita de pollo…que te como...te como…”? ¿Por qué crecer y seguir?
Hay días mejores. No asoma el dolor. Abro los álbumes y puedo verte y hasta sonrío sin que la música me apretuje el corazón como pasa majada. Cuento historias que viviste y otras que inventaste a lo largo de toda la contingencia que fue tu vida. Los ríos que te arrastraron, los barcos que te cargaron, las guerras que encabezaste, los pueblos que gobernaste, sin sacar un pie de tu ruta hogareña ni tu cuerpo cansado de tu butacón de brocado anaranjado. Y siento que aun te acompaño con la suavidad de una tarde fresca en el patio, tumbando tus naranjas agrias para el mojo de la yuca.
Mayo se extenderá para siempre como un puerto de avisos y encantos. Y yo atracaré en su desazón con el gusto inmediato de hallarte. No habrá otros meses como este, no sé qué piensan los demás, no sé si hay un mundo al derecho, al revés o si el proceso natural de la vida…Noventa y ocho mayos hubieran sido lo máximo…y abrazarte, abrazarte, abrazarte…


jueves, 3 de marzo de 2011

Marzo

Para este lado del mundo nos despabila el equinoccio de primavera. Los cambios llegan desesperados y de los viejos fríos y las tardes templadas despojamos las refriegas, los huesos dormidos, las malas ocasiones. Era la época de hacer lucir tus buenas manos para el jardín. Uno de tus lugares elegidos allá en la casa de la calle 15. Pequeño pero dulce. Algunos jardineros duraron años, a otros los mandaste en dos tiros al olvido cuando los mantos y las rosas se estropeaban. En Marzo trasplantabas los helechos, sacabas las macetas de cintas a tomar solecito y al pobre de Picon lo despachabas a la puertecita de hierro a mediodía para que se sacudiera la estación mientras intentaba con sus malos humores comprar golosinas a los vecinos con sus billetes de monopolio.
En Marzo llegó el tesoro más preciado de mi mundo, envuelto en sus líquidos oscuros, gordito como una calabaza y radiante sin apuros. Eras la "Reina del melao" cuando recibiste aquellos bisnietos que llegaron casi a la vez.
Viviste enamorada de sus rostros, sus gorjeos, sus medias palabras, sus fiebres y sus llantos y nada de lo que hacíamos mi hermana y yo te parecía suficientemente bueno. A veces te advertía observándolos mientras dormían y supe que la vida te había procurado todo lo que anhelabas. Marzo ha sido bueno, mami.
En uno de esos Marzos llegué aquí. Aferraditos de las manos, escuchando palabras desconocidas, tiritando de frío en aquel estribo mientras la escalera rodante subía y mi corazón se reventaba de angustia y expectación. La escena hubiera sido toda tu felicidad. Tengamos Marzo así, estrujadito en el alma sin arrimo para otro llanto. En Marzo te volví a ver, la tierrita me regresó a las uñas como sazón a la carne. Y tus ojos, a pesar de que andabas volando como pajarito flaco, se posaron por una vez más en tus otros amores, con la gracia del retorno. Marzo nos envió lo que pudimos gozar por un tiempo o por mucho, nos devolvió algún aguacero de recuerdos, celebramos cumpleaños y nos hizo reír otra vez a todas juntas, acomodadas como la costumbre exigía en los butacones de brocado que adorabas y en la cama de tu cuarto, y allí en el recinto de tu savia: la cocina, mientras nos tomábamos el buchito de café de “por la tarde”.
Fue Marzo la última vez. En Marzo nos volvimos a tener y a despedir, a murmurar los conjuros que como penas podían trastocarse en brisa. Te volví a oler, a tocar los dedos callosos, a sentir los huesos afligidos, y te dejé arropados en el pecho todos los abrazos que pude, y me traje los tuyos apretados y desnudos, tibios y resueltos, como solo tú solías abrazarnos una y otra vez, y otra vez y otra vez…

lunes, 7 de febrero de 2011

Febrero

Todo era diferente en el otro Febrero. No se nos impregnaba la sensación de hastío ni nuestros huesos vivían esta encajada conciencia. En aquel Febrero infantil las tardes eran menos sobrias y me dejabas aquella antigua grabadora Sanyo que papi siempre escondía en el closet, y me escurría hasta el rincón de nuestros avatares donde Picon desdecía traiciones y vociferaba que tenía más hambre que un cangrejo sin playa mientras yo arrebatada de alegría me disponía a escuchar mis favoritos: Sonia Silvestre… “la tarde está llorando y es por ti…”, Silvana Di Lorenzo “…me muero por estar contigo, me muero por volverte a ver…” y luego Nino Bravo… “y busqué entre tus cartas amarillas mil te quieros, mil caricias” y Los Fórmulas “suave que me estas matando, que estas acabando con mi amor”. Y la abuela de W. que me escuchaba desde el piso inferior mientras guindaba largas tendederas bajo techo “por si el sereno dura mucho” exclamaba “esa niña se va volver una vieja escuchando esas cantilenas”.
Este Febrero siempre es anémico y a veces hasta triste. Somos unos deslucidos galeotes que observan como estas infames escarchas me queman los marpacíficos y las palmeras con tan gélidos mimos. Tengo las historias de Febrero que no puedo contar, las que claveteé como lunares putrefactos debajo de mis hebras y las otras que tú siempre adivinaste. Tengo mitades de historias, el regreso de los campos y el cansancio, las mañanas de café con leche hirviendo y aquellos corduroys rosados que se te antojaban abrigos y que se plegaban sin amparo bajo la aguja de la SINGER despintada.
En Febrero te abandoné meciéndote en el sillón de la terraza después de estar a la espera, por minutos eternos, de que me regresaras la mirada. Todos los Febreros me quedé esperándote, pero me quedé esperándote un montón de tiempo y no pude avisarte. Porque ese mismo Febrero el abandono crispó en alegría. Yo no quería declararme este aviso de alboroto tan iracundo y ambiguo. En Febrero la vida finalmente sacudió el encuentro pero te dejé atrás sentada en el sillón de la terraza abanicando la perplejidad del futuro. Todos los Febreros que vinieron ni tú ni yo nos hallábamos. Estos días no ha salido el sol, nada ha sido diferente del gris y la escarcha. Todo lo daría otra vez por detenerme frente a ti mientras te meces en el descascarado sillón de hierro de la terraza pensando quién sabe qué. Pero esta vez no esperaría que me regresaras tu mirada, yo volvería a tu regazo y te daría un abrazo y otro y otro…


jueves, 6 de enero de 2011

Enero...


No estoy triste. Otra vez Enero. Antes albergaba los cumpleaños de M.A. y de J.  y el aniversario de bodas. Hace tres años hospeda tu ausencia. Pero no estoy triste. No lloro doblada sobre mi estómago mientras agarro tu foto como si todas las imágenes del mundo amenazaran con una desbandada. Hoy irrumpió aquella tarde de fresco, tú detenida en el portón de hierro de la escuela con aquella saya de corduroy carmelita, la blusa blanca con cinta de falletina y botones forrados. La locura cruzando la avenida atestada de gente cargando maletas, sospechas y augurios. Subimos aquella loma en segundos sin mirar atrás, sin conversar, sin tregua. A resguardo en casa todos juntos, la expectación del teléfono o alguna señal a la puerta. Con los primeros días de calorcito también brotó la calma. Ya no me llevaría. Y la vida cambió, los eventos de los tiempos nos enmarañarían los ánimos con una mezcla de arrojos de felicidad y arranques de incertidumbre pero estábamos juntas. Se me mezclaron el miedo y la alegria. Contigo estaba a salvo. Todo se revolvió como azúcar prieta en café amargo. Y nos tomamos la tacita de la tarde mientras afuera todo acontecía igual.
Hoy, tres Eneros después de tu partida, tu imagen detenida en aquel portón y tu rostro sacudido emergió como la espumita sacada de la primera colada. No estoy triste. Te llevo un sorbito mañanero, como acostumbrabas, mientras ahogo mi vista en este añejo retazo de daguerrotipo y sueño que te abrazo y te abrazo y te abrazo…