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martes, 1 de noviembre de 2011

La otra. (XVII)

(La segunda etapa)
Después de ella las cosas cambiaron. La casa del río había visto alterada su rutina hacia unos meses atrás cuando a Picon se le retorció la vida en un segundo y su cuerpo lo abandonó sin enmiendas. Hospitales, pérdidas y frustraciones. Al abuelo Picon le agrietaron el cerebro sin vacilación y sin ajuste, y lo dejaron librarse de lo inevitable entre terapias y loqueros, volviendo a casa hecho solo una mitad de hombre. Por esos mismos días su madre la colocó a ella en este mundo con un poco de trabajo y algún padecimiento, el único que le dio en esta vida y del que quizás – a veces ella pensaba con desánimo- nunca se recuperó. La niña llegó envuelta en telas amarillas y encajes blancos como era la ocasión, pelona y rosada, y con la cabeza de pepino, según comentaba el propio padre. Pero con ella, y sin proponérselo, se remolcó el júbilo renunciado en aquel mausoleo de cristales y mármoles, y la niña descubrió para su regocijo y orgullo en la vida, sus más grandiosos e imperecederos amores. Todos ellos, los del piso grande de espejos y los de abajo en la explanada, los niños y los más grandes, los blancos y los prietos, le ofrecieron su caricia amiga, la cercaron en sus brazos, le cantaron los sueños y le dejaron ser feliz, tanto como se podía en esa sui generis estirpe que finalmente fueron: un par de abuelos, una tía y ella.
Es decir, yo, una noche de agosto de 1969.
Y el mundo de África, de Hilda, de la mujer sana y disciplinada, fuerte y segura que había sido, se convirtió en el de la complaciente y cálida abuela entregándome el amparo y la alegría hora tras hora, agazapando los dolores entre platos de papas fritas y costuras impecables, sorteando las gavetas con tristezas y lejanías, echándolas al río con las algas y las brisas, ingeniando leyendas sobre Paquito y la vieja del moño que no se bañaba, regalándonos las fiestas más radiantes y creativas pobladas de payasos y guitarras, palmeándome mi espalda cada noche con un susurro perpetuo de ternura, andando de mi cama a la de Picon en noches de permanente fatiga. Su olor nunca se me escapó ni en los momentos más feroces cuando el fango y el absurdo arrasaban hasta con la memoria.
Yo en los brazos de tia, a la derecha.
Mi abuelo Picon, en su sillon de madera
  En la casa del río comenzó todo, la misma casa donde el agua varias veces nos arrebató los deleites, donde en ocasiones el río nos agobió hasta el impulso, la misma casa donde el amor me dio la enhorabuena, allí gocé sus pasillos y terrazas, sus piedras y olores a humedad, allí nunca poseí la sensación del mundo verdadero, cosas parecidas a esas sacudidas con las que comenzamos a abrirnos paso desde un útero tibio y que solo se truecan en realidades que tocamos o enfrentamos un poquito más tarde…solo un poquito más tarde… 

martes, 7 de junio de 2011

La otra. (XVI)

La partida de Paquito.


Aguador. Antigua Postal cubana.

“La vida es una sola, una sola pa’ las desgracias, una sola pa’ las alegrías y una sola pa’ sacar adelante tu familia, pa’ ver crecer a tus hijos con orgullo, luego te preocupas si es justa o no. A veces no hay tiempo de eso”. Cuando podía escuchar algún bolero que trasmitía la CMQ, solo entonces la vida mudaba de aires para África.
Cuando yo era pequeña y las horas de alimentarme se le hacían una batalla tenaz, me contaba historias de niños flaquitos y desnutridos, de niños que se los llevaba el hombre del saco a su casa para que aprendieran a comer, de niños que se volvían hombres muy lejos de su mirada. Fue su manera de perpetuar a Paquito sin que su conciencia doliera más de lo necesario.
A Paquito se lo llevaron” me dijo el día que finalmente soltó el cuento, cubrió su cara con sus manos agrietadas y valientes y se ahogó en un llanto fatigado sobre la mesa. Lloró tanto que tuvo que escurrir el arroyo de lágrimas que se le venía encima de las piernas con su propio delantal. Estuvo suspirando demasiado tiempo para mi asombro y quedé un día entero vuelta una mudez de espanto. En la noche pegadita a su espalda aún podía sentir su trémulo quejido apagándose. La abracé descubriendo que a ella también le pasaban cosas tristes.
“A Paquito se lo llevaron”. Me contó, estrujando nerviosa sus manos en el delantal ensopado de su propia angustia. Había llegado el Sargento Morales, luciendo su uniforme azul recién planchado y por el que ya ella había recibido sus cincuenta centavos, saludando adecuadamente con su mano muenca… “un muchacho criao en el mismo barrio, yo mismita vi el día que el perro fiero ese de Don Mariano le desgajó los dedos de la mano”… dejando el recado a mi abuelo de que fuera urgente a la estación de la calle Acosta. El dijo que todo estaba bien pero “tenía los ojos viraos pa’bajo como cuando alguien esconde una verda’ ”.
Mi abuelo llegó en la noche con la mala noticia y las piernas engarrotadas de trajinar todo el barrio. Paquito se había escapado de su padre borracho y bandolero hacia varios años. Vivían allá en las vueltas de Pinar del Rio, vino a parar a casa de una tía vieja mas abusadora que el otro, la cual murió recién el apareció. Así se vio en la calle viviendo de la caridad de los portales y haciendo mandados, como el mismito Norberto se lo encontró hacia ya cerca de cuatro años. “Ya lo tienen. Me llamaron pues alguien tenía que firmar papeles. Ya lo montaron en el tren de vuelta pa’ su casa con el padre.”
África se hundió en la poltrona sin anhelo ni nervios. Tanto tiempo llevaba Paquito durmiendo en su regazo, escuchando sus historias, cuidando de los niños a los que, a escondidas, ya llamaba hermanos, haciéndole encomiendas a las prisas y sin resuello y ella sin saber. No solo le arrebataron su muchacho… “ni siquiera pude decirle adiós, prometerle que lo buscaría, que lo traería de vuelta, que lo sacaría de aquel infierno pa’ vivir con nosotros”… “¡Ay viejo por Dios! ¿Qué tú has hecho? ¿Por qué no le rogaste al sargento que nos dejara verlo, decirle adiós…?”. Su angustia fue tan voraz que se le cortó la leche del pecho, se quemó el arroz cada tarde sobre el fogón, y veló revolcada en la butaca por tantas noches que las piernas se le volvieron jamones aquejados. Nunca más se habló de Paquito pero “a ese sargentico con su mano muenca jamás le volví a lavar su desgracia’o uniforme, ni a mirarle su cara de mono.”
Su dolor se desgajó por partes y se repartió en sus días como abono para flores. Despacito y con cautela su herida se volvió una cicatriz acordonada y perla que parió canas tempranas. Cargaba en su alma el espanto de no haber montado lucha por alguien que lo necesitó. No habría clemencia ni alegrías suficientes en este mundo que la dejaran planchar sus bultos de ropa con la paz de la tarde ni escuchar la radio sin confundir todas las voces con la voz del niño.
Dejó que la tristeza le naufragara, le ganara la otra orilla y se convirtiera en una diminuta islita olvidada que se volvió a revelar cuando yo era pequeña y las horas de alimentarme eran una batalla tenaz, y el pobre flacucho de Paquito salía en su ayuda blandiendo la impaciencia de todas los desarraigos y adioses. “La vida es una sola, una sola pa’ las desgracias, una sola pa’ las alegrías y una sola pa’ sacar adelante tu familia, pa’ ver crecer a tus hijos con orgullo, luego te preocupas si es justa o no. A veces no hay tiempo de eso”. Pero sus ojos, que siempre fueron como trocitos de cristales luminosos, se llenaban de una lejana congoja que se derretía en mi frente tomando la forma de su más radiante beso.

Familia cubana. Antigua Postal de Cuba.

Antigua postal de Cuba.
Chiva alimentando bebe.


domingo, 3 de abril de 2011

La otra. (XV)


Francisco Zúñiga “Maternidad”

Su siguiente parto fue una secuencia rápida de planos contiguos. Una toma a cámara fija como solía ser su vida y sus andares. Nada era retorcido, no le recorrían trucos y no había sonidos que improvisarse. Se encaramó encima de la mesa que tantas veces destinaron las mujeres de la familia para estos términos, se empinó sin ayuda ni embrollos, colocó toallas y paños, dio las órdenes necesarias para entibiar el agua y poner a la candela los tilos que dominan el cansancio. África presagiaba que este paritorio duraría menos, sentía que algo punzante y despepitado estaba a punto de saltársele. Paquito salió desencajando sus piernitas flacas y soltando el resuello en busca de la comadrona Guillermina quien mandó de vuelta a la mulata Juliana Pita, que era su ayudante y recibidora pues ella se encontraba bien ocupadita atendiendo parto de mellizos. Juliana puso su banquito delante de la mesa y comenzó su ritual indiviso mientras explayaba las piernas de África desprendiendo un grito: “¡Este ya se está saliendo!” No tuvo tiempo de curiosear debajo de la sábana o de agarrar un recipiente, ni siquiera alcanzó a desinfectarse las manos. Una cabeza oscura cubierta de líquidos sanguinolentos y desgarros teñidos se asomó desahogadamente y sin esperar señal alguna, se retortijaba en las manos de la pobre mulata que requirió ayuda para sostenerlo mientras escindía el cordón y hacia labores de higiene a la par que mascullaba una jaculatoria inentendible. El chiquillo, porque fue varón, prorrumpió disparado como flecha, a la recia África solo le supuso un empujón y un gemido no obstante pesar ocho libras, y según el decir flamante de la añeja Caridad “tenía mas pelo que el perro del valenciano farmacéutico”.
Con solo tres horas de parida y sin medicación, agarró a sus dos muchachos, la Gabriela en un grito enloquecido, los bultos, los paños tibios que las primas habían dispuesto, la cantina de tilo verdecito y fresco y a Paquito que brincaba de puro regocijo y repetía toda la lista de encargos. Arrancó para su casita frente al parque mientras Norberto los seguía, arrastrando gozoso y radiante el moisés recién compuesto y combinado de azules que finalizó Cándida mientras acontecía el paritorio.
África nombró el varoncito como el Capitán. Así salía temprano del asunto de los nombres, complacía al veterano luchador y consentía al sensible de Norberto que, como con el primer embarazo, les explicaba a todos que este sí seria varón según todas las cruces de las parteras experimentadas. Cargaba el moisés optimista y en su cabeza imaginaba qué puertas tocaría en busca de un tercer trabajo. 
Antonio Guijarro
Si, se llamó como el Capitán del cual heredaron el apellido y la estirpe de nadie conocida, pero por desgracia nunca le tocó ni los talones. África lo enrolló en su regazo con el mismo apego que le sobraba para todos, y la pequeña le veló y le dedicó sus mejores índoles al hermanito chico, y su padre le reveló el ejemplo del trabajo, la honradez, y la humildad. La vida provee, la gente decide. Y así me contaba ella que había nacido mi padre, de “un solo resbalón que no paró hasta el portón de entrada, se le fue de las manos a la pobre Juliana” así decía… “así apurado como lo ves, resbaladizo y atropellado, sin armonía ni palabras, nunca lloró, las nalgas se las dejaron moradas pero no lloró, se removía como una culebrita haciendo hipados con su nariz…”. Nunca habló mucho sobre estos días. Solo cuando notaba mis miradas remisas, inquietas, de adivinadora de aquella intrínseca trabazón donde a veces me malgastaba. Ella misma socorría, con ojos tiernos y su abrazo de protectora preciosa, cada una de sus idas y vueltas, de sus asomos importunos, de sus sentires anómalos e hirientes. Varias veces y durante muchos años me exhortó a que lo absolviera, a que le contara a mi corazoncito las razones del desmedro: “Entiéndelo mija, es que él nunca maduró, pasó de verde pa’ podri’o”. “Te lo digo yo, mija, yo que lo parí”.

lunes, 31 de enero de 2011

La otra. (XIV)

Su cuerpo le dispuso señales y decretos. Una tarde, atravesando el pradito de regreso a casa con sus morrales de sábanas, una punzada en el estómago la sobrecogió y sin tiempo de reaccionar ya estaba desaguando su pena. Una de las habituales inquilinas del parque partió en su ayuda y la acompañó hasta el portal cargando sus bártulos y ofreciéndole un pañuelo. “Cuídate mijita que si no te sentó mal la comida ya estas lista pa’ la fiesta, oye y esta parece hembra que mira como tienes esa cintura ya”. Hacía tres meses que no “se ponía mala” y sus párpados en las mañanas eran como envolturas caladas imposibles de zarandear. Últimamente se inquietaba con frecuencia. Le dio las gracias a la vecina, cerró la puerta, tiró los bultos en el sillón y se fue directico al lavadero del pasillo, se arrojó bastante agua en la cara y el cuello y se lavó la boca que aún le sabía a almagre.
Dos días después toda la familia se reunía en la casona de la calle Concepción a celebrar el acontecimiento. La añeja Caridad inauguró la cena mostrando los iniciales rectángulos de algodón ya dispuestos para la confección de los primeros pañalitos. Y el tío Julián brindó con su cerveza rancia prometiendo comenzar la fabricación de la cuna. Al final del festín la tía Aguedita trajo sus tijeras más preciadas, las de plata con manijas largas de nácar, pieza de lujo que heredó de su abuela, y la prima Delia agarró el cuchillo más pequeño, el que se usaba para el corte de los puerros y el ají cachucha. Con estos aparejos dejarían al azar la revelación del género de la criatura. Después de colocar cada uno en dos de los sillones del salón, le dieron varias vueltas a la niña África, la colocaron de espaldas, y la guiaron hasta los balancines. Ella dejó caer sus amplias grupas sobre la tijera de nácar. La vieja Caridad se persignó y todos ovacionaron. Otra mujer más para la larga familia de lavanderas y costureras. Norberto abrazó a su mujer y sin importarle incluso el augurio de la comadrona invitada que ya le había manipulado su cintura varias veces, sobado su vientre y medido sus caderas anunciando “¡hembra!”, le susurró con agrado al oído “no les creas, que ahí viene un macho”.
Durante varios meses el cansancio se redimió, y sus fuerzas se triplicaron. Una sacudida regocijante se apoderó de su existencia. Su rostro se volvió júbilo perenne y sus caderas cantaban su bienestar mientras recorría cada calle del barrio con sus talegos y sus cestos de mimbres llenos de encajes recién planchados. Su esposo le contrató un muchachito honrado al que le pagaba unos centavos al día por cargarle los bultos más pesados. Paquito se convirtió en su guardián y celoso ayudante a partir de entonces y hasta el día que se lo llevaron aquellos oficiales brutos. Aquel pequeño amó a esa mujer como a la madre que siempre deseó tener desde sus peores días de supervivencia famélica. África le ofreció lo único que podía, una colchoneta limpia en un rincón de la pequeña cocina comedor y los brazos de su familia como cobija y arrimo.
El mismo Paquito fue quien avisó a los tíos, las primas, a la vieja Caridad a quien ya le pesaban los pies como piedras secas de río, y sorteando los callejones en medio de una lluvia intensa dio voces a la comadrona Guillermina Miranda desde la acera hasta que abrió su ventana y le respondió “¡que pongan a hervir el agua que ya voy pa’lla!”. Norberto se la llevó caminando lánguidamente hasta la casona donde ya la esperaba la mesa de la cocina lista. La comadrona Guillermina llegó al instante y cuando dejó dispuesto sobre la mesita que le trajeron del cuarto toda su indumentaria: pinzas, tijeras, un pomito de yodo, ligaduras y sus paños verdes, se colocó sus guantes y le tomó la mano con cariño: “No te preocupes mija, que yo te voy a ayudar y tú eres una mujer fuerte. Haz lo que yo te diga y vas a acabar rapidito”. Diagnosticó un parto arduo por el tamaño de la criatura, pero venía de cabeza y eso era bueno. Le lavaron bien sus partes y le desinfectaron con paños con yodo. Esa tarde calurosa de Junio, mientras los hombres esperaban en la sala, la pobre de África gimió, rechinó, perdió el conocimiento, se recuperó, mordió la toalla que le ofrecieron para aminorar el pánico, se aferró con todas sus fuerzas a los bordes de la mesa a tono con las órdenes de la comadrona ¡puja y respira! Caridad oraba el rosario, le pedía a San Judas y les reclamaba a los caracoles mientras fumaba tabaco a escupitajos cortos, todo al mismo tiempo con tanta angustia por su niña que el corazón ya le latía demasiado lento. Las otras mujeres no daban a basto en el ajetreo de las palanganas con paños tibios, agua hervida, enjuagues, y lloros. Cuando su piel se rompió y sintió el sonido del desgarro en un impulso doloroso que la dejó trepidando, asomó una cabecita redonda y rosada, luego todo el cuerpecito tibio y salpicado de una niña grande de casi diez libras que al instante berreó y a la que no pudo apenas ver pues cayó en un sopor fulminante que la dejó sin visión por algunas horas.
La llamó Gabriela y durante cinco días con sus noches la chiquilla lloró y lloró sin consuelo, sin importarle la herida amoratada y aun abierta de su madre, anunciando ya su persistencia en la demanda y la querella. Nadie durmió ni logró apaciguar sus gimoteos. África no se cansó de abrazarla y acunarla hasta que la pequeña se acalló consiguiendo de su pecho la entrega que siempre le procuraría. A sus pies, Paquito por fin reposó, desgajando la preocupación y feliz de su nueva suerte.

viernes, 14 de enero de 2011

La otra. (XIII)

Hilda significa batalla. La heroína, la mujer que domina con bondad y justicia. La que siempre será fiel. Y ella hizo honor a este nombre sin siquiera saber cómo se le engalanó. Presta a resolver los problemas de otros, a dar. Mi abuelo la llamo así y jamás supimos por qué.
Solo algo  sorprendió de su asombrosa naturaleza y tampoco le preocupó alguna vez. Hacer el amor, o como sea que le llamaran algunos, no era lo suyo. Cuando se instaló en la casita fresca de portal y barandas frente al parque se embebió en sus quehaceres, mudanzas y misterios y demoró cinco días en ponerse su ropón rosa y embutirse a la misma cama del marido. Y no lo hizo sin que su cuerpo trepidara y los escalofríos le recorrieran el cuello y la espalda dejándola casi inerte, con un ahogo tan profundo que le arrinconaba. Aquél hombre de rostro sosegado y de bondad perenne metido entre sus sabanas se convirtió súbitamente en el talante intruso del demonio. Y nada que ella hiciera, cerrar sus ojos, cubrir su pecho, vapulear, apretar sus piernas y rezar por un desmayo le sacó aquel fantasma del dormitorio. El la dejó, notó su estremecimiento y su súplica, y le dijo que no había prisas, que se podía esperar. Y la abrazó, y la envolvió en colchas y cojines para que se calentara y se fue al portal donde encendió su tabaco pulsando ya para siempre su costumbre de murciélago.
La tía Aguedita corrió en su ayuda la próxima mañana y ella, las primas y la tortuga viviente de Caridad se sentaron en el patio trasero a preparar el corte para que “la niña África tenga su camisón de santidad” o chemise a trou como se le conocía desde el inicio de sus usos en épocas bien distantes, pero que en la isla algunas mujeres demasiado recatadas o temerosas seguían empleándolo en la privacidad de su hogar y a conocimiento único de las lavanderas y costureras como estas mujeres que haciendo halago de sus reservas cosieron, adornaron, enlazaron, almidonaron, y plancharon en un solo día sin decir palabra. En la tarde el camisón estaba listo para entrega. África lo desembaló con manos trémulas y lo estiró encima de la sobrecama turquesa. Quedó complacida, un largo camisón blanco de algodón que denotaba moralidad e higiene, cosido con doble puntada fina y adornado con encajes en el cuello y el dobladillo. El canalillo, abertura que sería de dominio de su marido, se enlazaba con unas cintas de azul claro y pespuntes que se alargaban por todo el frente del vestido y parecía un adorno natural del corte. Abrazó la pieza y sintió alivio. Esa noche podría hacer feliz a mi abuelo.
Preparó una cena de reyes. Asó un boliche a fuego lento, rociado de comino, orégano y naranjas. Lo salpicó con un poco de nuez moscada cuando casi estaba listo y lo sirvió en la fuente de porcelana inglesa, regalo de bodas la esposa del farmacéutico, acompañado con arroz blanco cocido en caldo de jamón. Rebanó tomates y rizó lechugas. Encendió la lámpara en la habitación principal que hacia veces de sala, comedor y costurero. Y con cautela para no espantar el olor de las especies se fue al cuarto y esparció colonia de rosas en los cojines y almohadas.
Esa noche, cuando acabó lo que su cuerpo ninguna vez nombró y que para su asombro nunca fue tan pavoroso, se arrugó en su lado de la cama como un ovillo sin fuente, frío e inútil, cerró sus ojos y viajó, con la melancolía de su alma hurtada, a las calles viejas de su Cárdenas de la mano su abuela mientras cantaba con sus primas los pregones del chino manisero y se desternillaban de la risa con la soltura de la inocencia. No quería remachar en su cabeza cada “por qué” que la razón le masculló a lo largo de estos años. Respiró enérgica, se volvió a acomodar retorcida sobre su vientre agotado y resolvió dejarle las respuestas al azar, a la existencia, a un Dios cualquiera.

Nota: El texto anterior es el siguiente a este.
“… El catorce de Julio de 1937, un día antes de que los japoneses atacaran el puente de Marco Polo e invadieran China y los franceses celebraran una vez más su fiesta de independencia con fuegos artificiales iluminando La Bastilla y mientras en Broadway la tristeza por la muerte del gran músico George Gershwin embargaba muchos corazones, África y Norberto se casaron. Ella me contó que tenía tanto miedo de irse a la casita nueva esa misma noche y de estar a solas con él que le pidió tres días para acomodarse y mudar su indumentaria y los regalos de boda, pues así, ya casada podía preguntarle a su tía que debía hacer. Siempre fue alegre, pero recatada. Conversadora pero reservada. Segura de sí misma, pero atenta al consejo. Eso sí, novelera, novelera….repartía la vida con todos sus cinco sentidos. Ella que tenía sus dicharachos para todo, de esta vieja historia siempre dijo: “Nunca se pierde, siempre se aprende”. Desde entonces él la llamó Hilda.”

viernes, 22 de octubre de 2010

La otra (XII)

El retorno del Capitán T.

Iba a ser un día feliz. El había tenido muchos. Casi todos relacionados con su profesión porque en su vida privada lo único que lo hizo feliz por algún tiempo fueron aquellos encuentros subrepticios y apasionados con Elisa, hembra misteriosa de encanto velado y cuerpo soberbio. Su vida por aquel entonces era solo eso: surcar el cielo cada semana sujetando el sueño que lo cautivó desde niño, trabajar por el bien de su Patria y buscar a Elisa en la tierra siempre que los cambios de humor de ella se lo permitieran. La señora, madre soltera, tenía talante e imperio.
La vida le condujo por excelentes derroteros, realizó misiones importantes, la más difícil de ellas fue cuando, con la certeza de que se abrazaba a su deber de lealtad a la Patria, tuvo que pedirle al Presidente de la República, el mismo hombre que años atrás le encomendara la reorganización del Cuerpo de Aviación del Ejército, que dimitiera de su cargo, que abandonara el poder bajo amenaza de usar ese mismo cuerpo militar en su contra. Realizó vuelos de buena voluntad por toda Centroamérica en su Vought Corsair, fue un orgulloso profesor y ejecutivo de la Escuela de Aviación por muchos cursos, vivió años en el exilio, fue fundador de la Organización de Aviación Civil Internacional, y buscó a Elisa siempre que ella se dejaba encontrar. Terminó con el nudo de su vieja corbata de Fin de Siglo, cerró sus ojos para abandonar con paciencia los recuerdos antes de salir, se miró de soslayo en el espejo de la vieja cómoda que seguía arrinconada en el pasillo, agarró la chaqueta y salió apresurado. A veces se sentía cansado pero aun tenía cosas pendientes. Cuando estuvo frente al abogado, firmó con orgullo los documentos y abrazó a su hijo que ahora ya no solo lo era por afecto sino también por título. Desde entonces todos heredamos el apellido T.  
Durante muchos años miraba mi anillo con aquella extraña inicial R que a nada me sonaba. Lo toco y siento la afección que mami se merecía. Se casó con un hombre que le amaba con devoción y que le entregó lo que más anhelaba: un hogar. Su familia era su privilegio y su guía. Y un día él llega contándole esta historia rara y loca del amor desvariado de su madre con el Capitán que apenas nadie conocía y su deseo de adoptarlo como hijo verdadero antes de morir. “¡A estas alturas y con los muchachos crecidos!” Pero como siempre, lo complació a pesar de todos los zapatos que rompió andando la ciudad cambiando miles de papeles. Y desde entonces a todos nos tocó el apellido del Capitán. A mami las historias más inusitadas, maravillosas y entonadas o le pertenecían o le llegaban como agasajos en días de fiestas. Nada le faltó en su memorable travesía por este mundo.

lunes, 4 de octubre de 2010

La otra (XI).

Para Picon.

…porque nunca dejaremos de ser nuestras casas…

Desde los grandes ventanales de la terraza podíamos ver, los días de mucha lluvia, las aguas del río tragarse los guijarros, las dos orillas y la escalinata de piedra. Yo vigilaba espantada los tragantes de los baños y el vertedero de la cocina temiendo que aquella agua verde y pestilente se colara en cualquier momento. Cuando escampaba no se podían abrir las ventanas ni los tragaluces hasta el próximo día para evitar que el hedor nos engullera. El sol escurría los cristales y esos momentos los disfrutabas como nadie desde tu “maldita silla”. Me gustaba contemplarte desde la sala grande mientras organizaba mis muñecas para jugar a “la escuelita”. Podía ver tu cabeza redonda con sus rastros de pelo canoso, soportada por tus hombros anchos y el pedazo de tu espalda siempre a rayas que se perdía en el respaldo de tu sillón de ruedas para luego encontrar unas piernas sin vida, habituadas al hierro y al cuero, penando en los descansos metálicos de apoyo. Yo jugaba a mirar con el rabillo del ojo calculando el tiempo que permanecías inmóvil. La terraza extensa y redondeada abarcaba todo el fondo de la casa o como le llamaban en aquel entonces de la propiedad horizontal. Era un edificio de tres pisos y una casa en cada piso, nosotros estábamos en el primero encima de los garajes que eran una especie de sótano y donde vivía, en un cuartucho viciado y sombrío, el viejo Elizardo, añejo “encargado” de la propiedad y esencia de las bromas más horribles. Luego teníamos la gran explanada que finalizaba en el lateral derecho con las cuarterías que en un tiempo habrían sido de los empelados y que ahora ocupaba la familia de la abuela Evelia. Por la estrecha escalera que nos comunicaba al sótano y a las cuarterías yo desaparecía corriendo cada vez que tenía permiso para jugar con los muchachos de Evelia, mis únicos amigos durante todos los años de vida en la casa del río. Ya ninguno de nosotros vive allí, ya ninguno de nosotros vive en nuestra tierra, ya alguno de nosotros no vive.

Las casas son como los libros viejos que vivifican las memorias y las presencias en medio de las tormentas más rancias. Garabateo nombres en el aire que se clavan en todos los rincones, que se arrullan como manchas igual que la lama en los inmensos cantos de vetustas catedrales, tarareo lánguidamente trocitos de canciones con el mismo impalpable gesto con que las palabras se acunan en las páginas más desusadas y virtuosas. Llevo mis casas conmigo, las armo, desarmo, las alimento, las reparo y las defiendo, como hacen los caracoles con sus carapachos anillados mientras la vida les alcanza. Y con ellas te transporto a ti, a mi tacita de aro plateado y monito rojo, a Juan Antonio, a Chari, a todos los antiguos “long play’s” de boleros y zarzuelas y a Mami. Su delantal sigue siendo la bandera en los portones de nuestro castillo y sus brazos abiertos la inauguración del libro que le agasajo cuando mi pupila hechicera cree haberla descubierto.

“Las casas”

Las casas se pusieron inhóspitas
y tuvimos que abandonarlas a su suerte.
Primero fue la casa de los patios
donde la infancia ponía expectativa en ciertas plantas
que todavía ofrecían protección.
y en una muy querida forma de llamarnos a la mesa.
en otra casa las chirimoyas ordenaban una majestad
y el juego de los hermanos se escuchaba
como una premonición que sería demasiado dolorosa
si alguien insistiera ahora en recordar.
Después fue la casa donde la humedad del río
se nos pegaba al cuerpo como la piernas
de una mujer que nos enloquecía,
y hasta la sombra crujía de deseo, y una lengua
nos buscaba la lengua
con la voluntad desesperada.
Y las otras casas, con amigos hasta el amanecer,
con hijos, con poemas,
con pequeños olvidos (apenas distracciones
que sin embargo después venían a buscarnos desmesuradamente)
De todas las casas nos hemos ido.
y cuando creíamos que ya nada quedaba de ellas
apareció una hoja en el suelo, un grito subrepticio
en un cajón, el cuaderno de la escuela
con los cuidados de la madre, un botón, el canto del gallo.
Qué hacer entonces,
si no queremos coleccionar fracasos
ni objetos distraídos que se olvidaron de morir,
sino juntar los pedazos que sobreviven dolorosamente
y dejarlos caer por la ventana de este cuarto piso
como quien tira una corona de novia al mar,
como un globo lamentable que aligera su carga.
Restos queridos a los que decimos adiós con memoria trastornada.

SANTIAGO SYLVESTER (Argentina, 1942-)

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La otra (X). Una carta sobre las aguas del río.

“Cada vez que tienes la oportunidad de hacer alguna diferencia en este mundo y no lo haces, entonces estás malgastando tu tiempo en la Tierra”. Roberto Clemente.

Siempre le llamé Picon. Dice mi tía que porque los escuchaba decir a ellos Pipo.

Yo te conocí así, hemipléjico y temerario, increpándole al mundo tu molestia y tu inconformidad. Por esa vez nada podías lograr con tus ideales, no te harían regresar a una vida normal, no te harían volver a caminar. Así que todos, menos yo, pagaron las culpas y sintieron el peso de tu voz y tu tormento caer sobre sus cabezas como martillazos imparables. Tu travesía por esta vida fue corta pero firme. Eras noble y vehemente, te casaste con la mujer que amabas, fundaste tu familia y guerreaste preservando los ideales por los que creíste que el mundo sería un poco mejor. Los mismos ideales que con cincuenta y cinco años te abandonaron derribado en un monte, luego en una camilla en un salón de operaciones, en hospitales tratando de rehabilitarte y finalmente en una pequeña cama en el cuarto de criados jugando a la magia con tu nieta. Guerreamos juntos por doce años más, procurándonos, el uno al otro, horas de esparcimiento mientras mami deambulaba en la cocina, disponía comidas, lavaba la ropa de todos y atendía a cuanto vecino llegaba. Nuestro mundo se llenó de libros, monedas conseguidas de las orejas, juegos de cartas, frases comunistas y algunas historias mal contadas. Escasas visitas, dolores raídos en tu alma, acumulados como trapos viejos, húmedos y fétidos. Los peores días emergía una espuma blanquecina por tu boca mientras yo corría desesperada a la casa de abajo donde ya me esperaba resguardo. La rutina emergía cada mañana porque la rutina, como tu decías era la que hacia la vida de un hombre. Las cuentas, el trabajo, la entrega. “...Llevé el cine a lugares donde nadie ni sabía que existía, luché y aguanté cárcel por esta Revolución, me fui al despacho cada día para trabajar para... sin importarme noches, ni domingos, ni nada, cuidé de todos los presos allá en La Cabaña sin maltratar a nadie, ayudé a sus familias, y me fui allí a buscar lo que ... quería, y mira tú…ahora quién se acuerda de nada de eso, hecho una mierda yo aquí tirado…Hilda, Hiiildaaa…si agarro la pistola chica te juro que me mato...” Nunca te vi sonreír.
Mami te alimentaba cucharada por cucharada, te arrastraba con todos aquellos hierros en tus piernas hasta tu silla de ruedas, reía contándote historias, montando una conversación trivial para sacarte la ganas de vivir y tú no te inmutabas, desparramabas tus amarguras con todas tus fuerzas y la dejabas exhausta. Pero como nada la vencía se sentaba en el sillón de madera a tu lado de la cama, me cargaba y yo me dormía en sus brazos escuchando los murmullos de tus pendencias y el susurro de su tarareo sintiendo que estaba protegida. Mis dos guerreros blindados a mí alrededor, con sus panoplias y escudos cuidando el sueño de la amada. Cuando te fuiste la rabia me dejó magulladuras. No te vi y no verte fue una angustia penetrante. Pero te escribí cartas, muchas, como esta, que nunca leíste, pero que de vez en cuando me renovaron el sabor de una tarde contigo en medio del ruido de la lluvia haciendo huequitos en las aguas del río, ¿te acuerdas?














(Fotos del  Río Almendares, La Habana, tomadas de internet)

jueves, 5 de agosto de 2010

La otra (IX)

“Nada, que las cosas así pasaron y así tenían que pasar”. Eso decía ella cuando recordaba aquel primer amor que se fue como llegó, como una nubecita de polvo sacudida. Nunca más supo del artista ni de su madre chiflada, ni sus tíos y primas se atrevieron a contarle que tenían guardados restos de aquella pintura que África creía había marcado la anuencia del olvido. Los días volvieron a ser lo mismo que antes, largas peregrinaciones de casa en casa, bultos de ropa sucia, fardos de almidón, prendas limpias con olor a blanco de madrigal y canturreos de brisa mañanera para aliviar las caminatas y las piernas hinchadas.

En una de las tardes de paseo por el parque conoció a mi abuelo. Poco caso le hizo pues parecía tímido y callado y ya había tenido bastante con un caballero flojo. Vivía también con su madre y trabajaba en la naciente industria del cine lo que significaba que se ausentaba de casa en las noches. Se lo dijo a su prima Delia “no, ese tampoco es para mí”. Pero Norberto encontró espacio, valor, y paciencia para galantearla y resquebrajar ese fingido desinterés por la pasión. Le envió esquelas a través de sus primas y flores con regalos delicados con la vieja Caridad que desde el primer momento miró con buenos ojos al joven “con cara de actor”. Mostraba una cara ovalada preciosa, su mentón pactaba afinadamente con sus labios delineados, delicados, y su nariz agraciada le procuraba un aire de herencia exótica. Sus ojos eran oscuros adornando su tez blanca y un cabello castaño confuso y siempre bien arreglado. Su sonrisa era la armonía perfecta en aquel bello rostro de varón. África quería desatar la guerra in situs, llevarse por delante la expectación, el aborrecimiento, las conformidades, las quimeras, todo lo que luego pudiera absorber otra vez su alegría y mudarla en rencor. Ella no sabía vivir así. Su espíritu franco, su felicidad generosa no se le podía arrebatar a pedazos y a empujones. Norberto batalló esa guerra como una insuperable esperanza de vida. Le prometió de rodillas, cursi y desesperado amarla por siempre y hacerla feliz, le prometió que su sonrisa jamás se borraría de su rostro y le entregó la llave de una casita fresca, con portal, ventanas y barandas, frente al mismo parque donde durante tantos meses él le alabó su vital existencia.

El catorce de Julio de 1937, un día antes de que los japoneses atacaran el puente de Marco Polo e invadieran China y los franceses celebraran una vez más su fiesta de independencia con fuegos artificiales iluminando La Bastilla y mientras en Broadway la tristeza por la muerte del gran músico George Gershwin embargaba muchos corazones, África y Norberto se casaron. Ella me contó que tenía tanto miedo de irse a la casita nueva esa misma noche y de estar a solas con él que le pidió tres días para acomodarse y mudar su indumentaria y los regalos de boda, pues así, ya casada podía preguntarle a su tía que debía hacer. Siempre fue alegre, pero recatada. Conversadora pero reservada. Segura de sí misma, pero atenta al consejo. Eso sí, novelera, novelera….repartía la vida con todos sus cinco sentidos. Ella que tenía sus dicharachos para todo, de esta vieja historia siempre dijo: “Nunca se pierde, siempre se aprende”. Desde entonces él la llamó Hilda.

Vista del Barrio Lawton, Municipio 10 de Octubre, La Habana, Cuba. Foto tomada de Grupo Barriadas de Lawton y Luyano, Facebook.

miércoles, 19 de mayo de 2010

La otra (VIII)

Ella me decía que se había enamorado de un hombre de hálito colmado pero de reflexión débil. Cuando la aldaba sonaba a las seis de la tarde haciendo resonar la lámpara del portal, los más inesperados deseos aleteaban en su cuerpo. Corría a retocarse los labios con un poco de crema rosada, y se persignaba delante del espejo. Llevaba meses esperando por una declaración, por una frase comprometida, por unas palabras acerca del futuro. Lo amaba, e irse de casa de los tíos y crear su propio hogar era una quimera añorada, una conquista más que merecida. Pero cada día era lo mismo. La vieja Caridad dormitaba en el sillón de madera y rejilla abanicándose casi los pies mientras ellos hablaban de lo que habían hecho durante el día y él le contaba sobre el precio de las pinturas, los lienzos y las tablas, y los esfuerzos de su madrecita. Ella lo miraba un poco paralizada, pero como su espíritu siempre fue anticipado y jamás necesitó de nadie para tropezarse con las respuestas en la vida, le lanzó en su rostro pálido y aguzado la propuesta delirante: "¿Carlos, te quieres casar conmigo?" Caridad cayó de boca contra el piso, soltando el abanico por el aire, Carlos intentó salir en su ayuda pero África agarró su mano con su fuerza de tormenta en reposo y le miró al rostro firme y segura inquiriéndole por segunda vez: "¿Quieres o no?" Caridad se levantó torpe y exprimida y todavía sin tiempo de decir nada escuchó al joven decir: “Claro que quiero, pero tengo que…” África plantó sus labios sin apuro en los labios de él y unos segundos después con aquel rostro desencajado entre sus manos le dijo: “…Pero nada, esta misma noche habla con tu madre para que vengan a pedir mi mano y fijar la fecha de la boda. No te preocupes, yo soy la mujer que tú necesitas”. La vieja Caridad no pudo pegar ojo esa noche, pero no dijo “ni esta bocas es mía”, había escuchado ya algunos maliciosos rumores por la calle. Cinco días pasaron sin noticias, sin movimientos exangües de la aldaba, ni esquelas, ni flores, ni encuentros en los alrededores del parque Butari. Una tarde de sol explosivo se puso su mejor vestido y dando el pecho a las órdenes, súplicas y advertencias de todos en la casa, se encaminó con su paso de trueno y sus caderas engrifadas loma arriba por toda la avenida, se detuvo frente a su puerta y emplazó su carácter con la compostura que sus nervios le depusieron. Una señora con rostro de desazón y recelo, ojos hundidos y rizos sueltos sobre los hombros le abrió la puerta y sin admitirle ni el respiro, le habló: “¡Lárgate y no regreses, déjalo en paz, lavandera puta, él es un artista con futuro, ni él va más a tu casa, ni tú lo buscas más! ¡Lárgate!”

Ella me lo contó: “espíritu colmado pero con sustancia de gallina”. No me dio mas detalles. No supe cómo se recuperó de un dolor tan enorme, ni cuánto lloró, ni si volvió a verlo. Hizo pedazos el retrato en óleo que le regaló una de aquellas tardes de punta en blanco. “Esa no era yo, esa era la que él veía”. Lo tiró a los pocos días frente a la puerta de su casa, hecho trizas y aguijoneado, apilado con cartas, esquelas y flores secas. La rabia solo se reta con el padecimiento mudo. Nadie volvió a hablar de él, lo borraron hasta de los silencios de la siesta al mediodía. África era la heredad del ímpetu, coexistía con los colores de la fuerza y gozaba la virtud de abatir los dolores de un solo manotazo sin que la sonrisa se convirtiera en mueca. Acarreaba la alegría como alfiler clavado en su piel. No había manera de desasirle el amor por la vida y retoñar como pimpollo. Dobló sus dolores en el primer cajón que atinó en aquellos días de tribulación y lo olvidó el próximo segundo para no encontrarlos jamás.

("Retrato". Autor: Luis Martinez Pedro. Cubano. Museo Nacional Bellas Artes, Cuba)

miércoles, 7 de abril de 2010

La otra (VII)

Lo vio por primera vez una mañana de airecito frío cuando regresaba a casa. Llevaba varios bultos en los brazos y justo cuando doblaba la esquina creyó desfallecer entre el agotador peso y el sobresalto del encontronazo con aquel rostro pálido dominado por unos grandes ojos azules como dos almendras confiadas. Había recogido la ropa de cama en la casa de Silverio Cabrera, uno de los hombres más influyentes del barrio, tenedor de libros de varios negocios, cobrador temible y dueño del bar más concurrido en las tardes de billares. El bar “La Primera” lo manejaba con destreza su cuñado Evaristo, el hermano de su mujer, y el que le merecía toda su confianza. La señora Cabrera le había entregado la ropa bien plegada y envuelta en el papel de estraza desechado por su marido y le había repetido la perorata de siempre que ahora le zumbaba en su mente como mosquito en desespero. Cambiaba la ropa de cama cada tres días y África debía estar allí a las siete de la mañana en punto para llevársela con todo cuidado a su tía Aguedita, única persona que la señora Cabrera permitía que lavara sus lienzos, fundas, edredones, sábanas y forros de cojines. Recomendaba especialmente que fueran enjabonados en palangana blanca, con jabón de añil y si era posible con jabón de coco que aunque era más aceitoso blanqueaba mejor y dejaba un olor más natural además le gustaba que se lavara y revisara pieza por pieza, tomando extremo cuidado de los encajes y gasas, y orientaba que fueran enjuagados en una cubeta que solo se usaba para la lencería de esa familia, luego eran rociados con agua de rosas y solo podían ser colgados en las tendederas a partir de las diez de la mañana y recogidos antes de las cuatro de la tarde, para evitar que el humo de fogones encendidos y la leña en los patios de las casas del barrio les impregnara olores fastidiosos. África entró por la puerta del pasillo lateral que daba directamente al patio donde ya su tía y sus primas montaban y desmontaban palanganas y cubetas, enjuagaban las tablas de lavar y los rodillos y subían y bajaban estacas sosteniendo las tendederas, las líneas más cercanas a los muros con toda la ropa oscura y de hombre siguiéndole las enaguas, faldones y atuendos de diario de mujer y por último los manteles de lino y la tela bordada de la costurera. En el cuartico contiguo de la cocina Caridad tenía desplegada toda su montaña blanca lista para el almidón y la plancha.

No supo lo que habló, lo que hizo, o lo que le dijeron los demás en todo su atareado día. Una sonrisa indeleble se alojó en su boca, caminaba en puntas, abrazó a la vieja Caridad como tres o cuatros veces mientras rociaba agua en el pote de fécula aromática y dejó sobre la mesa el plato de arroz y quimbombó sin ni siquiera tocarlo. No supo a qué hora recogió las tendederas ni dobló la ropa o fregó la loza, no respondió a nadie una palabra cuando todos le preguntaban “y a ti que bicho te picó”. La noche no le facturó cansancio pero le inundó su pecho con aquel rostro pálido dueño de unos diáfanos cristales azules. Días después supo que era un joven artista llegado al barrio, con su madre enferma, y que trabajaba en la zapatería “La Nueva Concepción” dos calles más abajo. Vivían subiendo la lomita de la Avenida Porvenir en dirección a la calle Acosta y no pudo dejar de pensar en el próximo encuentro. La ropa de cama de la señora Cabrera llegaba cada tres días a las manos de la tía Aguedita echa un fajo trabado y revuelto, o la tía la encontraba tirada en cualquier mueble de la sala. Caridad ya no sabía que cocinar y ofrecerle a la niña África para que abriera la boca y tragara bocado. Llamaron a la comadrona pues los servicios del médico eran muy caros, y esta le mando una infusión de tilo pues notó su corazón trotando como caballo desbocado. En la puerta de la casa le dijo a la familia que esa tarde ella misma se ocuparía de una diligencia que devolvería “la niña al rancho”.
Cerca de las seis y treinta de la tarde tocaron la puerta con varios aldabonazos más ligeros que un hipo. Caridad escuchó algo al salir del primer cuarto donde había dejado ya la vela y el agua. Se quedó de una pieza al ver a aquel joven, alto como una vara, blanco como papel y tan exangüe y ligero con esos “ojos de aceite” y un ramo de rosas en la mano. Esa tarde sus tíos consintieron el inicio de las visitas apropiadas. A pesar de que África “se tomó su jugo de pera completico sin dejar gota” a Caridad la cosa no le vino muy bien. Le tocaba hacer de chaperona dos veces a la semana en la sala de visitas a la hora precisa en que ya su vela y su vaso de agua estaban en la mesita de noche y su existencia lista para derrumbarse en el catre.

África acogió el amor deslumbrándose ante el obsequio más costoso y exclusivo. En sus últimos años nada la había iluminado ni la había hecho sonreír tanto y tan alto como esta conmoción de su cuerpo que se agudizaba tres veces a la semana a las seis y treinta de la tarde. Su enamoramiento no se parecía al de la prima Berta que tiritaba como gorrión calado ante la estampa de Antonio. No padeció o se angustió, sintió placidez y felicidad, no se desesperó los días de lluvia, disfrutó el sonido de los coches y carretones a través de la ventana hasta que aparecía el paraguas negro con agujeros, no perdió el apetito de ningún modo y comía golosinas a ratos. No pasó horas delante del espejo arreglándose la maraña de su pelo ni empolvándose el cuello como un lagarto, dejaba sus cabellos sueltos y libres y luego de tomar el baño sin apuros ni remilgos dejaba que el agua se secara en su cuerpo como una caricia lenta. Todos los días sentía que nacía dentro de sí misma, que los colores del sol a la hora del lavado eran su mejor compañía, que el ruido de las calderas eran gorjeos tiernos, y sus brazos eran más fuertes que nunca y sus deseos de vivir infinitos y perdurables.
Esa tarde de Abril de 1932 ella abrió el portón con alegría, se le colgó en el cuello y ante la mirada estupefacta de la vieja Caridad le besó en la boca con dulzura, tomó su rostro entre sus manos y le besó sus ojos azules con esmero y paciencia, le besó la frente mientras acariciaba sus mechones rubios y regresó a su boca que ya le esperaba sin temor y en desespero. El ramo de rosas cayó al suelo desgajado, salpicando gotas de agua aun empaquetadas y él le rodeo la cintura con su mano amplia para no dejarla escapar. Al menos no por ahora.

martes, 30 de marzo de 2010

La otra (VI)

Logró descubrir la ciudad. Cuando la trajeron junto con su hermano, después de que su abuela enfermó, llegaron a la casa de los tíos en el barrio Lawton. Primero en una casa pequeña en la calle Milagro, justo frente al parque, y luego en una casona más profunda en la avenida Porvenir, donde el polvo y el ruido se colaban por donde no había agujero. Una vecindad con casas coloniales de portales altos, balaustres torneados, invadidas por columnas anchas y con ventanales amplios de varias hojas que se levantaban desde el suelo en los pórticos y zaguanes, en patios y recibidores dejando que el fresco o el hastío de apoderaran de las siestas. Allí se educó para llevar la vida sin prisa. En su talego guardaba el apego a la responsabilidad, “…el que trabaja y se esfuerza por su familia y los demás será feliz, o al menos bien recompensado.” En la escuela de monjas había soportado lo incontable y aun así encontraba momento para desairarse, correr y sonreír. Con el primer rayo de luz en la mañana antes de saltar de su cama ponía una mano en su corazoncito y enviaba un beso a su abuela, abría sus ojos y miraba a su alrededor para asegurarse de que sus primas dormían tranquilas por lo que todavía tenía tiempo para ayudar en la cocina con el desayuno, salía con cuidado, levantaba la vista para sonreír y dar una mano a su tía, y mientras andaba por toda la casa en busca de ropa que lavar y tarecos que recoger canturreaba tonadillas y bromeaba con todos. Por allí también conoció y declaró su primer amor al hombre equivocado. Apasionado y generoso como ella pero sin arrojo, incapaz de sostenerla en sus brazos. El ardor de las esquelas recibidas, los encuentros en el parque Butari y sus regalos coloridos se esfumaron. Durante mucho tiempo, cuando al final de la jornada se dejaba caer agotada en su cama, escondía su cabeza en la almohada y sollozaba, recordaba aquel rostro sin vida, el mechón de pelo en la frente y sus ojos azules dormidos y llorosos mientras farfullaba un adiós.

En aquel barrio conoció y se casó con uno de los hombres más bellos pero menos hostigado. En sus enseres traía a su madre, temor de vecinos y amigos. Pero ese hombre la adoró desde el primer vistazo en una de aquellas esquinas y la buscó, la enamoró, le rogó, le pidió, le ofreció y se puso a sus pies con la dulzura de los amores tiernos y la valentía de las entregas absolutas. África no era el nombre que él ciertamente habría de olvidar. África sería la mujer de su vida, la madre de sus hijos, el amor incondicional. A varias cuadras de la casa familiar nacieron sus hijos unos años después. En el mismo parque, donde ella había paseado con sus primas y amigas en las tardes de ocio, perdido y entregado su corazón una y otra vez, y donde sus hijos habían correteado mientras esperaban la llegada de su padre del trabajo, allí mismo, su hijo menor conoció a mi madre. Para ese entonces ya vivían en el barrio del Obelisco, en Marianao y ella había logrado establecer su negocio alimentando y cuidando a varias alumnas de la Normal de Kindergarten donde estudiaba mi tía, pero las visitas de mi padre al barrio para reencontrase con sus viejos amigos le había espigado un amor de locura por una niña de 14 años. África supo desde ese instante que algo había cambiado y decidió comenzar a aflojar ataduras. Le huyó a todo, e hizo de todo. En medio de aquella baraúnda y con el triunfo revolucionario construyendo y destruyendo, se fueron a vivir a la zona de Almendares, a la casa blanca de las tejas rojas que siempre me mostraba cuando íbamos al policlínico, muchos años después. Hubo boda y nacimiento y otra vez una mudanza a una vecindad más cercana al río. Allí la conocí yo. Allí tuve conciencia de mi amor por ella. De mi amor por mi abuelo Picon y mi tía, y de las otras ausencias. Allí, en la casa junto al río Almendares tuve mis primeros amigos con los que lloré tantas veces y también reí a carcajadas durante varias aventuras e incursiones desautorizadas, fui por primera vez a la escuela, sufrí mis primeras caídas y puntadas, jugué con Picon a la magia y “la escuelita”, me disfracé con cada ropa que encontré en los closets, adoré los espejos y las lunas que rodeaban todos los salones y escuché el viejo tocadiscos Phillips, pintarrajeé los libros de historia y comunismo de mi abuelo, y aprendí a montar el triciclo, y tuve por primera vez aquel sueño recurrente de la pantera y el tigre acercándose por la entrada de los garajes después de haber visto a uno de los hijos de la familia que vivía en la casa de los conserjes colgado del techo de la caseta del perro.

De la casa del río también nos marchamos. Estuve meses llorando. Picon necesitaba salir de su oscuro cuarto y ver la calle, desde su sillón de paralítico. Y nos fuimos a la casa de la calle 15. Nos fuimos a Playa. A una moderna casa de los años 50 con pisos de granito y ventanas de cedro y una cisterna tan grande que me asustaba solo de escuchar la caída del agua. Con el mismo arrojo de siempre puso a todos en carácter, revolvió cajones, lavó paredes y baños, levantó pisos, convirtió muebles viejos en nuevos, abrió puertas donde no había, descubrió como dejar entrar la claridad y el sol, hizo amigos y vinieron vecinos a la colada del café de la mañana y construyó otra vez el hogar para que no nos desbordaran las nostalgias. En la casa de la Calle 15 fue feliz. Esa fue su mansión. Allí saboreó su vida y se dedicó a una familia más grande, otros nietos llegaron, y tuvo la dicha de cuidar a sus biznietos. Allí la vi por última vez acomodada en su silla metálica de tiras azules donde ya le improvisaban una vida para que sus noventa y dos años no le negaran nada. Allí salvamos a toda costa nuestra mata de naranja agria y a falta de carros llenamos el garaje de recuerdos. África vivió la mayor parte de su vida en la Habana. La recorrió completa, pueblos cercanos, barrios lejanos. Pero Cárdenas, en su corazón, se pobló con el resto de sus memorias.

viernes, 26 de marzo de 2010

La otra (V)

Recostó su cabeza sobre el respaldo del asiento de atrás, exigiéndole a sus ojos cansados no abandonarse al ritmo remiso que desparramaba ese carro viejo y rumoroso pues siempre le impresionaron los viajes por carretera. Los dos últimos días habían sido diferentes, sentía que los había vivido como en una nube, desde donde percibía y a la vez era parte aunque no siempre lograba comprender. Con el fresco en su rostro retornó en su imaginación a la casona, los sillones acomodados por el portal y la sala, el gentío en el comedor grande y la cocina en donde Verena, la hermana más pequeña de Isabelita no paraba de colar café; y atrás algunos hombres fumando bajo la sombra de la glorietica del patio, y en el pasaje que da a los cuartos con un tropel entrando y saliendo, preguntado por el baño, pidiendo un poco de agua. Todos los rostros quedaron mezclados en su memoria. No conocía casi a nadie, salvo a las muchachitas, que ya eran tan viejas, arrugadas y mañosas como ella. No reconoció los colores de las paredes y apenas se notaban las molduras pues todo tenía la misma tonalidad blancuzca ceniza y cascajosa. Los muebles de cedro del salón principal, que acogían a las visitas más importantes, con sus asientos de brocado y seda ya no estaban. La mesa del comedor había sido sustituida por una de hierro y cristal, pero el viejo aparador de columnas imponentes y lunas insertadas que su tío abuelo, conocido carpintero y ebanista, había tallado con sus propias manos, aun estaba allí, parecía una ballena en medio de un arroyuelo. Todavía se preguntaba si realmente toda esa gente conocía a la pobre Isabelita, que vino a morirse solterona y se despedía del mundo de los vivos en el mismo lugar donde su madre la había traído a este: en la sala de la casona, pero aquella vez sobre una vieja colchoneta de saco blanco, hoy, “…la pobre y que Dios la guarde”…, estaba metida en ese ataúd que ya habían notificado (según le contó una señora asistente al funeral y a quién tampoco conocía) era de baja de calidad y poca resistencia, de madera blanda, húmeda, de cartón y pino, ya que el suministro de sarcófagos en la provincia estaba en declive luego de que la fábrica de ataúdes cerró y los pocos que llegan vienen desde Oriente.

También le sonaba que algunos la habían llamado hasta por otro nombre. Parece que la habían confundido, algunos la llamaban Hilda, otros África, y le preguntaban por su prima Delia y la familia de la Habana y las nietas “…vaya usted a saber, después de tanto tiempo, y no saben que Delia ya murió… las nietas bien, grandísimas, por lo demás…será que la vejez…”. Sus ojos se cerraron por varios minutos, un bocinazo espeluznante la sobrecogió y se despertó sin reconocer su rumbo. Aún estaba asustada y pensó por qué no les había hecho caso a las nietas y había dejado que ellas o una de ellas la acompañara.

El fresco era tibio pero su cansancio era atroz. “La Habana está ahí mismo ya”. Recostó su cabeza otra vez, otro bocinazo pero ya no miró. Recordaba un velorio confuso y un funeral triste. Isabelita no dejó hijos, ni marido, ni nada en este mundo que recapitulara su presencia. Solo ellas, las hermanas, de las que ya solo quedaban Raquel y Verena, y su querida prima, ella, África, pues los otros se habían marchado también. Amigos y vecinos sí, muchos. Sus años de costurera le valieron cariños (y rencores), el cuidado de sus padres y hermanas cuando se fueron enfermando y envejeciendo uno a uno, hicieron fulgurar su paciencia y su bondad. África hablaba por teléfono con ella esporádicamente. La casa, el viejo y las nietas la mantenían sin un minuto de reposo. Ah, las nietas, “…debieron haberme acompañado. Que funeral tan triste. Dos o tres sobrinos. Uno dijo unas palabras, pero que sabía, si nunca habían vivido con ella…tengo que buscar en la caja de las fotos, y enseñarle a mi niña la foto de Isabelita y la de Verena, yo creo que de Raquel no tengo, por ahí hay alguna de…el día que me toque a mí ¿cómo será, estarán mis hijos, mis nietos, mi niña dirá algunas palabras, estará triste, me recordará siempre, le contará a sus hijos de todo esto, de lo que hicimos juntas…”. El sol le calentaba la cara, tenía el cuello sudado y la blusa de ovalitos negros hecha una maraña. “Oiga mi vieja, vamos, despiértese que ya llegamos…mire, ahí está la nieta en la puerta, seguro ya estaban preocupados… ¿Descansó un poco? “

martes, 2 de marzo de 2010

La otra (La caja de las fotos)

Una noche de aquellas en que me gustaba sacar la caja de las fotos, una desteñida y antigua caja de cartón que alguna vez se compró con un cake (pastel) de cumpleaños y que tenía una imagen de una flor púrpura colosal en su tapa, Mami me enseñó la fotografía en la que ella y su hermano Pucho están sentados en una banqueta de cedro sin respaldo, con asiento forrado y apoyos altos con formas redondas, donde descansaban sus bracitos para una incómoda pose de retrato. Me decía que no lograba recordar esos rostros. Tocaba con la yema de sus dedos la carita pequeña y graciosa de Pucho que todos confundían con la de una niña con bucles largos y bruñidos y el vestido que parecía una prenda de bautizo. La yema de sus dedos repasaban la antigua foto, de viejo sepia y blanco crema, su boca dibujaba un rictus de melancolía y sus ojos se llenaban de gusto. Pucho murió joven, al menos eso pensaba ella ahora, con sus más de setenta y tantos mayos a cuestas.
Se acercaba la foto a sus ojos, por entonces casi sin pestañas y concentraba todo su esfuerzo en ese repaso preguntándose si en realidad algún día estuvo ahí. Recordaba vagamente haber visto en el baúl de las telas y atavíos de ocasiones aquel vestidito cándido con encajes de nieve, la tira bordada que su abuela cosió varias veces ajustando las tallas pues había sido varios años atrás la bata de bautismo de su prima Isabel, y los calzones bombachos que no la dejaban moverse con soltura. Baúl que, abría sus ojos y llevaba sus manos al pecho mientras me contaba, se había quemado el día que explotó el fogón en la casona vieja, pues se guardaba en un cuarto contiguo a la cocina que servía de almacén para cualquier cosa. Yo quedaba boquiabierta, pues terminaba diciendo: “el gato se había quedado dormido encima del baúl”.
Se aproximaba la fotografía una y otra vez casi hasta rozar su nariz y yo la seguía empinándome hasta el dorso tibio de sus manos. Desde aquella banqueta, después de varios ensayos, palabras dulces y regaños, acomodos, y varios “espérese por favor” al fotógrafo, podía (y lo decía cerrando sus ojos) palpar la delicadeza de los pliegues en la falda negra de su madre, su tocado con cinta negra y adorno brillante y su pelo ondulado levantado con el gancho que también usaba su abuela, y el sombrero a mano por “si hubiera demasiado sol”. Su madre los miraba con ternura y reía como una chiquilla ante cada movimiento de ellos que impedía al fotógrafo hacer uso de su daguerrotipo. ¿Cómo podría imaginar que esa sería la última vez que estaría presente para un retrato familiar? Mami quedaba en silencio mucho rato cuando se le asomaban esas memorias, cuando pronunciaba esas palabras. De su madre solo tenía esos tres o cuatro retratos y algunas historias contadas por la abuela. Igual que hizo Mami conmigo, las historias, que eran la realidad y el escenario, me las contó ella a mí. Me pasaba la mano por mi pelo desordenado y me miraba diciendo sin palabras cuanto de todo eso sabíamos las dos, cuanto de todo eso teníamos en común, de las retiradas y los abandonos, de los reemplazos de las familias, pero yo aun no lo comprendía. Pronto comencé a remar en todos nuestros charcos. Comencé a preguntar lo que ella no quería confesar por voluntad propia, a colmar  los silencios, a darle forma a los espacios que ella urgía dejar ver. Y me abstraía por horas revisando la caja de las fotos (era uno de mis juegos favoritos) rehilándome historias, y podía escucharla a ella mascullándome nombres y considerando lazos familiares, trastornando leyendas de amores y tropiezos, todos llenos de entretejidos ímpetus y ella dentro de esos mundos. Ella siempre fue así. Fue así en el pasado donde no la conocí y fue así en la vida que me entregó. La heroína de su vida. La heroína de mi vida.
Fue esta la fotografía que me trajo aquella noche. La imagen con la que quiere que emprendamos su historia, su trajinar en zapatos apretados, su estancia en vuelos ajenos y propios, en sueños de los que se apoderó con la dulzura de las frutas coloridas en cosecha, plantándolos en sus palmas abiertas para otorgarlos sin reclamos ni anuncios. Tomo la fotografía y veo una pequeñita de ojos oscuros y curiosos, de mirada valiente sin dudas, y mientras sus ojos se colmaban en la contemplación de la sonrisa de su madre, sin saberlo me entregó su energía y su carácter, el jugo vital de su ser.

lunes, 15 de febrero de 2010

La otra (IV)

Para Dag, por qué “La otra”

El 27 de febrero del 2002 estuvimos juntas por última vez. Durante todo el día me ayudó con los preparativos de bolsas y maletas, cuidó del niño mientras organizábamos la ropa del viaje, recibíamos visitas cortas y largas, despedidas silenciosas y afligidas y deseos de regocijos y suertes. Me planchó (por última vez) la camisa negra que había comprado unos meses atrás en el arrebato de vestir de manga larga para el avión y el frío de Madrid, y que después de 8 años (y casi 20 libras) conserva al menos su disposición para el recuerdo. Caminó conmigo por toda la casa, prevenida y alerta ante cada necesidad de mi entidad suspendida y le dijo a todo el que pudo que por fin habían llegado mis papeles, que yo iba primero y ella después. Me preguntó muchas veces mientras me veía agitada de un lugar a otro como sombra huérfana de reflejo, si tenía todo listo repitiéndome una y otra vez “procura que al niño no le falte nada para un viaje tan largo”... Para ese viaje largo fui despedazando todas mis más esenciales posesiones, imposibles de sujetar en las manos ni amontonar en los bolsillos. No conseguí siquiera retenerlas por algunos segundos más ni con la titánica contemplación que mis fuerzas me entregaron, aún cuando los desafíos de mis escombros me enviaban señales de impaciencia ante la perspectiva del futuro y la fortuna de los reencuentros. Fue en ese momento donde dijo algunas palabras, se sentó en el sillón de hierro de la terraza, olvidando la total algarada y el descalabro y murmuró algo acerca de la comida. No supe si me abrazó como yo anhelaba o la abracé como anhelaba ella. Allí la dejé sentada. Cuando volví la mirada seguía meciéndose en el sillón, entreviendo a través de los cristales de la terraza la noche que ya se descubría.

En Marzo del 2005, y cuando los arbitrajes de gobiernos y políticos me dejaron regresar a mi país, la volví a ver. Ya no estuvimos juntas. No logró reconocer su tesoro más querido, ni pronunció mi nombre, ni me sostuvo la mirada. Alguna vez me tomó la mano con el gesto dulce y descuidado de la inocencia, de la necesidad de tocar a otro ser humano. Fueron días tristes, los más tristes que recuerdo viviendo entre el mutismo de lo irreconocible y las sonrisas que tanto extrañaba. Y cuando faltaban solo dos meses, el 6 de Enero del 2008, para que esos mismos arbitrajes de gobiernos y políticos me autorizaran mi próxima visita no tuvo fuerzas para esperar. Sonaron los teléfonos, aparecieron familiares y vecinos y se crearon actas certificadas para amortizar su vida de casi un siglo.

Con el frío de la madrugada del 12 de Enero me despertó la congoja de un salto. La encontré sentada en el borde de la cama como era su costumbre, alcanzándome con la caricia de su mano. Traté de reponerme, de repararme como un reloj viejo. Le conté cuanto pesaba la pena, el arranque, negociar con todos mis nervios para incorporarme cada mañana a la pelea, al denuedo diario, sacar el perro, preparar el desayuno, correr de un lado a otro como si el mundo de verdad fuera esta normalidad que nos proponemos. Entonces me extendió su mano y me entregó una vieja fotografía que tantas y tantas veces miramos juntas. La puso en mi mano y me dijo “no te angusties mas, todo lo que yo fui empezó aquí, y tú me darás la alegría del regreso haciendo lo que siempre has querido, cuéntame lo que yo he sido tomada de tu mano, yo no me iré sino es contigo”. Con el frío de la madrugada del 12 de Enero del 2008 comenzó a acompañarme en la búsqueda de una historia que no tengo, que le arrebato a las recordaciones de los pocos que quedan y a la impotencia de la incomunicación y la miseria. Pero eso no nos inquieta, ella me ayuda a inventarla, a recorrerla con pasos danzantes, a trazar recuerdos que vivimos y otros que nos ingeniamos. Ella es esa otra que me dicta memorias para que las convierta en presencias y para que le teja la historia de una vida de casi un siglo, todo lo que le faltó y necesita tener para llevarse consigo. Desperté con la antigua fotografía de África pequeña con ojos curiosos y su hermano Pucho en mi mano, y la miré por primera vez con los ojos de ella.

…cuando se bajó del carro y se vio frente a la casona otra vez, se le doblaron las piernas…

jueves, 4 de febrero de 2010

La otra (III)


Era cardenense. Nació en la ciudad en la que por vez primera ondeó la bandera cubana, creada y traída por los independentistas desde el exilio en una expedición al mando del General Narciso López; nació en el pueblo que lució el primer monumento a Cristóbal Colón en toda la América Latina, en la localidad que inauguró la luz eléctrica en la isla, donde se fundó el primer Colegio Médico y el primer Museo de Historia Natural de Cuba. Nació en Cárdenas, ciudad de insignes poetas y músicos, cuna de Virgilio Piñeira, genuino heredero del ímpetu de la isla, en la ciudad donde su bahía como una madre que expone su pecho y cierra sus brazos para dar refugio a su hijo, envuelve el pedazo de mar que acaricia sus líneas en la paz de la siesta.

Han pasado más de setenta años desde aquel desamparado día en que sus pies se desentendieron de su cuerpo y su estómago sufrió esa punzada, delatora de la angustia que la acompañaría para siempre. Hoy, ella podía evocar, a través de la ventanilla del carro, mientras el aire le palpaba el rostro y le revolvía los mechones de la frente con un “ay mi madre, pero que viento, y ¿cómo me voy a peinar después?” , las imágenes de sus días en la vieja ciudad, las calles que recorrió tantas veces desde la Botica del señor Aurelio, hasta la panadería de los asturianos, y la vuelta a la Plaza del Mercado de la mano de las primas, y el domingo temprano en la iglesia, con aquellos tres portones de madera firme y talanqueras de hierro entrelazado que la asustaba y la cruz inmensa al final del oscuro pasillo donde los arcos parecían nubes detenidas. Podía escucharse otra vez pidiendo a su abuela ¿“Por qué no vamos mas tardecito, cuando salga el sol y haya claridad?”. Le temía a ese símbolo de la muerte y le asustaba el silencio vacío que jugaba a hacer eco de sus pasos. Pero hoy, recordaba esos días y sonreía a través de la ventanilla del carro, inquieta, y resignada. Un funeral no es una gala de la familia pero al menos es una ceremonia y un gesto para un digno adiós, un motivo de vuelta, un regreso al hogar.

Recordó como las muchachitas a veces se asomaban al patio mientras ella estaba sentada en su banquito, pero no solían acompañarla. Su tío a veces aparecía. Traía otro banquito de tablas y se fumaba su cigarro y en una mano sostenía una jarra de agua tan grande que parecía que iba a sacarle el jabón a los manteles de lino que estaban en remojo desde la mañana. El comenzaba a hablar, primero contaba triviales anécdotas de la jornada en aquel tramo de ferrocarril que llegaba hasta Bemba y que ahora hacían ajustes para arreglar el otro ramal más largo, y que “ese camino de hierro se lleva por delante el mundo, y el ruido me tiene loco, pero allí es como mi casa y las estacas que usamos ya son más grandes que mis hijos, y no digas ya tú el calor que por estos días es insoportable y eso que a veces ha llovido, cuanto daría yo por trabajar allá donde el tranvía eléctrico cerca del barrio de La Marina”… y mientras hablaba la miraba con el rabillo del ojo a ver si ella prestaba atención, después venían bocanadas de humo, sorbos de agua, tos y salivazos. La cantaleta seguía un buen rato, Pucho se acercaba, se sentaba en el suelo de tierra donde se le humedecían sus pantalones y se ponía a escuchar con la cabeza recostada sobre sus rodillas y se adormecía apaciblemente en tanto venían las mejores historias, esas que ella se sabía ya de memoria pero adoraba, sobre el día que develaron la estatua de Colón frente a la parroquia y una viuda se desmayó de tanta emoción aunque él creía que había sido por otra cosa, el júbilo del barrio cuando inauguraron la segunda barbería más importante de la ciudad, el desfile para la inauguración de la tienda mixta de la gente que vino de Canarias, con música, coches y caballos, y la historia que parecía secreta pero de todos conocida sobre la hija del señor Calvino, bodeguero y fiador connotado, que se escapó con un mulato viejo, mambí y bandolero, en una embarcación pequeña que robaron y nunca más se supo de ellos. Esas historias las conocía, las escuchó muchas tardes en el patio.

Setenta años son demasiados. Las canas no guardan mocedad. Jamás se tiñó el pelo ni lo tuvo largo. Suerte de su cuerpo y su postura, luciendo sus piernas torneadas, sus tobillos amables, su rostro tan suave y colmado de un apego indescriptible por cualquier cosa que veía y tocaba. Cuando se bajó del carro y se vio frente a la casona otra vez, se le doblaron las piernas. Confundía a veces nuestros nombres, liaba los trapos, cucharas y manteles en las gavetas de la cocina, y botaba los papeles importantes, pero la imagen de aquel día era un espejo en su semblante. Ella parada en el umbral de la puerta, la puerta abierta y ella queriendo que se cerrara de un portazo imborrable, Pucho le agarraba su mano y le susurraba “no vayas a llorar”. Sus sentidos no le reconocían, sus párpados golpeaban sus ojitos como el mazo en el mortero cuando machacaba las semillas de comino, creía que sus huesos reventarían en cualquier momento, aquella punzada en el estómago, las ganas de vomitar toda la poca comida de los últimos días, de desterrar las palabras y el llanto. Ese minuto interminable era más de un dolor, eran dos dolores, eran miles juntos. Si hubiera levantado la vista no se habría movido. Su abuela, apoyada en el sillón, parecía lo que un manojo mustio de rosas tiradas en un charco. Si hubiera levantado su mirada, habría visto esos lagrimones rosados en su rostro oscuro y eso le habría sacado la rabia y hubiera llorado con una perreta de las grandes como si fuera una niña pequeña y no la muchacha de complexión robusta que todos veían. Agarró la mano de Pucho tan valerosamente como pudo, abrió la puerta sin hacer ruido, tranquila y soberbia, y le dio la espalda al único mundo que conocía. Esa noche se fueron a La Habana, pero lo irremediable no la rendiría. Después de muchos años hoy cruza “el puente más lindo de Cuba”, con ese nombre que le costaría recordar. Atravesó el puente de Bacunayagua con sus más de 300 metros a cuestas y con sus memorias aflorando. Pero hoy tampoco, como hace setenta años, lo irremediable la rendiría.

Aunque estoy a punto de renacer,
no lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido:

sólo me tocó en suerte,

y lo acepto porque no está en mi mano

negarme, y sería por otra parte una descortesía

que un hombre distinguido jamás haría.

Se me ha anunciado que mañana,

a las siete y seis minutos de la tarde,

me convertiré en una isla,

isla como suelen ser las islas.

Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,

y poco a poco, igual que un andante chopiniano,

empezarán a salirme árboles en los brazos,

rosas en los ojos y arena en el pecho.

En la boca las palabras morirán

para que el viento a su deseo pueda ulular.

Después, tendido como suelen hacer las islas,
miraré fijamente al horizonte,
veré salir el sol. la luna,

y lejos ya de la inquietud,

diré muy bajito:
¿así que era verdad?

“Isla”, 1979 Virgilio Piñeira