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jueves, 17 de noviembre de 2011

Mi otra mitad

Otra vez preparando viaje para el parque grande del ratón, esa maravilla que inventó el Señor Walt y que ha sido más exitoso que merengue en puerta de colegio. Ya le avisamos a nuestro “pequeño” de trece años que las próximas vacaciones de Acción de Gracias deberíamos hacer algo diferente. Pero no cabe de alegría al tener la oportunidad de enseñarle a la tía, a sus setenta y tres años, este lugar que tanto lo ha maravillado y que mucho ha disfrutado, aunque la tía tiene miedo que él la obligue a treparse a la montaña del Yeti o que se la trague Jaws en uno de sus zarpazos.
Siempre rebaso este día con ese ambiguo sentimiento de alegría y culpa. Lo mismo de siempre, porque unos pueden y otros no. Porque la familia y La Habana…y tanto más. Y pudiera separarme un poco de ello como hacemos cada día sin poder evitarlo desde que nos taladra el reloj despertador: ocuparnos de nuestra vida ordinaria y particular hasta volver a caer en el mismo lugar y regresar a ubicar el reloj para las próximas horas.
Y esta vez, particularmente, pensé en ti. En todos esos años en que gracias a Mami nos veíamos los fines de semana, los cumpleaños y parte de la vacaciones. Qué suerte que tuvimos las dos, aun separadas, de tener tantos abuelos extraordinarios y dispuestos. Recuerdo aquellos vestiditos que nos bordaba Mami incrustando mariposas e insertando lazos y toda la ropa que nos inventaba siempre igual para las dos, ni un detalle disparejo. Tú con tu pelo oscuro y satinado, el mío medio claro y aturdido, mi cara de letargo y tu rostro de asombro. No nos gustaba mucho aquello de las fotografías pero creo que hoy agradecemos esta inviolable tradición familiar.
Los cumpleaños en la casa del río de los Montesco, las visitas a Lawton y la chivichana a toda velocidad San Mariano abajo, hogar del extenso clan Capuleto, las incursiones al parque Dolores y al cine San Francisco, luego vivir juntas en la casa de la calle 15, los años de la secundaria, la beca, los de mi melancolía y mal humor y tu rebeldía y locura, yo tirada en la cama con un libro y tu sin llegar, las noches de fiestas y tertulias callejeras, de peleas y confidencias, el tiempo en que ya nos cuidábamos la una a la otra: los días estresantes con tu reacción a la anestesia y la vez que me llené de parásitos en medio de la peor escases y ya no sabías que hacer conmigo en los días de hospital, luego los niños llegando casi al mismo tiempo, siempre juntas a los ultrasonidos, los chequeos, los laboratorios, llegar a casa con ellos. Criarlos juntos, como nosotras, y mami tan feliz de esta nueva algarabía, y compartirnos los regueros y las comidas, las responsabilidades y las noches. Han sido buenos años, a pesar de las pérdidas, las ausencias y unas pocas averías que nos deparó el camino.
Haciendo la maleta pensé en ti. En este viaje voy a pensarte. Todas las cosas que habríamos hecho, lo que nos hubiéramos reído y jugado entre tanta “montaña rusa”, muñecos, parques y juegos. Yo con mi miedo constante y mis recelos y tú con tu atrevimiento y tú impulso. O haber estado todos con los niños y verlos como tantas veces disfrutarse y quererse. Los abuelos nos mirarían felices, a pesar de aquella ingénita guerra que se lidió para lograr que viviéramos juntas. Habernos tenido. Tenernos. No sé que hubiera hecho sin ti. No imagino mi vida sin ti. A pesar de que nunca te lo digo.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Concurso de Fotografia Social

El sitio Voces Cubanas creó un concurso de fotografia social cubana  y han extendido la fecha de cierre. Como no aclaraba, al menos cuando yo lo leí, que era para residentes en la isla envié mis fotos. Orlando Luis Pardo L. muy rápidamente me respondió  y  agradezco mucho su amabilidad, aclarándome este punto y que no obstante publicarían mis fotos en un aparte que harían para invitados. Ya ustedes las han visto antes por esta mi casita, pero bueno, esto de que a uno le reconozcan su fotico además de la familia y los amigos, tiene su gracia, ¿no? Sobre todo, cuando se trata de la realidad de nuestra isla.
Ojalá  muchos de los compatriotas allá puedan participar. La voz de la Libertad tiene muchos sonidos.
Por aqui andan mis fotos (en la galeria #8) y la de muchos cubanos de la isla.

martes, 30 de agosto de 2011

...este ir y venir del carajo...

Orilla de el Almendares. Tomada de la red.
Son guerras sin huestes ni municiones. Largas y sempiternas. Basta proponerse una conquista para que caigas rendida y sin aliento para agitar un dedo. Basta pararte firme para que ganes el mundo. Miro todos estos cuadraditos plateados y reparo en signos inexplorados. Quiero correr sobre ellos como hacía en las tardes por la orilla del Almendares pero aquella corriente querida y pestilente del rio se desdibuja solo de rumiarla. No están las cortinas de verdes trepadoras por donde siempre se filtraban los rayos de sol para encantarnos y que nos hacían perdernos en medio del bosque con silencios temerosos que nos devolvían agitados a casa. Correr ya no significa tanto.
Bosque de La Habana.
Foto tomada de la red.


No saco cuentas irremediables, no le ajusto correas al pasado, no me pesan en los hombros más que ciertas alegrías. El pasado que me importa está ahí, donde voy y soy porque es mi piel la que le da vida. Los grandes corredores de la casa del rio y el olor de la humedad penetrando por los cañerías de los baños, el bar de espejos donde jugábamos a las casitas y el closet del pantry donde me escondía para descansar de la cantaleta de Picon con su Revolución, el Che y su próximo intento de suicidio. Me fui de todos los lugares mientras me iba de uno solo, aprendí a cerrar los ojos y desdoblar con rutina aquella imagen mía con blusa blanca y pantaloncitos de corduroy rosado, recostada mi barbilla sobre mis brazos apoyados en el muro de los altos ventanales de la terraza de cristales mientras me tragaba con el amor más grande que podía aquel embrollo de agua turbia que se alejaba reposado hacia el puente tragándose ramas verdosas aun, gajos rotos y pocos de basura, la escalera de piedras, la vieja piscina destrozada y vacía y las voces y gritos de todos nosotros mientras corríamos y perseguíamos lagartijas.
En Soroa, Pinar del Rio.
Mi gente. Foto tomada por mi. 2010.

La pureza es una batalla perdida. Nadie posee una verdad más que la suya. Allí donde dejamos el alma tantas veces no la recogeremos otra vez. Abriremos otras ventanas con restablecidas felicidades que nos taparan como la lluvia abarrota un hueco hasta que el sol le arrebata su virtud. Somos un ciclo de deseos, de espantos y averías. Nos vamos así, de cada lugar, como nos fuimos de uno aquella vez que teníamos siete años arrastrando a la derecha el velocípedo de ruedas desgastadas, o la otra cuando teníamos treinta y el ruido tirante de los motores nos sucumbió ante las últimas decisiones.
A veces es así. Se relajan las palabras entre estos cuadraditos plateados y pierdo las “eses” y las “emes” pero no estoy lejos. Me creo que la actitud es derrotista o que el calor agobiante te rompe el cerebro como un trozo cualquiera de papel. Domino los hábitos y las secuencias tanto como un buche amargo de café. Pero estoy.
Abro la puerta de la casa de la calle 15 y encuentro sorprendida otra vez a los muchachos del barrio y a mami gritando “niñas entren a bañarse y a comer” y aquel tropel nuestro en el cuarto y los perros ladrándole a los mangos y entonces recuerdo que el horizonte es este y aquel y nosotros y ellos y este ir y venir por dentro. Guerras sin huestes ni municiones. Largas y sempiternas.

“…Desde que nací- dijo Florentino Ariza- , no he dicho una sola cosa que no sea en serio.
El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.
-¿Y hasta cuando usted cree que podemos seguir con este ir y venir del carajo?- le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacia cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
-Toda la vida- dijo.”

miércoles, 3 de agosto de 2011

De la Habana a Odessa

Las ocupaciones, o más bien las desocupaciones, del verano y con la familia me han mantenido alejada, pero solo un poquito. Aquí les comparto una de esas historias, de esas recordaciones que se narran los amigos entre copas de vino una nochecita de calor y barbacoa. Memorias que mi esposo nos dejó despeñar entre extrañezas y admiraciones.


El barco

Unos 700 muchachos de entre 18 y 19 años decían adioses a sus familiares y amigos con abrazos eufóricos, sollozos disimulados, reservados apretones de manos, y tantas sonrisas como ilusiones empacadas, alforjas de incertidumbres que la juventud no distingue. Niños aún. Una escena que se repitió durante muchos años a la entrada de la bahía. En el puerto de La Habana está a punto de partir el barco de vapor para pasajeros “Mikhail Suslov”, un gigante blanco y azul blandiendo su imponente bandera roja de la hoz y el martillo, que se escapará por ese angosto pecho de la ciudad amurallada y no contendrá sus espíritus pesados hasta tocar las sienes del ancladero de Odessa en Ucrania. Al llegar los reparten por varias capitales soviéticas para cursar diferentes carreras universitarias. La ciudad abierta, anaranjada en la caída del sol los acuna con sus balcones llenos de gente batiendo manos al soplo de un “hasta la vista”, las luces intermitentes de los carros en la avenida que les auguran “buen viaje”, con madres y hermanos andando a todo lo largo del muro en una persecución sin alcance. El impresionante cuerno del gigante se escucha en todos los rincones. La Virgencita de la Caridad del Cobre los envolvió en sus blancos parajes y con su más antiguo silencio les dibujo una ruta segura al son de un cañón agotado de su rutina nocturna.
Era la primera vez que la mayoría estaba en un barco, era la primera vez que la mayoría, sino todos, salían de Cuba. La primera vez que muchos veían el Cristo de la Habana misterioso entre sus matorrales revolucionarios. Infinitas son las memorias que cada uno de ellos juntará después de veinte días de travesía por el Caribe primero, luego el Atlántico, el Estrecho de Gibraltar, el Mediterráneo, las islas Griegas, el Estrecho de Estambul, el Mar Negro. Algunos creyeron entrar a uno de los lugares más lujosos que habían visto, al encuentro con un plato de carne, a una casi habitación de hotel, otros se cansaron de tanto mar y vahído, de la sopa rusa, la tormenta y la inquietud del encierro. La refulgencia de las memorias es tan intrínseca y única como los amores. Pero todo lo personal e íntimo nacido de la cercanía y la aventura vivirá para siempre como una historia que por mas difícil de contar será casi increíble a la luz de los años futuros. La historia de algunas generaciones, en una época donde un país confió sus ambiciones al que creyó el mejor ejecutor de sus sueños.
Los jóvenes se amaron, se pelearon, se hallaron, se compusieron y se dedicaron canciones. Se relataron sus vidas en la cuenta gotas de los camarotes aburridos, en la proa soleada, en el baile nocturno que parecía la peor película rusa del domingo. Se toparon con la carta de un joven de 18 años, un soldado cubano del Servicio Militar Obligatorio al que ese mismo barco lo condujo a la guerra de Angola y que dejó escondida en una gaveta de un armario como despedida a su novia y su madre. Se enamoraron de los delfines que sorteaban los espumarajos del mar rendido ante tanto visitante, se enteraron de otros detalles sobre la explosión de Chernóbil. Saltaron dos jóvenes al mar en medio de la noche vigilada en Santa Cruz de Tenerife para escapar del comunismo que dejaban atrás y del que les venía encima, otros disfrutaron de las imágenes de ese gran volcán famoso aquella mañana casi española y se admiraron con tanta luz y carros modernos que advertían desde sus lejanos puestos.
Alcanzaron Odessa una mañana sosegada mientras la sirena les anunciaba puerto. Una verbena de juventud asombrada brotó por aquellas escalinatas resbaladizas disimulando poco su estrés y su sorpresa. Era un lugar más sombrío y entristecido de lo que esperaban. Durante casi veinticuatro horas quedaron en una plaza a merced de la burocracia y organización soviética. Despedirse de los amigos de la preparatoria, de los antiguos y nuevos amores de travesía, de los lazos fundados durante días de azul y gris, y gris y azul fue un instante difícil y conmovedor. Un lento recobrar de conciencia, un paso firme en tierra y en tierra inexplorada. A Leningrado, a Moscú, a Ufa, Almaty, Bakú, Minsk, Kiev…y algunos allí quedarían. Otras interminables horas de tren en los estremecimientos de un sueño casi imposible de esquivar. Cansancio, afán, incertidumbre. Llegaron a Moscú en otras veinticuatro horas una madrugada plateada y fresca. Otros estudiantes del Instituto “Gubkin” les dieron la bienvenida. Se fueron a los edificios de residencia y les improvisaron camas y colchonetas para que pegaran un ojo hasta la llegada de la “матрешка” jefa al amanecer que los ubicaría en sus habitaciones. Mi esposo y su nuevo amigo del barco (hoy un hermano ya desde hace 25 años) se derribaron vencidos por el agotamiento y el estupor. La cabeza pesaba, las piernas y los brazos eran apenas apéndices de unas marionetas sin vida. Comenzaba a sentirse la lejanía y la ausencia del aliento del trópico. ¿Cuántos días incomparables, cuántas horas empequeñecidas, qué husos horarios les abrirían las mañanas, cuánto realmente había quedado atrás? Uno comenzó a dormirse con unos ronquidos ligeros y ojos entreabiertos, aun no tan profundo como para no escuchar al otro preguntarse con sus brazos cruzados debajo del cuello y la mirada descifrando la cal descascarada del techo …“Y yo me pregunto ahora chico ¿Qué coño hago yo aquí?”.

Universidad Estatal de Rusia del Petróleo y del Gas “I.M. Gubkin
La historia, por supuesto, fueron otros cinco años. De estudio sofocante en un idioma enmarañando, de un frio soberbio rajándoles las ganas, de un hambre que se podía estirar como goma, y de cosas buenas y alegres también. Este fue solo el estreno. Pero solo con este pedacito me di cuenta de que algunas personas son más frágiles y arropadas, que la seguridad de la voz cercana no se las ganará ninguna circunstancia, como yo. Y otras son de un coraje considerable, de una voluntad admirable, de las que nacen entregadas a la capacidad de conseguir algunos sueños, como ellos. ¡Vaya que cuento! veinticinco años después, en esta nochecita tejana de calor, barbacoa y vino. Un brindicito por los seiscientos noventa y siete que no conocí y otro por K., L. y E.
                           ¡Da kantsa!

viernes, 15 de julio de 2011

"Las ciudades son libros que se leen con los pies... "(II)

Todos atesoramos alguna historia nacida en un banco de parque en cierta ciudad. En uno de ellos habremos grabado tantas lágrimas como sonrisas, unos cuantos sueños y varias urgencias, les confesamos fechadas esperanzas y le abandonamos uno que otro bártulo con decepciones. Grabamos nuestros nombres, ocultamos mensajes, disfrutamos el fresco de las tardes con los amigas de la escuela, saltamos y rompimos sus esquinas con todos los chiquillos del barrio, a algunos los vimos llegar, sostener nuestras vidas y también quebrarse como huesos viejos. Un banco en cualquier parque de cualquier ciudad guarda la historia de un ser que besó a su amada, que celebró a sus hijos en apretones dulces, que cantó su pena y peleó sus líos, que planeó su final viaje con sus últimos amigos, que regresó cada día cuando su alma se desgajó como un racimito en otoño.
 Leer las inscripciones en los antiguos bancos de madera y hierro a lo largo de las veredas en el Parque Central de New York me colgó posada y tizón de mi lejana ciudad. Pensé en cuantos rótulos, si se pudiera, habrían en los bancos de nuestros parques, allá en el mismísimo Parque Central de la Habana donde tanta gente se enamoró (desde los alrededores de los 1877) y regresó a tomar una fotografía de bodas, a donde los vecinos se escurrían desde los edificios a tomar la brisa del mar en la tardes vaporosas, donde la gente se reunía a hablar de política, noticias, farándula, donde los fanáticos del baseball consiguieron trágicas peleas en muchas ocasiones, donde los alojados en el Hotel Plaza paseaban sus abundancias antes de su siesta (sin saber que la gran Isidora Duncan andaba de sombrilla en esos lares soleados) y los asistentes al Centro Gallego esperaban sus carros después de sus fiestas y bailes, la plaza que ha aglomerado a tantos cubanos para proclamar o exigir, para defender o caer, la plaza que acoge el monumento a José Martí, el primero situado en la ciudad, igual que el Parque Central de Nueva York que acoge a nuestro apóstol, en su entrada sur por la calle 59 y la avenida sexta, sobre su caballo encabritado, gesto en piedra solemne.
Es caro, muy caro, tributar un banco en el Parque Central de Nueva York. Pero se hace, y con ese dinero se mantienen las áreas, los lagos, los monumentos, los puentes, los jardines. Y de paso, alguien llega y descubre que no solo expresamos el afecto a nuestros padres, amigos, amantes, hermanos, con un anillo de brillantes en declaración gloriosa, o con una casa nueva, o aquel abrigo en rebaja de la Fith Avenue, o una tarjeta de regalo, o un furtivo envoltorio bajo el árbol de navidad. También lo podemos hacer entregándole un pedacito de nuestra devoción al lugar que nos dio el refugio, a nuestra comunidad, a los que pasan por allí un día, abatidos e inseguros y mientras cavilan la próxima jugada para seguir existiendo se topan con la más simple devoción a la espera…


…que podrá parecer muy cursi pero a mí me llenó de esperanzas.

(Tomé estas fotos a lo largo del sendero desde Strawberry Fields  hasta la zona llamada Bethesda Terrace. En central Park existen más de 9,000 bancos de tipos diferentes, hasta ahora han sido adoptados unos 2,500).


Monumento a Jose Marti, en el Parque Central de la Habana.
(Foto tomada de la red).
Monumento a Jose Marti en el Central Park de New York. (Foto tomada por mi)


martes, 12 de julio de 2011

"Las ciudades son libros que se leen con los pies..." * (I)

Viajar es muchas cosas. Mucho más que pura aventura. Un viaje hurta la raíz, precipita tu experiencia, desclava la voz de tus más notables sueños. Es la continuación de cualquier visión en tus mejores o peores días, las fantasías brotadas de nuestros libros favoritos, el arraigo sincero de colocar nuestros pies allí donde antes lo hicieron otros, allí de donde vienen cuentos recónditos, fábulas sorprendentes, ladrillos y fuentes colmados de símbolos e historia, de amores y apremios, reclamos y muertes. Viajamos con asombro, esperanzas, apetito, y revuelo. Partimos saludando el tiempo con bolsas llenas de albas, y regresamos obstinados de la espera, la cancelación del vuelo y la irritación contraída en los incómodos bancos de salones, repartiéndonos el alma en los más miserables huecos.
New York me robaba la espera por varios motivos. La ciudad que nunca duerme, la gran manzana, la ciudad de los rascacielos siempre ha de convocarte. Sus cuadriculadas calles me regalarían algunos reencuentros; los deseados, acertados, poblados de memorias infantiles, dulces y atesoradas. Y no se equivocó su viento de luces y excéntricas melodías, no se nos escondió la ira ni se arremolinaron ausencias trastocadas. Un abrazo y sonrisas nos devolvieron grietas sin dolores, no sin amparar los sinsabores que siempre deponen los regresos y la inconsciencia socorrida. Y los otros. La capital del mundo también me tributaría rotos cascarones que intenté no me vaciaran el ensueño ganado.
Viajar es seguir huellas que nadie ha abandonado por ti. Descubrir que odias la ciudad o que la amas. Que un día volverás o que tu adiós fue tan definitivo como la soledad de un amante magullado. Puedes regresar con fotografías sorprendentes o imágenes maltrechas de ti mismo. Viajar te usurpa el carácter, te retorna al podio donde tu niñez te convertía en el valiente Capitán Nemo, te asoma en puntillas al balcón de un virtual futuro. Pisar la tierra que no es tuya te muestra que el mundo se sacude más rápido que tu corazón en carrera, y que tantas vueltas das sobre ti mismo que olvidas las esencias más humanas, los atributos más preciosos de nuestra existencia.
Gente siempre apurada, reflejos de cristales plateados bañando los autos amarillos, trajes y valijas oscuras, carros de comida en cada esquina, música revolviendo las calles, bancos con delicadas dedicatorias en los parques, antiguos edificios repletos de buenas y malas historias, mármoles y vagabundos, relumbrantes vidrieras y olas de basura, perfumes y podredumbre, distinción y fortuna. Una ciudad con una vida propia sin que los derribos polvorosos que aun le arrebatan fantasmas logre arrancarles la alegría y la franqueza.

“Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad”.

Julio Verne

* Quintin Cabrera

Edificioen el  Bronx
 
  

 


Vista desde el Central Park




En Time Square

Foto tomada (con mucha niebla y sin sol) desde el ferri de Staten Island


Bancos con dedicatoria en el Central Park

lunes, 4 de julio de 2011

New York New York!!!!!!!!!!

Los veo pronto!

lunes, 21 de marzo de 2011

Reencuentro

Solo allí recuerdo que ha de ser ese manto índigo verde plata cristal infinito el que nos volverá a reunir. Si no fuera por estos días donde dejo mis ojos y mis espíritus hundirse en gotas y espumas, donde alcanzo a hablarle a las rendijas del crepúsculo mañanero sobre cuitas, auges y corrientes, si no fuera por este pedacito de mar que le arrancamos a la suerte y al coraje, nos quedaríamos extraviados en este siniestro polvo amarillo que dura más de lo callado.

 Salobre se disipa entre mis dedos, todos los reencuentros del infinito nos alcanzan…

Mar De Mi Patio”
Y si llegaras mar
cuando mi cuerpo fuera tierra arada
y lloviera en mis ojos?
Alga y sal de prusia calentura
¿no te crecen las uñas?
Te veré frente a frente
presa en tus quemaduras, levantando las cejas
dejando ver los ojos con esa indiferencia.
Cómo tú eras cuando yo te elegí.
Diosa naciendo y destronando diosas
si tú al verme fijaras la mirada.
Ven hacia mí, no tardes
puedo perder las fuerzas.
Estoy sola bailando y en mi musgo
me pisan miles de pies desesperados.
Sácame este mareo
este jilguero tosco que custodia mi blanco
esta brújula adivinando el este.
Si te demoras se deshace mi estatua
este cuerpo que danza maravillosamente.
–¿Qué hora es que no llegas
perfumando las calles con tus pescados frescos?–
Mar de mi patio, mar atormentado
lo que me duele
es que mis días
se vuelvan más y más de tierra.

Poema de Elena Tamargo. La Habana, Cuba. Premio de Poesía de la Universidad de La Habana, 1984; Premio Nacional de Poesía “Julián del Casal”, de la UNEAC, 1987. Germanista y Filóloga; Doctora en Letras Modernas. Académica, ensayista y poeta. Traductora de la obra de F. Hölderlin. Entre sus libros de encuentran: Sobre un papel mis trenos, Habana tú, El caballo de la palabra, El año del alma, Poesía de la sombra de la memoria y Bolero, clave del corazón. Después de una estancia en Rusia y otra en México, ahora vive en Miami.

martes, 10 de agosto de 2010

Mis fotografias

Hablando de barrios

Hoy día con alrededor de 35 mil habitantes, la mayoría de procedencia obrera y militares de los años 60. Ahora, con más población joven, graduados universitarios y otros tantos sin ninguna profesión amaneciendo en los “banquitos del edificio” mientras se discute de pelota y cualquier otro chisme sugestivo. La rutina diaria entrecruza habitantes desde las primeras horas en busca del pan diario, llevando niños a las escuelas, alcanzando el P4 para llegar a tiempo al trabajo, colgando ropa fuera de los balcones, y matando mosquitos dando zarpazos con el “pulóver” en la espalda.
Con algo más de 40 años de historia y unos 30 desde que aquellos “edificios construidos mediante el sistema cooperativo de microbrigadas”, más conocidos como “edificios de cajas de fósforos” o “cajones” o “edificios de micro” o “edificios rusos”, surgieran a borbotones y le dieran vivienda a miles de personas necesitadas, sobre todo del sector militar en general, sigue siendo un barrio donde el concepto quedó solo en resolver esa necesidad. Carece totalmente de interés por el diseño artístico, la urbanización no cuenta con áreas de disfrute general de la población como parques, cafeterías, restaurantes, tiendas, cafés, etc.…
Este concepto proliferó en toda Cuba. Así dimos casas a quienes las necesitaban, a quienes no las necesitaban, a los militares cubanos, rusos y de la Europa del este en general que venían a ayudarnos, a los chilenos que huían de la dictadura de Pinochet, y le demostramos al mundo la “eficiencia del Socialismo” para resolver las necesidades del pueblo.

Barrio de San Agustín, Municipio La Lisa, Ciudad de la Habana. Fotos Julio del 2010.


 
 




martes, 3 de agosto de 2010

Del viaje.De lo negro a lo blanco un domingo en La Habana.

Un Kia Carens sucio, con partes de los asientos rotos, casi 100 mil kilómetros, con un olor inmundo, por 120.00 dólares diarios. Otra de tantas estafas. Veníamos de exigir una revisión debido al olor a gasolina constante en el carro. Luego de tres horas de la agencia al taller, de andar la Habana vieja en medio de huecos y escombros, de nadie responder ni los buenos días recibimos la noticia de que “es que el tanque no tiene filtro, no se preocupe que no explota ni nada, por aquí voy a anotar que usted vino”. De vuelta a casa despotricando sin miseria y en busca de calma, las vimos. Un domingo como otro cualquiera en La Habana, un poco de brisa en la 5ta avenida, sol y verde contrastaban y aquellas mujeres deshacían sus pasos con la tranquilidad y la confianza que dan la valentía y la convicción.

Me tiré del carro en cuanto pudimos disminuir la marcha. Salí corriendo con mi cámara en mano y cuando ya las vi venir con sus ropas blancas y sus flores en mano, dispuesta a presionar el botón del disparo quedé inmóvil. A través del lente, frente a sus rostros serenos, sentí vergüenza. Un silencio sepulcral las acompañaba, un profundo mutismo lleno de coraje, se escuchaban sus pasos, la respiración, la audacia. Había muchos curiosos, reporteros y quien sabe que mas…Sentí vergüenza de correr como lo hice para tomar fotos en vez de echar andar con ellas, sentí vergüenza de aquel vecino con el que tuve una de las peores discusiones por decir que “esas son unas descaradas” o de aquella que me dijo “cualquiera camina por 5ta. Avenida por dos mil dólares al mes”, sentí vergüenza por todos los que gritamos en el patio de la casa cuan cansados estamos del hambre y la falta de libertad, por todos los que hablamos en las esquinas con voz baja, o por todos los que nos callamos ante la injusticia diaria.




   
  
No sé detalles, no sé cómo funcionan las organizaciones o cómo ayudan aquí. No lo sé. Solo sé que en el mismo instante en que no pude arrebatarles aquella foto frente a frente, recibí una sonrisa cálida mientras alejaba la cámara de mi rostro y sentí el respeto más profundo ante la grandeza del amor de una hermana, una esposa, una madre.
 
  
Iglesia de Santa Rita de Casia. Se destaca por su nave y su prominente torre (disennada por los arquitectos “Morales y compañía”). Tiene una decoración más sencilla si se compara con las iglesias más antiguas en La Habana. En su interior se encuentra una esfinge de Santa Rita terminada en 1943 por la escultora cubana Rita Longa (1912-2000).

  
Todas las fotos son mias. Tomadas en Julio del 2010.