martes, 1 de mayo de 2012

Hoy

Presiento que no puedo seguirlos contando, que debería dejarlos correr a algún lugar sereno y risueño donde no los malgaste. Pero noventa y nueve Mayos me hubieran encantado. Tantos días como estos me  llegaron en este refugio verdinoso y no me alcanzaron patios, enjuagues, ni cigarros para convocar los olvidos. Quisiera que fuera un día como tantos, los que te hablo y los que no, o de aquellos en los que puedo dejarte acomodada y dormida. Pero las voces y los menajes de otros lares no me dejan. Estás en fiestas que no son para ti, en ceremonias y discursos torcidos que no escuchas, en las algarabías de las calles que no caminas, en el desconsuelo de lo mas absurdo de los que te recuerdan. Seguramente te llevaron flores, tantearon el mármol grácil que te corteja, resonaron tus andanzas y tus bríos y hasta en ese instante afectado envidio sus manos y sus figuras. Si estos Mayos algo trajeran que sea la calma. Si estos Mayos algo repusieran que sea tu risa. Presiento que nunca pararé de contarlos. Que serán cien o ciento veinte mis derrumbes y tus llegadas, y que no tendré mayos suficientes para agasajarte, soplar velitas, enviarte cartas siderales, agradecerle a mi vida por vivirte…y abrazarte, abrazarte, abrazarte.

lunes, 30 de abril de 2012

...en un abril cualquiera...

Abril siempre fue aquello de “acuérdate de abril recuerda la limpia palidez de sus mañanas no sea que el invierno vuelva y el frio te desgarre el alma”…y el cumpleaños de Luisa, mi amiga. Nos conocimos de vista primero, pasando de un lado a otro por pasillos ocupados por armonías y acordes, vocalizaciones y coros, escaleras atestadas de muchachos fluyendo de un piso a otro, yendo de un salón de ensayo a un aula de clases.
Quizás coincidimos en el comedor, en la cafetería, quizás en el silencio atronador de las viejas cúpulas abandonadas o esperando la guagua de las tardes. Pasados unos años comenzamos a trabajar juntas y aunque era un poco mayor que yo, y ya era madre de una bellas gemelas, nos hicimos muy amigas. Compartíamos una oficina y además de rehacer horarios, arreglar programas, preparar pruebas de ingreso y sumirnos en montañas de papeles, conversábamos mucho. De los sueños, del pasado, los hijos, lo próximo. Yo era joven y arrogante, soberbia y soñadora. Ella era calmada y contenida, sabia y romántica. Yo veía el futuro atiborrado, mil cosas por hacer. Ella fluctuaba comedida, poco que esperar. Yo quería hacerlo todo y ahora. Ella no sobrellevaba tanto a la vez. Algunos días la extrañaba en mi ajetreo. Se quedaba en cama, aquietándose. Abril siempre fue aquello de “acuérdate de mí cuando el otoño le dé paso a la primavera; acuérdate de mí si el pensamiento te libra del amor que te sujeta”…pero también era el cumples de Luisa. Alta, delgada, con un pelo muy negro y siempre con algún tono rojo en merodeo. Dulce, de modales dóciles y carácter galante. Recuerdo su rostro confuso ante mis disposiciones apremiantes, mis intempestivos consejos, ensartadas opiniones o desatinados embrollos. Aquel rostro que también amó para siempre a su primer amor y donde emergieron pequeñas heridas mientras cuidaba a su madre que murió joven de cáncer. Pegábamos la hebra con la vida, las frustraciones, los gustos, las maromas. Nos reíamos hasta llorar y bromeábamos con todo, les instalábamos motes a los profesores, imitábamos a los alumnos, leíamos poemas, tomábamos café y fumábamos como locas. Con Luisa y las otras anduve los mejores años de mi vida profesional. Compartimos los peores años de una sobrevivencia injusta. Los últimos antes de dejar la isla. Abril siempre fue el “acuérdate de mí, no me abandones tan solo, que este abril me desespera; no olvides que el amor vuela de noche y anida en otro abril cualquiera”… y también y para siempre el cumpleaños de Luisa, mi amiga. Yo sé que no tenía que decirlo, pero por si acaso te asomas al balcón o sales en busca de alguna partitura.

lunes, 16 de abril de 2012

Domingo

Temí abrir los ojos y no verte. Y por eso no abrí los ojos aunque ya escuchaba al perro cascabelear y los camiones en la calle recogiendo la basura.  No quería abrir los ojos y ser grande y tener que acomodar un desayuno o coleccionar ropas por toda la casa  para emplazar la lavadora. No abrí los ojos a pesar del reloj protestando, la ventana apartada y el sol incomodándome en la cara. Suerte que tuvimos tiempo de abrazarnos y alcancé a curiosear tu delantal y oler tus manos y ver de cerca tu verruga y escucharte decir vamos mija vamos que se hace tarde…antes de sentir una lengua pegajosa frotándome el pie, las teclas de la laptop y el tiki tiki del juego y una voz generosa ¿cafecito?

miércoles, 11 de abril de 2012

Pedazos

Para Dag.
Se rompió como un cristal, en cientos de pedazos, mientras todos se cubrían los oídos para evitar escuchar el estallar consumido del desplome. Sencillamente se quebró, chispeando las lozas con el mismo sonido con que se despedazan todas las cosas que para siempre quedan fragmentadas, grabadas con pulcras líneas amarillentas cuando se logra juntar todos los pedazos diseminados por doquier. Me hizo recordar aquel día que andaba yo lloriqueando cuando una amiga contó delante de otros que yo tomaba un biberón en las mañanas. Me sentí traicionada y expuesta. Exhibía algo íntimo, un secreto arrinconado. Lo del biberón era cierto, pero eran cosas de mami, me lo daba dormida antes de irme a la escuela para hacerme tomar la leche que yo no quería. Me dolía el uso de algo tan personal para dejarme mal parada delante de los otros niños. Un amigo no hace eso, a los nueve años eso pensaba. "Si el búcaro de cristal se rompe, decía mami, lo pegamos otra vez pero nunca será el mismo, siempre estará marcado entre todas las piezas que logramos pegar. Así pasa con la amistad". 
Se rompió con un sonido exangüe y cuajado. Mezcla de pasión y desacierto. La época de los uniformes en los recreos se va y se van tantas otras cosas. Madurar te hace feliz, y al paso que sea, te rompe el alma, te alerta, te descubre. ¿Cuántas frases dijo que hirieron a alguien? ¿O cuántas ni siquiera dijo? ¿Cuántas veces asumió la posición más arrogante tratando de demostrar quién sabe qué? ¿Cuántas veces no escuchó? ¿Cuántas veces se ausentó y cuántas otras regresó aceptando nada? ¿Por cuánto tiempo creyó correcta y ulterior su palabra, su actitud, y equivocada la de otros?
Pero todo cambia. No los errores, que esos los seguimos acumulando en bolsas más pequeñas y menos pesadas. Uno cambia. Solo no cambian los amores. Esa palabra vasta, cursi y agitada, que pertenece a cada historia nuestra, a la raíz, a la semilla, a los días más aventureros, a la casa y al monte de la infancia, a los brazos amigos que se agrandaron sin improvisaciones o se marcharon sin vuelta de hoja. Cuando estuvo del otro lado de tanta perspectiva empalmó palabras y se dejó empujar. El más enigmático empuje. Hay cosas que no cambian. Y había que vivirlas a pesar de que luego hubiera que juntar trozos de cristales exponiendo sin remedio finas líneas amarillas. A pesar quizás, de no volver a encontrar algún pedazo.

viernes, 30 de marzo de 2012

Tiempos

El reloj del abuelo Ficato vegetaba taciturno y desabrigado en una casa del Vedado pintadita de verde claro, con portal pequeño y ventanas de cristales a través de las cuales podía verlo mover su pesado péndulo dorado y del que, en mi visión fantasiosa, brotaban lágrimas. Una de las tantas historias que eran parte de nuestras excursiones a comer sándwiches a la cafetería El Carmelo o a la de El Potín. De regreso a casa en el veterano Ford de la tía Carmen transitábamos despacio por delante de aquella casa para saludar con cariño de antiguos amigos al triste reloj. Asomando el rostro por la ventanilla mi hermana y yo, regadas las greñas por la brisa, la tía Carmen nos contaba siempre con voz recóndita que en esa casa vivía el señor Ficato. Militar retirado con alto rango y honores que hacía muchos años gustaba de tocar el piano en el saloncito de su casa y de limpiar su querido reloj de pie. Regalo de su bisabuelo a su abuelo y de su abuelo a su padre y de su padre a él. Una caja de madera de mar, hermosa y tallada, con una dedicatoria en letras de oro: El tiempo descubre la verdad. Una pieza única, una obra maestra. Lo había mandado a hacer a un famoso ingeniero relojero de su ciudad natal allá en Cataluña y se lo entregó al primero de los Ficatos en su graduación de médico. Se conservó en el mismo sitio por años, y para que la luz del sol no blanqueara su cuerpo cobrizo durante las horas del mediodía lo cubrían con la mantilla de encaje de Chantilly de su esposa. A mediados del año 1959, cuando los barbudos ya asentados en la capital pesquisaban rezagos y dominios, se le aparecieron en la casa al señor Ficato. Buscaban su arma pues no aparecía registrada en las entregas. El tembloroso y enfermo abuelo Ficato, como ya le llamábamos a estas alturas de la historia, aseguró que si la había depuesto, que sería una equivocación, un error burocrático. Tres hombres uniformados del verde olivo revolucionario estremecieron la casa, dejaron gavetas tiradas en el patio, colchones rotos y lozas de la cocina levantadas. Casi al salir, uno de ellos reparó en el viejo reloj del que ya le habían molestado sus campanadas. Y fue por el. No valieron las súplicas del abuelo Ficato o el sollozo arrasado de su mujer, ni la intervención del vecino llamado a testigo. Con una silla quebraron la caja del reloj por detrás, sacaron la maquinaria y le dejaron todo hecho un amasijo de metales sonantes sobre el sofá de mimbre. No encontraron nada pero le dieron cita para pagar una multa por desacato. Desde entonces los acordes de Bach se enmudecieron y solo se escuchaba el eco de martillos y clavas, y el retintín de llaves y pinzas. El abuelo Ficato recompuso su reloj y lo colocó en el mismo lugar, exhibiéndolo a todos los transeúntes que le habían admirado desde siempre.
Sus hijos y nietos abandonaron el país unos años después sin que les dejaran llevar ni sus propios relojes de pulsera, y el abuelo Ficato murió tomando su siesta en el sofá de mimbre al lado de su reloj. Dinorah, la cridada de la casa, recibió todo en testamento, y conservaba la joya en el mismo sitio. Fue ella quien contó la historia a una amiga de una amiga de una amiga de mi tía Carmen. La primera noche que la escuché, llegué a casa y agarré una silla de la cocina, me encaramé y descolgué de la pared, en lo alto estante del calentador del agua, el reloj amarillo con bordes dorados en forma de cafetera que conocía de toda la vida y que regía los tiempos de mami para la cocina y para nosotros. Lo escondí entre las colchas de los perros y no pudieron encontrarlo en varios días. Hoy creo que aferrarse al pasado con garras de tigre no es totalmente saludable. No debemos, y no queremos, olvidar. Pero no podemos desangrarlo buscando una cura. Si alguien me hubiera arrebatado aquel reloj amarillo en forma de cafetera de la maravillosa cocina de mi casa hubiera perdido mis tiempos y mis sitios, e igual que una paloma mensajera no encontraría regreso al hogar.

lunes, 19 de marzo de 2012

Recuento

Desde pequeña quise ser actriz. Como casi todas las niñas. De las cosas que se me ocurrieron en ese largo camino hasta el momento de elegir, fue la única que atesoré con esperanza. Crecí en una casa llena de espejos y lunas inmensas y me paralizaba ante ellos con vestidos, zapatos y collares de mami y tía. Teníamos una buena biblioteca donde se podían encontrar viejos long play de 33 y 45rpm de boleros, zarzuelas y algún que otro importado. Lo mismo imitaba a Sarita Montiel que me deleitaba siendo una versión femenina de Barry Manilow. Cuando me di cuenta que no tendría ni cuerpo de modelo, ni afinación ni voz, ni aptitudes de danzarinas igual quedé tranquila pues ser actriz era mucho más que eso y si podía escribir mejor aun. Teatros, obras de la escuela, monólogos, declamaciones, y escuela de arte. Seguí cada paso con cautela y timidez. No lo logré. A alguna edad te das cuenta que hacen falta mucho más que persistencia y talento para conquistar algunas cosas. En ese largo camino también soñé con ser piloto de aviones comerciales. Coleccionaba y armaba todos los modelos que vendían y que por supuesto eran todos los aviones rusos del momento: Ilyushin, Yakovlev, Tupolev, Antonov, me los conocía al detalle y me devoraba toda la literatura rusa sobre el tema. La única escuela de aviación cubana radicada en la isla no aceptaba mujeres. Un día también comprendí que mis hipo-glicemias y constantes migrañas no me llevarían a ningún lugar de esos. Pero como la vida no es vaca cerrera y si te apuras alcanzas, me hice maestra, y a pesar de los inconvenientes que los difíciles años del “periodo especial” y el descalabro nos fueron reportando, terminé viviendo entre la música y el arte con la satisfacción de escuchar cada nota y sentir cada interpretación con la misma fibra de aquellas viejas ilusiones.
A unas pocas horas de que mi hijo cumpla catorce años lo miro y me pregunto si algunas de todas las ilusiones que ya va almacenando las lograra vivir. O si fantaseará con algunas demasiado engrandecidas. Ser adolescente es complejo. Allá lo vivíamos diferente, y a nadie le conmovía si tus hormonas o tus espacios tenían importancia. Mi hijo dice, y es lo único que ha dicho en muchos años, que quiere ser médico. Busca en internet el ranking de universidades para hacer el pre-med y la carrera, costos y especialidades. Y quiere ser tan brillante como Dr. House. Parece ser que el también tiene su Barry Manilow y su Tupolev. Pero no le decimos que para lograr algunas de estas cosas no solo se necesita persistencia y talento. Solo quiero que sea noble. Suponemos que haber dejado tanto atrás para intentar proveerle un futuro será recompensado.
 Le vi afeitarse su bigote por primera vez y recordé cuando lo mecía en el sillón por horas. Lo miro y estoy tan segura de que no haber sido actriz o piloto de aviones, no me dejaron ni una marca. Lo veo patinar y reírse con los amigos, lo veo llegar de la escuela diciendo “que hambre tengo”, lo observo cuando duerme y casi se le salen los pies de esta cama, y estoy tan segura que la mayor satisfacción de mi vida no me la hubiera dado ninguna profesión.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La mujer del coronel



Una novela de Carlos Alberto Montaner.

“Es una novela sobre la libertad, sobre la libertad de las personas para tomar sus propias decisiones en las circunstancias más dramáticas. En Cuba, uno de los controles más lamentables que existen, una de las faltas mayores, es la falta de libertad afectiva. Un régimen que es capaz de decirle a la sociedad –ustedes no pueden tener contacto con las personas que se fueron del país, usted no puede volver a tener contacto con sus hijos o con sus hermanos o con sus padres porque esas personas se fueron del país…porque son desafectos al régimen- entonces cuando un sistema entra en el corazón de las personas y les dicta a quienes tiene que amar y a quienes tienen que rechazar y a quienes tiene que aplaudir aunque no los quieran y aunque los detesten, cuando un régimen se adueña de la afectividad de las personas ha liquidado cualquier vestigio de libertad. Después de eso la libertad económica, la libertad política ya eso no significa nada porque ¿qué puede haber más importante que el derecho a hacer con el afecto y con el corazón lo que uno desee? Por eso decía que esta es una novela dedicada a explorar la libertad”.*

Y comencé a leerla con la desconfianza de ojear lo mismo con lo mismo, esa mezcla impaciente de daños, repercusiones, infortunios, niñas prostituidas, vecinos desafiantes ante cualquier pista de tenencia, familias en ofensivas diarias por un trozo de pan, balsas, balsas...muerte. La realidad que conocemos aunque la vivamos a ciertos pasos de distancia y que desde este otro lado de la orilla me mudó el espíritu en desafío y culpa. Y hallé un asomo distinto. La mujer del coronel lo tiene, lo devora y no lo dice, no me lo ralla con el lado sin filo del cuchillo. Desmenucé palabras dispares, repasos rancios que venían de otras voces, parajes de los patios y entrecalles húmedas, de aquel vecino vestido de verde con olor a charco que no nos dejaba correr por su pedazo de acera, de la trágica historia en el velorio de la hija de A., del mar y aquella frase “tú te marchaste, yo me quedé” y las caras de todos cuando se oía en el Phillips “Lagrimas Negras”.
Uno escucha, uno habla, uno comenta pero no siempre se detiene a pensar. Y por un rato me enfrasqué en que tal si el Coronel Arturo Gómez y su mujer Nuria hubieran sido los vecinos de al lado. No hay una vida que no haya sido tocada por el desafío, por el egoísmo de las ideas sublimes y costosas, por la mano que ofreció y timó. Tampoco han existido muchos pueblos que no sucumban ante tanta exaltación y fogueo.
La novela me devoro a mí. Una historia de amor que te estaciona en una época y un lugar en que no hubiera querido vivir. Una historia de amor llena de sensualidad, sexualidad y erotismo. Y de escenas muy gráficas y demandantes. A veces me detuve y cerré el libro. No por pudor ni candor. Por vergüenza, por cobardía, por pena ajena. Pensaba en Nuria, en la ambigüedad de sus sentimientos, en la tergiversación de su propia realidad, en su inteligencia desmantelada. Nuria no amó a un hombre, no engañó a nadie, amó el amor, la libertad de sentir, de poseer, de entregarse. Dejó de engañarse a sí misma por unos días. Y cuando todo el tumulto de pasiones, de amores filiales lejanos, de aires cálidos y dulces en viejos empedrados se soltaron la abandonaron sorprendida y vulnerable.

"…no Arturo mis padres no eran unos traidores. Eran simplemente unas personas que no querían vivir en Cuba, que no creían en la revolución… no, Lucia no es una enemiga ni una agente de nada…encontrarme con ella fue encontrarme con un pedazo mutilado de mi vida…no, no fui a Roma a engañarte…no Arturo, no soy una puta, no me ofendas…tal vez quería sentir emociones antiguas…necesidad de experimentar una felicidad distinta……yo no quería hacerte daño… no, te equivocas, no pretendía humillarte. La relación con Martinelli, cincos días miserables, no era contra ti, sino por mi…no vuelvas a llamarme puta…y ¿tus infidelidades, Arturo?...si…ustedes tienen la necesidad de regar esperma y nosotras de sentirnos amadas… ¿Por qué me fui a la cama con un viejo? Porque yo no andaba buscando belleza física, ni nadie que compitiera contigo…sabía que estaba mal lo que hacía, pero también sé que es absurdo exigirle permanentemente a las personas un comportamiento que es contrario a la naturaleza humana…lo que me parece terrible es que el ejército y el gobierno se inmiscuyan en las vidas privadas de los cubanos…tampoco es verdad que exista el honor colectivo… ¿a quién coño se le ocurre decir que una institución, una abstracción jurídica, tiene honor? Honor tenemos tu y yo, pero ni tu honor depende de mi actuación, ni el mío depende de las cosas que tú haces ni el de los dos depende de lo que podemos hacer con nuestros genitales…te equivocas, yo si tengo honor y no ha desaparecido…Mi honor consiste en serte leal a ti y a mi misma en las cosas fundamentales de la vida. En tener valor para abrazara mi hermana. En defender las cosas…que creo… ¡Soy una mujer coño, que una vez se dejo llevar por su corazón sin pretender hacerle daño a nadie!…Hay mil cosas peores que las infidelidades…"**

Un buen libro, se lee rápido, te mantiene alerta, y te sorprende. Nos cuenta una historia con un interesante equilibrio entre la prosa y los personajes. No puede leerse con mojigaterías o prejuicios. Y de día mejor, durante la hora del almuerzo y en público…

* Palabras de Carlos A. Montaner en una de las presentaciones de su libro.
**Ultimas páginas de la novela, en su enfrentamiento con el esposo. Se le conoce como el monólogo de Nuria.

martes, 13 de marzo de 2012

De vuelta

Galveston 2012
 Como si nada hubiera sucedido o mejor dicho, como si hubiera sucedido de todo. Los tiempos, cuando lo he experimentado, tienen la duración de los espacios personales, de las plazas de la voluntad, de los estados de ánimo, de la vitalidad que les entregues. Te estancas o te agitas, te sacudes o te detienes. Nada es lo mejor ni lo peor. Todo es lo que tú construyas, lo que necesites.  Este minutar filosófico no me sirvió de mucho. Decidí no pensar en esta calle mía de hablar como me gusta, en esta avenida de los otros lados donde viven algunos fantasmas. Decidí quedarme medio quieta por allá y dejarme llevar por la marea. Tuvimos visitas largas, preparativos para las que vendrán, luego la tía que se fue, seis meses un poco mas aturdida y llena de lo que en la isla llamamos “pacotilla” y todo lo demás que ni te imaginas que allá se necesita.  No hice cosas que debía hacer lo que agrandó “aquello que está pendiente”, me quejé de lo mismo que siempre me quejo, me hundí en la lectura de algunas cosas muy buenas y le pase por arriba a otras regulares, he mejorado del pie, llovió y llovió como venía haciendo falta y luego estoy de vuelta. Y contenta. Y como escribió Le Pera y cantó Gardel  eso de que “veinte años no es nada” aun está por ver…
Pero este Volverás …

miércoles, 25 de enero de 2012

Trance

Orquidea con olor a chocolate. Cuba, Orquideario Soroa, 2010
 Igualito que con la tormenta que está cayendo ahora mismo. Que llueve y para, que derrumba y escampa, que sopla el viento y asusta y que se calma. Luego habrá que abrir ventanas y luego abrir las puertas. Benedetti, en su novela Primavera con una esquina rota, de las prosas que prefiero, marca así más o menos los espacios de Santiago extrañando a Graciela y al mundo desde una celda colmada por unas “ganas de abrir ventanas y lo que es peor de abrir una puerta”.
Afuera hay una de esas tormentas que conocemos por aquí y que, con este raro calor peregrino en el mismo medio de Enero, asusta tras un aviso de tornados. Y entonces me dieron al fin, unas poquitas ganas de escribirlo. Durante los últimos días habían desaparecido y ahora que lo hago ni siquiera creo que tenga realmente ganas. Y he pensado mucho en el asunto y he sentido que abrir una página y revolver otras no puede ser una presión. Y la he sentido. No es que no quiera escribir, es que no tengo deseos de escribir. Eso para mí, es más o menos, no tener ganas de hablar. No tener ganas de decir. Me gustaría pensar que es una mezcla aderezada de desajustes de hormonas, clima embarazoso y autodisciplina en falta.
Pero también creo que debemos darnos estos chances de regarnos, de parar de decir siempre lo que creemos que debemos decir, de perdernos un poco en alguna bobería, de mandar a “casa ‘e la yuca” las impaciencias, de permitir a la “midlife crisis” que nos arrastre, nos tome el pelo, que nos haga un poco de mierda.
Cosas buenas: ha venido J. Diecisiete años que no lo veíamos. Vino de la Česká Republika a donde se fue casualmente durante el agosto del maleconazo habanero en busca de algo mejor que aquello que teníamos, o de lo que no, en el verano del 94.
Cosas malas: los desánimos
Y de otras cosas: se busca solución tecnología de punta touchless, un invento del 3000, una lectura mental o extraterrestre que le evite a las mujeres tener que visitar al ginecólogo para los exámenes anuales que a cierta edad son necesarios…


miércoles, 4 de enero de 2012

Y debía


(Tomada de la red)
haber posteado este inicio de año como se suponía que hiciera cualquiera que como yo anda por estos lares pero por pura paranoia-anti-régimen no quise siquiera mencionar el nombre de la Isla este pasado primer día del 2012. Tenía mucho que desear y mucho que pedir. Y no por hacerme la más modesta ni la más pura ni la más humilde, pero no creo necesitar mucho para mí y los míos. Bueno…salud, que eso si en estos leves cuarenta y… ha llegado a molestarme: unos dolorcitos por aquí y otros por allá. Ah! A veces, déjenme decir así como quien no quiere las cosas, pienso en cambiar de casa. No una mejor ni más grande exactamente. Una que tenga lo que, ya después de esta experiencia, disfrutaría un poco más. Un patio o patiecito techado para tomarnos el café en las mañanas aunque llueva y la copita de vino en la tarde noche aunque enfríe (y por qué no, fumarme mi cigarrito de vez en cuando), una que no tenga escaleras ¡ni un solo escalón! Y con un closet más grande en nuestro cuarto.
 (Y yo haciéndome la modesta).
La verdad es que me he sentido un poco rendida. Eso de escribir un post deseando que el 2012 venga así y asao de bueno y venturoso se me hizo talco de bebé. Si yo misma no me lo creo. Mi isla no me repone optimismo ni certezas. Mi esposo, en medio de la festividad y estallido de copas de la noche del 31 nos recordó a todos que mientras nos enwhiscabamos Ivonne Malleza, esa negra cubana con alma de mambí en batalla, estaba encerrada en una celda de castigo y en huelga de hambre. Una cubana que decidió que la libertad y la democracia en su tierra valían más que su propia vida. Y a pesar de que alzamos las copas en un grito de Libertad para Cuba (como unos viejos miameros de la calle 8 en la esquina del Versailles) sentí que en medio del pecho la vergüenza y el odio se me dieron cita y sin majadera melancolía ni ventisca pasada.
Debí haber escrito un post donde dedicara mis deseos de año nuevo a ver mi isla rescatada de la castrodictadura de una vez y por todas, debí haber estampado mi fe de asco y algún estatuto de chispazos anti-bélicos, debí haberles contado a ustedes de aquel sueño donde construíamos un puente-muro, de verdad y de concreto, desde South Beach hasta Varadero y lo cruzábamos bailando y en medio de una añeja comparsa maleconera, debí creer que gritaba como todos los valientes que gritan y son apaleados.
Y ¿por qué no? También debí dejar constancia de mi aspiración augusta de perder estas libras de más y regresar al gimnasio en tanto me lo permita la tal fascitis plantar y también podía contarles que he jurado tener dos y medio ápices de paciencia con mi pequeño de trece años, agasajar nuestro veinte aniversario de novios, y jurar que intentaré amar al prójimo disimulando un tanto algunas ganas de golpearlo.
Pero me han ganado todos. Me vencieron todas las enhorabuenas y los fuegos. Me superaron los otros Blogs, las otras personas, la bola de New York, la otra vida. No he tenido ganas de postear nada, ni de aquello ni de esto. No sé que desearles para este año que ya llegó y en tres días nos puso en línea con los babalaos, los rumores tediosos de muertes deseadas, los albures de Iowa, y los millones de hits en You Tube.
Yo que debía…me quedo así contemplando la gravedad si es posible. Y entonces esto es lo que finalmente les digo…

viernes, 23 de diciembre de 2011

Noche Buena

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Mañana celebraremos Noche Buena. Esa noche que hemos hecho tradición en casa, nosotros, unos cuantos amigos que ya son la familia, unos otros que están más solos, y algunos más que a última hora no saben para donde agarrar. Allá en la isla parecía que vivíamos los mismos en mundos diferentes. Algunos sabían lo que era, otros no (mi esposo nunca oyó hablar del tema en toda su vida familiar) algunos la celebraban silenciosamente, y otros la añoraban plenos de recuerdos. En mi casa comíamos una comidita mejorada, ya se iba guardando la carnita y se concebía un plan para la noche del 24 aunque nadie se percataba del mismo ni se aludía el asunto, pero mami ese día  sacaba el mejor mantel, ponía la mesa redonda del comedor con todos los cubiertos, se sacaban los vasos del aparador y se cerraba la puerta con pestillo. Y todos sabíamos que no podía faltar nadie a la hora de la comida. Comíamos una piernita asada o unos buenos bistecs, yuca con mojo, frijolitos negros, que a mami le gustaba más que el congrí, mucha lechuga que yo no probaba, y algo de maíz y plátanos fritos. En los años que mi abuelo vivía, teníamos cuidado de no traerlo en su sillón de ruedas a la mesa porque temíamos que nos delatara con sus improntas revolucionarias. De todas maneras, para todos, aquella noche era como otra cualquiera, solo que mami había desafiado la escases y nos había regalado una buena zampada. Quien sabe que recuerdos masticaba silenciosa.
Ahora sé (bueno, hace unos añitos) lo que significa la celebración de la Noche Buena porque lo busqué en internet. También he sabido que algunos ateos, como nosotros, lo celebran porque es ya una tradición cultural arraigada y festiva. Ah! si, somos ateos (y respetamos por supuesto a todos los que no lo son). No sé si lo había dicho antes así mismitico, espero que nadie se defraude ni se sienta ofendido. Y si lo hacen pues que pena, pues yo, y esta casita mía, somos muy buena gente.
El caso es, como ya les había contado el año pasado, esperamos este día para reunirnos sin agitarnos ya de la hora del cierre de la llantera de M. y N. o de cuánto dinero se hizo ayer y si alcanzó para pagarle a Auto Parts, o quejarnos por enésima vez que C. ha estado bajando las notas en Matemáticas en las últimas semanas, o si este perro loco de los demonios nos tiene hasta el último pelo con sus malas mañas y si resolveremos el dichoso problema, o si por fin podremos ir a Cuba o no el próximo año. Mañana en la noche, nos vamos a reír, a querer mucho unos a otros, a cantar boleros en el karaoke, a hablar de aquellos años allá en el Pre o en la beca, alzaremos la copita y el mojito por nuestros queridos muertos que no vimos morirse, y nos contaremos los planes para el próximo año y nos asombraremos de lo lindo con las ultimas fechorías de los gemelos. Vaya, que pararemos por una noche de quejarnos. Prohibido sentirse peor que otro.
Ustedes disfruten su noche, no importa cómo, cuánto, donde y por qué la celebren. Deténganse unos minutos a quererse mucho y olvidar unas cuantas penas, que falta que hace darse su zambullida de vez en vez.
Y a la gente de mi isla, les dejo mi abrazo en aquel muro arrebatado y centenario donde el mar esconde tanta batalla, una huella segura contra un olvido rendido.
Felices Fiestas!

jueves, 15 de diciembre de 2011

granitos de sal

Diciembre tuvo otros nombres, ajenos ya, borrosos. El último fue el baile y los besos semejantes a la tristeza o a todo aquello que entonces éramos. Diciembre no alteró sus nombres ni sus algazaras por más difusas o distantes que anidaran. Escaleras abajo en zafarrancho encrespado, muelle sin barco adivinando silbidos y sirenas, novia sin velo ni tul, el sillón de hierro y las piernas moras, un amor sin la r y una voz sin tu voz.


Mi rostro, encajado en mis rodillas, ahogando unos vacíos trechos de futuro. Entender no hace feliz. Ser feliz no hace entender. Te llevo, como carga justa o como alivio consentido, ya da igual, sobre todos y cada uno de mis huesos, los que duelen y los que no. Te llevo no lo dudes, como llevo el mar; estos granitos de sal y sortilegio que poseo en la yema de mis dedos.

sábado, 10 de diciembre de 2011

gestos

Si esa luz nos unió, como aquella deliciosa leyenda de mirar a la luna cautivó espíritus amantes,  habremos vivido todos los instantes ya tan lejanos, un poquito otra vez…

martes, 6 de diciembre de 2011

visitas

Yo hubiera querido quererte para siempre. Decir tenerte, volverme loca sobre todos los grises del mundo, violentar todas las respuestas que la vida, la sabiduría o la inercia nos delinearon sin voces.
Yo hubiera querido quererte como podía. Pero las vacilaciones y tres torpes tarjetas fueron pura simpleza. No regreses a mis sueños buscando algún alivio. No regreses, solo eso, quédate donde estampaste el día de morirte, la irresolución de tus pasos, la placidez que te inventaste.
Yo hubiera querido quererte sin quererte. Solo así como nadando en la orilla salpicándome los dedos, como escupiendo una semilla. Pero te apareciste ese día en que cada fantasma era una esforzada condena y mis aturdidas alas no lograban alzar vuelo. Pero te apareciste, como anoche, sin previo aviso y de un brutal portazo.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

“Our house was our castle and our keep...”

Ahora se pueden vender casas en la isla gracias al Decreto-Ley 288. Es decir, ahora los magníficos de la pagoda comuñanga-sociolista te dejan hacer lo que tú quieras con tu propia casa. Se puede vender y se puede comprar. La demencia con los precios y el carnaval caribeño del “real estate” llegaron a destino salsoso. Ahora tendremos “permutas” y otros asuntos finalmente asentados por el patrocinio de la ley. Claro, de la ley de la botella erguida, antes AKA ley barbiluenga. Y claro, esto es bueno, pero sensible. Donde se ponga el dedo aparecerá la llaga. El respeto por el derecho ha llegado tarde, tan tarde que no habrá manera hacer compaginar este con las penurias actuales de vivienda de las familias cubanas. ¿Quién podrá comprar? Les invito a hacer una visita por sitios como Revolico o Cubísima por solo mencionar dos de los más celebres.
Desastre, locura, humillación. Que me recuerdan algunas historias de casas.
Mi casa de la calle 15 muchos años ha…fue propiedad – como ha constado, inscrita y pagada en certificado- de mi abuela, o sea mi mami, nacida como África, conocida como Hilda. Murió a los noventa y cinco años, orgullosa de haber dejado a su descendencia lo poco que podía (según la época y lugar que ya sabemos): una buena casa que era todo el fruto de su duro trabajo como costurera, lavandera, posadera y cabeza de familia. Sin necesidad de un testamento se traspasó la propiedad a sus hijos: mi padre y mi tía. Cuando ambos comparecieron ante “las oficinas de la vivienda” para rubricar un nuevo certificado de propiedad les obligaron antes a pagar la casa otra vez. Ante el asombro y reproche de ellos la funcionaria, una mulatona muy joven y cuerpua, le espetó a mi tía en su cara: “Oiga señora no se me ponga bravita, pero tiene que pagar, usted ahora va a hacer propietaria de una casa” a lo que mi tía le dijo: “¡Gran cosa! ¿No? No se me ponga bravita usted, yo soy propietaria de esa casa hace muchísimo tiempo, seguramente antes de que tu nacieras”. Con omisión de esta platiquita que la tía me contó y que las condujo a un ligero careo sobre leyes absurdas, despojo y falta de respeto, la cosa en esencia fue que la casa ya había sido pagada en su totalidad a lo largo de unos veinte o treinta años, ahora si querían el papelito en mano (cosa necesaria por disputas heredadas) había que pagarla otra vez. El dilema ¿Cómo? Bueno ¡al rescate los apátridas! con un envío por la Western. Y solo así, mi tía y mi padre tuvieron el derecho a poseer lo que ya era suyo.
Otra de mis tías, Capuleto y Lawtense, ya no cabía en la casa humilde de los abuelos donde había que lidiar con cuatro hermanos, algunos cuñados y varios sobrinos. Mi abuelo tenía suficiente dinero para haber comprado por aquel entonces un pequeño cuarto, un sencillito apartamentico, un llega y pon, lo que fuera. Pero era ilegal. No se vendía, no se compraba, no se alquilaba. Esta mi tía, que además era epiléptica y necesitada de un poco de privacidad- juro que a veces era feroz permanecer allí- agarró sus gemelas y su tercera bebé, pateó una puerta de una vivienda vecina que estaba deshabitada en el nunca bien ponderado Pasaje Vázquez, rompió el sello amarillo de “vivienda” y decidió que allí viviría hasta que la sacaran muerta. Tardaron en llegar unos 5 días. Primero la policía y ella les dijo que se la llevaran presa o le ganaran a patadas. Luego vinieron los funcionarios de “vivienda”. Le dieron un mes. Y luego otro, y hubo días de estación de policía, y luego otro mes, y finalmente casi veinte años después le dieron un papelito con su nombre y el cuño del derecho a propietaria cuando terminara de pagar. Habían revisado su expediente y conocían el caso, e incluso constaba las veces que ella había ido a solicitar ayuda mucho antes y les había hablado de varios cuartos allí en el mismo pasaje, deshabitados por años. Pero no se podía vender ni comprar. Ilegal. Ilícito. Contrarrevolucionario. Rezagos pequeños burgueses. No crean, yo también le dije lo mal que me parecía tal violencia. Ella solo me miró. Era mi tía y me quería. Y yo la criticaba revolucionariamente desde mi casona calentita de Miramar. ¿Habría podido esta ley solucionar este “pequeño problemita” de tantas familias cubanas unos cuantos años atrás?
Bueno, yo solo andaba por aquí pensando en esto, pues quizás ahora muchos puedan cumplirle a sus padres algunos de esos sueños que ya se habían arrinconado. Digo yo.

En el Penthouse de Heriberto ...
...se instaló una tristeza profunda. Llevaba yo varios días esperando algún nuevo post. Entré varias veces al Blog y no logré avizorar, no había ni una nota sobre la ausencia. Ayer me cansé de esperar y escribí en el buscador de Google David Lago Gonzales y el asombro de su repentina muerte me sorprendió como a tantos. No lo conocía. Visitaba su Blog y disfrutaba su poesía, sus artículos y ensayos perspicaces, su violenta sinceridad, su desgarro generacional y su  abatido afecto por un  Camagüey que ya no existe. No quiso volver a Cuba. Y dejó claro que no quería que su obra fuera publicada mientras subsistiera la dictadura. Fue un creador enérgico, persistente, agudo, colaborador, constante. A pesar de enterarme dos meses después, y sin saber siquiera de que ha muerto tan inesperadamente, tengo la certeza de que en Madrid y por estas cibertierras se le va a extrañar muchísimo. Cuba pierde a un escritor y poeta consagrado a su época y su destierro.
David Lago Gonzales (1950-2011)
La Historia sepultará al Hombre.
Mi corazón se detendrá de repente en cualquier calle de Madrid, mi sangre se helará como el agua en una tubería una noche de crudo, imprevisible e incontrolable invierno: una ola de calor súbito me exprimirá como a un limón mientras leo sentado en un banco de El Retiro y al cabo de muchas horas, cuando ya comience a atardecer y se haga raro que alguien pueda leer en la oscuridad, un policía bajara de su caballo y me zarandeará levemente por el hombro creyendo que me habría quedado dormido, y será entonces cuando todo mi cuerpo se desmorone y se convierta en cenizas.
Un montoncito de cenizas sobre un banco de El Retiro, más pequeño que el libro que haya estado leyendo. Eso seré yo.
Pero todas estas formas de morir, tan aparentemente naturales, serán en verdad manifestaciones de la irrealidad. La verdadera causa será el peso de La Historia.
“The boulevard of the broken dreams” David Lago González

jueves, 17 de noviembre de 2011

Mi otra mitad

Otra vez preparando viaje para el parque grande del ratón, esa maravilla que inventó el Señor Walt y que ha sido más exitoso que merengue en puerta de colegio. Ya le avisamos a nuestro “pequeño” de trece años que las próximas vacaciones de Acción de Gracias deberíamos hacer algo diferente. Pero no cabe de alegría al tener la oportunidad de enseñarle a la tía, a sus setenta y tres años, este lugar que tanto lo ha maravillado y que mucho ha disfrutado, aunque la tía tiene miedo que él la obligue a treparse a la montaña del Yeti o que se la trague Jaws en uno de sus zarpazos.
Siempre rebaso este día con ese ambiguo sentimiento de alegría y culpa. Lo mismo de siempre, porque unos pueden y otros no. Porque la familia y La Habana…y tanto más. Y pudiera separarme un poco de ello como hacemos cada día sin poder evitarlo desde que nos taladra el reloj despertador: ocuparnos de nuestra vida ordinaria y particular hasta volver a caer en el mismo lugar y regresar a ubicar el reloj para las próximas horas.
Y esta vez, particularmente, pensé en ti. En todos esos años en que gracias a Mami nos veíamos los fines de semana, los cumpleaños y parte de la vacaciones. Qué suerte que tuvimos las dos, aun separadas, de tener tantos abuelos extraordinarios y dispuestos. Recuerdo aquellos vestiditos que nos bordaba Mami incrustando mariposas e insertando lazos y toda la ropa que nos inventaba siempre igual para las dos, ni un detalle disparejo. Tú con tu pelo oscuro y satinado, el mío medio claro y aturdido, mi cara de letargo y tu rostro de asombro. No nos gustaba mucho aquello de las fotografías pero creo que hoy agradecemos esta inviolable tradición familiar.
Los cumpleaños en la casa del río de los Montesco, las visitas a Lawton y la chivichana a toda velocidad San Mariano abajo, hogar del extenso clan Capuleto, las incursiones al parque Dolores y al cine San Francisco, luego vivir juntas en la casa de la calle 15, los años de la secundaria, la beca, los de mi melancolía y mal humor y tu rebeldía y locura, yo tirada en la cama con un libro y tu sin llegar, las noches de fiestas y tertulias callejeras, de peleas y confidencias, el tiempo en que ya nos cuidábamos la una a la otra: los días estresantes con tu reacción a la anestesia y la vez que me llené de parásitos en medio de la peor escases y ya no sabías que hacer conmigo en los días de hospital, luego los niños llegando casi al mismo tiempo, siempre juntas a los ultrasonidos, los chequeos, los laboratorios, llegar a casa con ellos. Criarlos juntos, como nosotras, y mami tan feliz de esta nueva algarabía, y compartirnos los regueros y las comidas, las responsabilidades y las noches. Han sido buenos años, a pesar de las pérdidas, las ausencias y unas pocas averías que nos deparó el camino.
Haciendo la maleta pensé en ti. En este viaje voy a pensarte. Todas las cosas que habríamos hecho, lo que nos hubiéramos reído y jugado entre tanta “montaña rusa”, muñecos, parques y juegos. Yo con mi miedo constante y mis recelos y tú con tu atrevimiento y tú impulso. O haber estado todos con los niños y verlos como tantas veces disfrutarse y quererse. Los abuelos nos mirarían felices, a pesar de aquella ingénita guerra que se lidió para lograr que viviéramos juntas. Habernos tenido. Tenernos. No sé que hubiera hecho sin ti. No imagino mi vida sin ti. A pesar de que nunca te lo digo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

De las noticias, los recuerdos y el sabor tergiversado de la jalea real


La Colmenita en New York
“La compañía cubana de teatro infantil “La Colmenita”, Embajadora de Buena Voluntad de Unicef, regresó a la isla tras una “exitosa” gira por Estados Unidos, informó este martes su director, Carlos Cremata… Cremata destacó lo “emocionante” que resultó para los niños haber actuado en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, donde el líder cubano Fidel Castro y el legendario guerrillero argentino-cubano, Ernesto Che Guevara, “pronunciaron históricos discursos”, según el diario oficial Granma. “La Colmenita” recibió la distinción de Unicef en 2007 y es el único grupo de teatro infantil con ese reconocimiento que, según Cremata, destaca los resultados de la educación y la cultura en la isla…” (AFP, LA HABANA)

Puedo leerlo con bastante alegría y cierta angustia. Alegría porque quien planta semilla buena merece los más cálidos frutos, quien entrega corazón y voluntad, energía y carácter en una causa tan encantadora como ardua consigue recorrer casi todos los caminos exponiendo sus luces. Y Juan Carlos Cremata “Tin” y compañía lo merecen. Yo no conocí ninguna historia anterior a los finales de los noventa cuando la viví de cerca. Entonces era la historia de un hombre trabajador, soñador, que ya llevaba tiempo en el medio, con agallas y empuje, la historia de un puñado de seguidores con ganas de llevar el arte a donde el arte fuera más apreciado, y dedicaron por aquel entonces mucho, muchísimo tiempo de su vida familiar, de lo que pudo ser otros logros profesionales a alcanzar un poco de esos sueños, y se fueron a los lugares más intrínsecos y lejanos de la isla, mas pobres y fríos, allí donde apenas llegaba ni la noticia, ni la televisión, y mucho menos teatro, teatro hecho por niños. Tuve la suerte de ser parte en uno de esos viajes en el año 1995. Con el apoyo de algunos funcionarios con ganas y “autorización”  y de la “Organización de Pioneros” se podía organizar una guagua para llegar a la ciudad cabecera, y de ahí en adelante camiones, caballos, tractores, lo que fuese. La Colmenita eran unos pocos niños de entre 5 y 12 años, y unos cuantos adultos, entre ellos madres que comprometían todo por cuidar los hijos de otros, que a su vez eran las vestuaristas, costureras, cocineras, enfermeras, y actrices,  algunos muchachos y profesores de la escuela de arte que a su vez eran los actores, músicos, sonidistas, tramoyistas, utileros, cargadores de niños y tíos amorosos en todo momento. La comida era escasa como siempre es por allá, se aseguraba lo mejor a los niños, las acomodaciones eran inciertas, a veces nos cedían un espacio en alguna “escuela en el campo” o la “escuela del Partido”, otras se dormía en barracones e igualmente se aseguraban las mejores opciones para los pequeños. Aquel viaje nuestro fue a las montañas del Escambray. Yo era una invitada, aunque fui tratada como familia, muchos eran mis alumnos de la escuela y mi viaje con ellos pretendía ganar presencia de la dirección de la Facultad para próximas batallas, y un poco de reportaje sobre el trabajo del grupo.
Para su labor diaria se reunían en diferentes casas, sitios prestados, algún lugar de la escuela de arte. Todos, padres e integrantes, aportaban lo necesario para las obras y la utilería, un poquito de un buen samaritano por aquí, un poco de un funcionario inteligente por allá…Un día las cosas comenzaron a cambiar, es decir a mejorar y presentaron su trabajo y su alegría en el momento justo ante los ojos necesarios, y el gobierno finalmente les entregó una sede. En aquella casona del Vedado, los vi recorrer los pasillos, habitaciones, patios, idealizando cada lugar para ensayos, luces, prácticas de canto, vestuarios, aulas. Y comenzaron a planificarles presentaciones y espectáculos a lo largo y ancho del país, en los mejores teatros, sin tanta preocupación ya ni por el alojamiento, el vestuario, el transporte o la comida.
Y actuaron frente a la Reina Sofía de España, y ahora tienen franquicias dentro y fuerade la isla, y hacen presentaciones pidiendo la Libertad de los “Cinco” antiterroristas y comenzaron a salir fuera del país,y son representantes de la UNICEF, momentos en que entonces hay que exhibir, más que arte, buen teatro y encantamiento, fieles principios revolucionarios, y hay que preciarse de la Revolución y hay que decir que uno se muere por Fidel y pandilla. Bueno, no “hay que” pero ya sabemos… y entonces ésta es la parte que miro con cierta desazón porque no sé donde se pierde la línea entre lo que verdaderamente ellos creen y lo que quieren creer, o entre lo que ellos creen y lo que deben creer, entre el talento y la idoneidad… y entre las personas que yo conocí y los juglares… pero claro esto es solo mi apreciación, que como tantos también lo hube de vivir…. No debería establecerme ciertos juicios, pero quien vio y ve tendría que alegar junto con nuestro famoso Marx que el hombre piensa según vive…

martes, 1 de noviembre de 2011

La otra. (XVII)

(La segunda etapa)
Después de ella las cosas cambiaron. La casa del río había visto alterada su rutina hacia unos meses atrás cuando a Picon se le retorció la vida en un segundo y su cuerpo lo abandonó sin enmiendas. Hospitales, pérdidas y frustraciones. Al abuelo Picon le agrietaron el cerebro sin vacilación y sin ajuste, y lo dejaron librarse de lo inevitable entre terapias y loqueros, volviendo a casa hecho solo una mitad de hombre. Por esos mismos días su madre la colocó a ella en este mundo con un poco de trabajo y algún padecimiento, el único que le dio en esta vida y del que quizás – a veces ella pensaba con desánimo- nunca se recuperó. La niña llegó envuelta en telas amarillas y encajes blancos como era la ocasión, pelona y rosada, y con la cabeza de pepino, según comentaba el propio padre. Pero con ella, y sin proponérselo, se remolcó el júbilo renunciado en aquel mausoleo de cristales y mármoles, y la niña descubrió para su regocijo y orgullo en la vida, sus más grandiosos e imperecederos amores. Todos ellos, los del piso grande de espejos y los de abajo en la explanada, los niños y los más grandes, los blancos y los prietos, le ofrecieron su caricia amiga, la cercaron en sus brazos, le cantaron los sueños y le dejaron ser feliz, tanto como se podía en esa sui generis estirpe que finalmente fueron: un par de abuelos, una tía y ella.
Es decir, yo, una noche de agosto de 1969.
Y el mundo de África, de Hilda, de la mujer sana y disciplinada, fuerte y segura que había sido, se convirtió en el de la complaciente y cálida abuela entregándome el amparo y la alegría hora tras hora, agazapando los dolores entre platos de papas fritas y costuras impecables, sorteando las gavetas con tristezas y lejanías, echándolas al río con las algas y las brisas, ingeniando leyendas sobre Paquito y la vieja del moño que no se bañaba, regalándonos las fiestas más radiantes y creativas pobladas de payasos y guitarras, palmeándome mi espalda cada noche con un susurro perpetuo de ternura, andando de mi cama a la de Picon en noches de permanente fatiga. Su olor nunca se me escapó ni en los momentos más feroces cuando el fango y el absurdo arrasaban hasta con la memoria.
Yo en los brazos de tia, a la derecha.
Mi abuelo Picon, en su sillon de madera
  En la casa del río comenzó todo, la misma casa donde el agua varias veces nos arrebató los deleites, donde en ocasiones el río nos agobió hasta el impulso, la misma casa donde el amor me dio la enhorabuena, allí gocé sus pasillos y terrazas, sus piedras y olores a humedad, allí nunca poseí la sensación del mundo verdadero, cosas parecidas a esas sacudidas con las que comenzamos a abrirnos paso desde un útero tibio y que solo se truecan en realidades que tocamos o enfrentamos un poquito más tarde…solo un poquito más tarde… 

martes, 25 de octubre de 2011

Imágenes

La noche era de las abrigaditas, ni frio ni calor, bien rico el “weather”. Desde la ventanilla trasera podía ver la vida pasar. Eso fue lo que pensé. Imágenes. Fulgor y sombras. Pestañear y perder. Conquistar y ser. Lo mismo que la vida. Luces, carros, luces, sórdidas esquinas, destellos mezclados, almacenes extintos, obras de aluminio, luces, y los grandes anuncios de la mordida: “En este hospital el cáncer se cura”, “en este mercado tenemos los precios más bajos”, “en esta clínica te amarran tu estómago aguafiestas y te pones luego así como una Barbie”, “en esta boutique del Mall te vuelves loco”… La música sutilmente hipnotizándote y ellos adelante tarareando a Bruno Mars y en veinticuatro hercios por segundo desfila un retazo de vida a través del mismo cristal, en el más delicado silencio que te robas. Tu rostro revelado en el vidrio de la ventana con los destellos yendo y viniendo entintando cada lapso. Aquellos días y la playa, los abrazos fabulosos de la niñez, las peleas en el patio de los vecinos, la larga loma después la escuela, y hacerte mujer, pedalear y pedalear y no llegar, descubrir la desesperación y todo el mundo desparramándose como un juego de yaquis sobre granito pulido… Un atisbo de volver la mirada…Nunca lo hubo. No lo habrá. Las imágenes que se pierden, los cláxones que ya no escuchas, los rostros que nunca definiste. Ahora no, ahora ya no. Te adentras, como en la vida misma, en el último tramo que te pertenece. Imperecedera propiedad que ya conoces y no te atreves a soltar. La estufa de tu alma. Y sientes que ahora el camino es más lento, que no te agobian las luces, los carros, los cláxones, que puedes recostar tu cabeza al cristal de la ventana y dejar aparecer los pinos enrojecidos, los venados correteando ya menos sedientos, las ardillas tramposas y agobiantes, todas esas cruces e imágenes que ya no juzgas, y esta oscuridad prematura que hace pocos años aborreciste hasta que comenzaste tu misma a disiparlas temprano. El perro ladra de alegría, te empuja y le dices dos disparates y sueltas todo sobre el sofá.  ¿Un atisbo de volver la mirada? A veces llega el momento justo en que lo odiarías.

martes, 18 de octubre de 2011

cosas de novelas

Dio unos pasitos mas, se acercó a la puerta y arrimó su puño listo para llamar. Pero un suspiro tan roto como esa aldaba roñosa y corroída le sujetó el ansia. “¿Y si no me recuerda? ¿Y si me recuerda? ¿Y si no nos abrazamos ni nos besamos ni nos decimos todas esas cosas que nos prometimos hace veintitrés años? ¿Y sí solo me saluda y luego dice mirándome derechito a las caderas: como ha pasado el tiempo?"
Dejó su mano clavada en la aldaba mientras un torrente de augurios zarandeaba su cerebro. “Las historias de amor no existen mija, eso solo es cosa de novelas y las películas”. El hombre que se queda, se queda. Lo demás es pura habladuría”. Eso y más, cada noche acomodada en su sillón de mimbre, le largaba la madre mientras ella se consumía, en la mecedora contigua, con algún bordado o costura que nada le estimaba. Movió la aldaba ligeramente. Espero unos segundos, y con chorritos de sudor rodándole entre las piernas caminó menos ligera pero fue escaleritas abajo sin regresar la vista. “No vuelvo, no vuelvo” se dijo y ya estaba arrepentida por no haber esperado otro ratico más.
El machaque de la madre le laminaba a segueta mientras apuraba el paso. “Quien de verdad te quiere, no se va y te deja así hecha un bulto y sin abrigo. Sabe Dios a dónde fue a parar en ese barco. ¡Que vengo pronto! ¡Bah! Patrañero. Lo veía venir, lo veía venir, pero tú no escuchas niña, tu no escuchas, es que eres mu’ ignorante mija, mu ‘ignorante!”
Fue su propia madre quien lo volvió a ver trajinando en la fila larga de comercios de la Avenida Matarimbe, lo siguió impúdicamente, con la cara pálida y el corazón bufando. Fue su propia madre la que le dijo ve a verlo y dile la verdad. Y ella: ¡pero mamá si tu…!”. “Así mismo mija, así mismo, como en las novelas y en las películas, ve y dile la verdad.”
Regresó en medio de una tarde bochornosa y rosada. Se dejó caer en la mecedora destartalada, al lado de su madre que agarraba el tejido desorientado e inútil y la miraba con la angustia de los destinos malsabidos. “No era él, madre, no era él. Su esposa me abrió la puerta y él me invito a pasar, y hablamos mucho, ¿sabes? Y tomamos un cafecito, y no era él madre, no era él. Sí que se le parece bastante, pero ellos son del interior, vinieron a la ciudad hace solo unos años, tienen cinco hijos y pronto se van a América. No madre, sí que se le parece, pero no era él. Ya olvídese de eso. Que a nosotras no nos hizo falta nunca hombre alguno, ni a Candelaria un padre que le estuviera ajustando la correa. Bueno madre, me voy a refrescar que estoy empapa’ita”.
Se metió al baño como humo sin peste. Lloró. Lloró hasta que el pecho se le se aletargó en una maraña de derives. Salió salpicada de agua clara y embadurnada de talco y enrojecida del vapor en la contienda. Asomó su rostro a la puerta de la estancia para llamar a su madre a comer y se encontró de frente con la visión del hombre en el mismo día de la partida prediciendo un pronto retorno. Sacudió la cabeza y el cuerpo en una danza irritable y liada. Regresó la mirada y no era la imagen de antaño, era él mismo, allí mismo, invadiendo su mecedora y en plena faena de bazas con su madre que había soltado el tejido y movía sus manos con felicidad. Se acercó paciente e incierta, ambos tropezaron la mirada sin sombras ni aborrecimientos, su madre suspiraba y con sus ojos duros y agobiados rogaba alguna palabra. En un segundo sempiterno, Candelaria abrió la puerta de la calle en aparición rozagante y jubilosa acarreando libros y azucenas. Le sonrió a todos los presentes y sin cachazas ni verbenas saludó “¡Ay abuela, tremendo calor allá afuera!”.

(Esta historia me la contó la protagonista, dueña de la mata que daba los mangos más rojos de todo el barrio. Me la contó y me dijo que era la “puritica verda’ ” y yo que sucumbía por las historias más cursis me le quedaba mirando extasiada mientras arrancaba cáscaras a los mangos. Candelaria vivió cien años hasta anoche.)