La noche era de las abrigaditas, ni frio ni calor, bien rico el “weather”. Desde la ventanilla trasera podía ver la vida pasar. Eso fue lo que pensé. Imágenes. Fulgor y sombras. Pestañear y perder. Conquistar y ser. Lo mismo que la vida. Luces, carros, luces, sórdidas esquinas, destellos mezclados, almacenes extintos, obras de aluminio, luces, y los grandes anuncios de la mordida: “En este hospital el cáncer se cura”, “en este mercado tenemos los precios más bajos”, “en esta clínica te amarran tu estómago aguafiestas y te pones luego así como una Barbie”, “en esta boutique del Mall te vuelves loco”… La música sutilmente hipnotizándote y ellos adelante tarareando a Bruno Mars y en veinticuatro hercios por segundo desfila un retazo de vida a través del mismo cristal, en el más delicado silencio que te robas. Tu rostro revelado en el vidrio de la ventana con los destellos yendo y viniendo entintando cada lapso. Aquellos días y la playa, los abrazos fabulosos de la niñez, las peleas en el patio de los vecinos, la larga loma después la escuela, y hacerte mujer, pedalear y pedalear y no llegar, descubrir la desesperación y todo el mundo desparramándose como un juego de yaquis sobre granito pulido… Un atisbo de volver la mirada…Nunca lo hubo. No lo habrá. Las imágenes que se pierden, los cláxones que ya no escuchas, los rostros que nunca definiste. Ahora no, ahora ya no. Te adentras, como en la vida misma, en el último tramo que te pertenece. Imperecedera propiedad que ya conoces y no te atreves a soltar. La estufa de tu alma. Y sientes que ahora el camino es más lento, que no te agobian las luces, los carros, los cláxones, que puedes recostar tu cabeza al cristal de la ventana y dejar aparecer los pinos enrojecidos, los venados correteando ya menos sedientos, las ardillas tramposas y agobiantes, todas esas cruces e imágenes que ya no juzgas, y esta oscuridad prematura que hace pocos años aborreciste hasta que comenzaste tu misma a disiparlas temprano. El perro ladra de alegría, te empuja y le dices dos disparates y sueltas todo sobre el sofá. ¿Un atisbo de volver la mirada? A veces llega el momento justo en que lo odiarías.
martes, 25 de octubre de 2011
martes, 18 de octubre de 2011
cosas de novelas
Dio unos pasitos mas, se acercó a la puerta y arrimó su puño listo para llamar. Pero un suspiro tan roto como esa aldaba roñosa y corroída le sujetó el ansia. “¿Y si no me recuerda? ¿Y si me recuerda? ¿Y si no nos abrazamos ni nos besamos ni nos decimos todas esas cosas que nos prometimos hace veintitrés años? ¿Y sí solo me saluda y luego dice mirándome derechito a las caderas: como ha pasado el tiempo?"
Dejó su mano clavada en la aldaba mientras un torrente de augurios zarandeaba su cerebro. “Las historias de amor no existen mija, eso solo es cosa de novelas y las películas”. El hombre que se queda, se queda. Lo demás es pura habladuría”. Eso y más, cada noche acomodada en su sillón de mimbre, le largaba la madre mientras ella se consumía, en la mecedora contigua, con algún bordado o costura que nada le estimaba. Movió la aldaba ligeramente. Espero unos segundos, y con chorritos de sudor rodándole entre las piernas caminó menos ligera pero fue escaleritas abajo sin regresar la vista. “No vuelvo, no vuelvo” se dijo y ya estaba arrepentida por no haber esperado otro ratico más.
El machaque de la madre le laminaba a segueta mientras apuraba el paso. “Quien de verdad te quiere, no se va y te deja así hecha un bulto y sin abrigo. Sabe Dios a dónde fue a parar en ese barco. ¡Que vengo pronto! ¡Bah! Patrañero. Lo veía venir, lo veía venir, pero tú no escuchas niña, tu no escuchas, es que eres mu’ ignorante mija, mu ‘ignorante!”
Fue su propia madre quien lo volvió a ver trajinando en la fila larga de comercios de la Avenida Matarimbe, lo siguió impúdicamente, con la cara pálida y el corazón bufando. Fue su propia madre la que le dijo ve a verlo y dile la verdad. Y ella: ¡pero mamá si tu…!”. “Así mismo mija, así mismo, como en las novelas y en las películas, ve y dile la verdad.”
Regresó en medio de una tarde bochornosa y rosada. Se dejó caer en la mecedora destartalada, al lado de su madre que agarraba el tejido desorientado e inútil y la miraba con la angustia de los destinos malsabidos. “No era él, madre, no era él. Su esposa me abrió la puerta y él me invito a pasar, y hablamos mucho, ¿sabes? Y tomamos un cafecito, y no era él madre, no era él. Sí que se le parece bastante, pero ellos son del interior, vinieron a la ciudad hace solo unos años, tienen cinco hijos y pronto se van a América. No madre, sí que se le parece, pero no era él. Ya olvídese de eso. Que a nosotras no nos hizo falta nunca hombre alguno, ni a Candelaria un padre que le estuviera ajustando la correa. Bueno madre, me voy a refrescar que estoy empapa’ita”.
Se metió al baño como humo sin peste. Lloró. Lloró hasta que el pecho se le se aletargó en una maraña de derives. Salió salpicada de agua clara y embadurnada de talco y enrojecida del vapor en la contienda. Asomó su rostro a la puerta de la estancia para llamar a su madre a comer y se encontró de frente con la visión del hombre en el mismo día de la partida prediciendo un pronto retorno. Sacudió la cabeza y el cuerpo en una danza irritable y liada. Regresó la mirada y no era la imagen de antaño, era él mismo, allí mismo, invadiendo su mecedora y en plena faena de bazas con su madre que había soltado el tejido y movía sus manos con felicidad. Se acercó paciente e incierta, ambos tropezaron la mirada sin sombras ni aborrecimientos, su madre suspiraba y con sus ojos duros y agobiados rogaba alguna palabra. En un segundo sempiterno, Candelaria abrió la puerta de la calle en aparición rozagante y jubilosa acarreando libros y azucenas. Le sonrió a todos los presentes y sin cachazas ni verbenas saludó “¡Ay abuela, tremendo calor allá afuera!”.
(Esta historia me la contó la protagonista, dueña de la mata que daba los mangos más rojos de todo el barrio. Me la contó y me dijo que era la “puritica verda’ ” y yo que sucumbía por las historias más cursis me le quedaba mirando extasiada mientras arrancaba cáscaras a los mangos. Candelaria vivió cien años hasta anoche.)
lunes, 17 de octubre de 2011
En Memoria de Laura Pollán
En memoria de Laura Pollán Toledo: "Elogio de la resistencia". Por Gaby Sarduy
(Tomado de Cuba Democracia y Vida)
Resistir,
dejar el miedo a un lado
y ...caminar
empuñando una flor
por la avenida
y llegar a la Iglesia
a pedir lo imposible
y rezar, rezar con fuerza....
oponiendo el silencio
a las consignas.
Resistir,
preparar
la visita al penal
y la jabita y tu mejor sonrisa
para tu hombre
que piensa y que no calla
que disiente y lo expresa
que se planta y florece
como la flor que llevas en las manos
cuando proclamas,
con una valentía que no te sospechabas,
que decir LIBERTAD
con los pasos, los dedos,
los gritos, las palomas
es ahora tu sino
y no hay remedio.
Resistir
y encontrar
aún otra tarea:
abrazar a las otras y arroparlas,
a acogerlas a todas en tu casa
armarlas de paciencia
de fe, de valentía,
escuchar los reclamos,
consolar esa pena
de vivir tan, tan lejos de una cárcel
en una Isla pequeña
hostil e intransitable...
Resistir
y aprender
a hablarle a los micrófonos
maestra, pedagoga,
explicarle a cada uno
con voz irrenunciable
que caminas
por esa Libertad
que les roban
a Uds,
pero a todos
a aquellos que encerraron,
a los que mueren lejos,
también a los que callan,
a los que tienen miedo,
a los que las espían,
a los que se aprovechan,
a los que las hostigan
por ordenes de alguien...
Resistir
y expresarse
en la Isla del Muro y del silencio
salir al sol, la acera,
al malecón, la iglesia
y decir que estas viva
y pedirle a quien sea
que te escuche y te ayude
Repartirle una flor a los pasmados
que te observan
ganándole las calles a esa turba
ganándole las calles a ese régimen:
ésa, tu hazaña...
y fue inconmensurable...
Resistir
y dejar que unos y otros
discutan lo que quieran.
No perder nunca el rumbo
jamás el equilibrio,
ir por el justo medio
de la virtud,
templada,
como duro metal
de dulzura incólumne.
Apoyar al que ayuda,
aceptar cada logro,
por humilde que fuera
sabiendo que de pasos,
pequeños
pero ciertos,
se esteblece el camino
que no tendrá retorno
hasta la Libertad
que despliegas sonriente
con el pulgar y el índice extendidos
frente a hombres armados
que están presos.
Resistir,
hasta el día
en que la reja se abre
y dar las gracias
y también
decir lo que aún te falta:
Libertad, Libertad,
Libertad para todos
Libertad sin "licencia",
Libertad sin "destierro"
Libertad Laura, ¡Laura!
Libertad de verdad
para que Cuba pueda
ser de nuevo una patria
que incluya a cada uno,
que acoja, que engrandezca
a todo aquel que la ame...
Resistir
y abrazar a tu esposo
de nuevo
en tu casa, en tu patio,
oírlo nuevamente cuando duerme
y dormirte
sabiendo
que nada ha terminado,
que todo está aún haciéndose...
Que comienza otra etapa
que tu voz la oye el mundo
y faltan tantas cosas!
Que seguirás andando
en la calle y al sol
y con lluvia y con viento
y con la valentía
que aprendiste estos años
porque existe esa Carta
que dice que los hombres
tienen unos derechos
suyos e inalienables
y habrá que reclamarlos
aún en esta Isla...
para que todos entren
para que todos puedan
para que todos quepan.
Resistir
hasta el día
en que la muerte
llega
y nos aturde a todos
nos inunda de pena
nos quedamos
atónitos
repasando tu gesta
y se vuelve invencible
tu legado:
es la fuerza
de la mirada clara,
de la enorme paciencia,
de la inmensa dulzura,
de levantar la flor
frente a las armas,
frente a la soledad,
frente a las rejas
Que quede tu mirada
para siempre en la historia
que quede
tu osadía
a todos los que esperan
que Cuba sea libre,
pronto, pronto!
Así sea.
(Tomado de Cuba Democracia y Vida)
Resistir,
dejar el miedo a un lado
y ...caminar
empuñando una flor
por la avenida
y llegar a la Iglesia
a pedir lo imposible
y rezar, rezar con fuerza....
oponiendo el silencio
a las consignas.
Resistir,
preparar
la visita al penal
y la jabita y tu mejor sonrisa
para tu hombre
que piensa y que no calla
que disiente y lo expresa
que se planta y florece
como la flor que llevas en las manos
cuando proclamas,
con una valentía que no te sospechabas,
que decir LIBERTAD
con los pasos, los dedos,
los gritos, las palomas
es ahora tu sino
y no hay remedio.
Resistir
y encontrar
aún otra tarea:
abrazar a las otras y arroparlas,
a acogerlas a todas en tu casa
armarlas de paciencia
de fe, de valentía,
escuchar los reclamos,
consolar esa pena
de vivir tan, tan lejos de una cárcel
en una Isla pequeña
hostil e intransitable...
Resistir
y aprender
a hablarle a los micrófonos
maestra, pedagoga,
explicarle a cada uno
con voz irrenunciable
que caminas
por esa Libertad
que les roban
a Uds,
pero a todos
a aquellos que encerraron,
a los que mueren lejos,
también a los que callan,
a los que tienen miedo,
a los que las espían,
a los que se aprovechan,
a los que las hostigan
por ordenes de alguien...
Resistir
y expresarse
en la Isla del Muro y del silencio
salir al sol, la acera,
al malecón, la iglesia
y decir que estas viva
y pedirle a quien sea
que te escuche y te ayude
Repartirle una flor a los pasmados
que te observan
ganándole las calles a esa turba
ganándole las calles a ese régimen:
ésa, tu hazaña...
y fue inconmensurable...
Resistir
y dejar que unos y otros
discutan lo que quieran.
No perder nunca el rumbo
jamás el equilibrio,
ir por el justo medio
de la virtud,
templada,
como duro metal
de dulzura incólumne.
Apoyar al que ayuda,
aceptar cada logro,
por humilde que fuera
sabiendo que de pasos,
pequeños
pero ciertos,
se esteblece el camino
que no tendrá retorno
hasta la Libertad
que despliegas sonriente
con el pulgar y el índice extendidos
frente a hombres armados
que están presos.
Resistir,
hasta el día
en que la reja se abre
y dar las gracias
y también
decir lo que aún te falta:
Libertad, Libertad,
Libertad para todos
Libertad sin "licencia",
Libertad sin "destierro"
Libertad Laura, ¡Laura!
Libertad de verdad
para que Cuba pueda
ser de nuevo una patria
que incluya a cada uno,
que acoja, que engrandezca
a todo aquel que la ame...
Resistir
y abrazar a tu esposo
de nuevo
en tu casa, en tu patio,
oírlo nuevamente cuando duerme
y dormirte
sabiendo
que nada ha terminado,
que todo está aún haciéndose...
Que comienza otra etapa
que tu voz la oye el mundo
y faltan tantas cosas!
Que seguirás andando
en la calle y al sol
y con lluvia y con viento
y con la valentía
que aprendiste estos años
porque existe esa Carta
que dice que los hombres
tienen unos derechos
suyos e inalienables
y habrá que reclamarlos
aún en esta Isla...
para que todos entren
para que todos puedan
para que todos quepan.
Resistir
hasta el día
en que la muerte
llega
y nos aturde a todos
nos inunda de pena
nos quedamos
atónitos
repasando tu gesta
y se vuelve invencible
tu legado:
es la fuerza
de la mirada clara,
de la enorme paciencia,
de la inmensa dulzura,
de levantar la flor
frente a las armas,
frente a la soledad,
frente a las rejas
Que quede tu mirada
para siempre en la historia
que quede
tu osadía
a todos los que esperan
que Cuba sea libre,
pronto, pronto!
Así sea.
martes, 11 de octubre de 2011
tregua
Hacía meses que no veíamos llover. Nos había crecido un cactus en la retentiva. Diez horas de lluvia y los venados han dejado de comerse mis plantas, y las ardillas no han vuelto a tomar agua de la piscina, y huele a fango y a hierbita húmeda. Y entonces me senté en el portal con una copita del Alexander Valley (mira que he aprendido cosas en esta tierrita) y encendí un cigarrito y disfrute la escena. Recordé los días en que la lluvia era algo diferente, no te apurabas por una sombrilla ni te importaba la blusa mojada y transparente, ni le temías a los truenos mientras te bañabas en la costa, ni escuchabas el “niña entra que vas a coger un catarro”. Y tampoco se por qué recordé un poema casi completo, uno de aquellos que durante los días universitarios también entonaba de memoria y otras mil cosas que la lluvia trajo y claro, se llevó porque así se filtran todas las aguas mareadas.
Usted Martín Santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
pero no voy a convocarlo junto a mí
ya que aun en el caso de que no estuviera
todavía muriéndome
entonces moriría
sólo de aproximarme a su tristeza
usted martín Santomé no sabe
cuánto he luchado por seguir viviendo
cómo he querido vivir para vivirlo
pero debo ser floja incitadora de vida
porque me estoy muriendo Santomé
usted claro no sabe
ya que nunca lo he dicho
ni siquiera esas noches en que usted me descubre
con sus manos incrédulas y libres
usted no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme
usted martín Santomé no sabe
y sé que no lo sabe
porque he visto sus ojos
despejando la incógnita del miedo
no sabe que no es viejo
que no podría serlo
en todo caso allá usted con sus años
yo estoy segura de quererlo así
usted martín Santomé no sabe
qué bien qué lindo dice avellaneda
de algún modo ha inventado
mi nombre con su amor
usted es la respuesta que yo esperaba
a una pregunta que nunca he formulado
usted es mi hombre
y yo la que abandono
usted es mi hombre
y yo la que flaqueo
usted martín Santomé no sabe
al menos no lo sabe en esta espera
qué triste es ver cerrarse la alegría
sin previo aviso
de un brutal portazo
es raro
pero siento
que me voy alejando
de usted y de mí
que estábamos tan cerca
de mí y de usted
quizá porque vivir es eso
es estar cerca
y yo me estoy muriendo
Santomé no sabe usted
qué oscura
qué lejos
qué callada
usted martín
martín cómo era
los nombres se me caen
yo misma estoy cayendo
usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola se va a quedar
mi muerte sin su vida.
Mario Bendetti, "La Tregua".
martes, 4 de octubre de 2011
“Ventana deja entrar el día y deja salir; la vida”
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| La familia de El Gallego |
Montescos y Capuletos los nombré cuando conocí a Shakespeare, seguramente con la ilusión de que la historia de amor de nuestros padres valiera la pena. Pero no valió la pena ni la historia de amor ni la ceguera de ambas familias ante tales adversidades. El tiempo lo fue curando todo, pero las frases solapadas, los ideales y las actitudes en la vida permanecieron intactas. Muchos años después y algunos eventos familiares finalmente acarrearon un remanente de concordia deseada. Al final, quedamos todos, ambas familias, mientras nuestros padres se esfumaron sin desagravio.
Mi abuelo Capuleto llegó a la Habana con dos años. Sus padres y otro bebé, dejaron Galicia en busca de mejor vida, tierra y oportunidad de negocios en la Perla de las Antillas. Y lo encontraron. Para cuando yo nací, mis bisabuelos llevaban una vida instalados en una casona linda de La Víbora, sus hijos casados, nietos y bisnietos llegando y habían amasado un próspero negocio en el área de la construcción que fue mermando con la llegada de la Revolución en el 59.
Mi abuelo, conocido como “El Gallego R.” era el alma de una familia que se había asentado en el barrio de Lawton. Sus cinco hijos, cuatro hembras y un varón, corrían por San Mariano arriba y abajo y jugaban en el parque Butari, donde se conocieron mis padres. El Gallego nunca aceptó la expropiación y el socialismo, y subsistió con su gran sabiduría de albañilería y obra, y nada más. Lo metieron preso a merced de la famosa “Ley del Vago” pues nunca accedió a trabajar para el gobierno. Se quedó sin materiales ni trabajadores, pero nunca dejó de traer la comida a la mesa ni en su casa faltó alegría. Trabajaba día y noche, sin fines de semana y sin descanso, siempre había una cocina que arreglar, una pared que macillar o “dar el fino” (en lo que era un experto), unas columnas que apuntalar, un portal con ladrillos que “curar”. Y siempre había una mano amiga que sabía a dónde podía ir a buscar sus materiales y su gente. Con el tiempo lo dejaron en paz. Era un hombre honesto, de principios y buen amigo. Respetado en la familia, en el barrio, y en su profesión. Los vecinos lo buscaban para un consejo, para una ayuda con el hijo adolescente, para un préstamo eventual. Comía en algo a lo que yo le llamaba “palangana” porque comía como un tigre, y dormía en un banco de madera sobre ladrillos y su almohada era un tronquito donde rus rizos blancos y coposos se enredaban, y que él mismo se fabricó para enderezar la columna, decía. Conservaba para trabajar alguna reminiscencia del traje tradicional gallego, unos pantalones bombachos y cortos por debajo de la rodillas que por aquel entonces se los hacían de saco, y de otras telas blancas y se amarraba una cinta ancha a la cintura, azul o negra, no roja como él decía era la tradición, pues con ese color no quería relación. Y Algunos amigos zapateros le hacían sandalias y mocasines. Los días de descanso y de fiesta vestía su atavío de pantalón y chaqueta de lino beige, almidonado y bien planchado y se tomaba unos minutos para colocarse, con deleite frente al espejo, su sombrero de paño, blanco con cinta negra o al revés, que conservaba en caja original, regalo de su padre. Siempre llevaba pañuelo, y nunca billetera. Los dineros iban en billetes organizados, prendidos a una presilla de plata con sus iniciales.
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| Abuelo (a finales de los 70). Asi le llamaba yo. |
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| Abuelo, con tia May. |
Mi abuelo “El Gallego” era un hombre hermoso, apuesto, alto, vigoroso, con una amabilidad y dulzura tan cordial como enérgicos eran su genio y su voz. Gozaba de un sentido del humor contagioso y siempre nos quiso y nos abrazó como a bebés. Cayó de andamios, se fracturó huesos, sufrió infartos, y cada vez se levantó y volvió a la obra. Son muchas las casas de los barrios de La Víbora, Lawton, El Mónaco, Luyanó, El Sevillano, Santos Suárez, Vista Alegre, que conocieron el trabajo de sus manos y guardaron su regocijo y su devoción por una obra decorosa. Se consideraba Masón por legítima sucesión, colaboró con su familia en la Casa de Beneficencia y en el Hogar Nacional Masónico y aunque de esas raíces también lo alejaron nunca dejó de proclamarlo. Aunque no era practicante, ayudaba cada vez que podía en las iglesias del barrio componiendo alguna quiebra. Murió joven. Y recuerdo ese día de 1991, un pueblo era aquel dolor, no había visto yo así tanta gente en un evento como este, en la calle, gente conocida y desconocida, joven y no joven, una multitud que me hizo sentirme orgullosa y me recordó aquellos días de correr por el barrio en que un niño decía, “esa es una nieta del Gallego”. Yo no viví con él porque yo quedé enganchada del lado de los Montescos, pero eso nunca importó, siempre estábamos toda la muchachera junta, metiéndole las manos en los bolsillos para sacarle las monedas para comprar durofrío en la cafetería frente al cine San Francisco.
viernes, 30 de septiembre de 2011
Concurso de Fotografia Social
El sitio Voces Cubanas creó un concurso de fotografia social cubana y han extendido la fecha de cierre. Como no aclaraba, al menos cuando yo lo leí, que era para residentes en la isla envié mis fotos. Orlando Luis Pardo L. muy rápidamente me respondió y agradezco mucho su amabilidad, aclarándome este punto y que no obstante publicarían mis fotos en un aparte que harían para invitados. Ya ustedes las han visto antes por esta mi casita, pero bueno, esto de que a uno le reconozcan su fotico además de la familia y los amigos, tiene su gracia, ¿no? Sobre todo, cuando se trata de la realidad de nuestra isla.
Ojalá muchos de los compatriotas allá puedan participar. La voz de la Libertad tiene muchos sonidos.
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Notas Damas de Blanco,
Viajes
La cartera de la tia...
La tía llego con su cartera medio vieja, para poder regresar con una mejor, encargo de mi hermana y sobrina. Después de abrazos, regocijos y bulla, abrimos la cartera sobre la cama. "¿A ver qué trajiste ahí que pesa tanto? “Un regalito de C. para mi, ¡qué lindo!, ¿Rolos? ¡Mijita eso te lo podía comprar yo aquí! ¡Fotos! Ay mi madre que rico, fotos viejas de mami, los tatarabuelos, la familia de Lawton, mira tú yo chiquitica allá en la casa del rio… y ¿esto que es en este sobre? ¿Pesos cubanos? ¿500 pesos cubanos? Pero tía y ¿esto para qué es? ¿Qué tú haces con 500 pesos cubanos aquí?"...
y ella : "Ay mija no se, para cualquier cosa, para ayudar en algo, no se"…
¡Júa! ¡Di tú!
Y mi marido “¡oye suegrita ten cuidado que a lo mejor traen comején ..."
La pobre, no entendió na’…lo último que pensaba yo era encontrar en esa cartera esos papelitos gastados con la cara de Calixto García y Camilo Cienfuegos…ya ni los recordaba bien, porque la verdad es que yo de esos nunca tuve muchos...
P.S. Un poquito atareada estos primeros dias, pero los leo de vez en cuando, ya vuelvo.
y ella : "Ay mija no se, para cualquier cosa, para ayudar en algo, no se"…
¡Júa! ¡Di tú!
Y mi marido “¡oye suegrita ten cuidado que a lo mejor traen comején ..."
La pobre, no entendió na’…lo último que pensaba yo era encontrar en esa cartera esos papelitos gastados con la cara de Calixto García y Camilo Cienfuegos…ya ni los recordaba bien, porque la verdad es que yo de esos nunca tuve muchos...
P.S. Un poquito atareada estos primeros dias, pero los leo de vez en cuando, ya vuelvo.
lunes, 19 de septiembre de 2011
"Alegria... y una mas pal' bote"
Ya llego el día del viaje, después de la ultima negativa (y su primer viaje hace cuatro años), esta vez “los americanos le dijeron que si”. La otra agonía fue la espera del pasaporte visado, casi ocho meses. Esta noche en mi casa de la calle 15 hay tertulia nocturna y ruidosa. Las viejucas amigas, los vecinos, los amigos de mi hermana, los muchachos del barrio pasaran por allá para darle un beso y decirle “que la pases bien en la yuma”, “no le hagas caso a M. (que soy yo) con eso de la comida saludable y esa muela, tú llena el tanque ahora que en unos meses no se sabe…” Esta noche en la terraza de mi casa de la calle 15 el alboroto, las risotadas y los cuentos acaban cuando mi hermana saque a todo el mundo para afuera con un “caballero a dormir que mañana tenemos que madrugar pa’ ir pal’ aeropuerto.”
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| Tia y yo |
Tía viene sin nada en mano. Solo su cartera, con sus documentos y un “blúmer en una jabita por si se me sale un chorrito del nerviosismo, tú sabes”. ¡Ah!, y muchos papelitos con números de zapatos, tallas de ropa y pedidos de medicinas y accesorios. Tía está contenta porque volverá a ver los días de reunirse por Acción de Gracias, la fiesta de la Navidad, la cena de Noche Buena, las celebraciones de fin año, todos los festejos que un día allá en la isla se apagaron de un solo leñazo. Ya esta soñando con un Mac Donald y el batido de Oreo del Chick-fil-A, y los viajes al Mall, y sobre todo con lo que más le fascina: las luces, las avenidas, los puentes.
Y nosotros también estamos de fiesta, porque ella viene y lo disfruta, porque estamos juntos y la familia crece y sobre todo porque es la mejor manera que tengo de devolverle todo el amor que me ha entregado toda su vida, todos los cuarenta y dos años que me ha dedicado sin mirar a atrás ni un solo segundo, ni siquiera la noche que nos despedimos en esa terminal 3 de la Habana. La primera vez que nos separábamos sin saber la fecha del reencuentro.
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| Tia y yo |
Tía tiene setenta y tres años pero hace rato que no ha querido cumplir más. Cuando mami murió el vacío que se le sembró en el pecho en pocas semanas lo reemplazó con la horrible realidad de un cáncer de seno. Cuando llegó aquí conmigo en Noviembre del 2008 era una pasita consumida, sin pelos y más quemada que mis tostadas de tanta radiación. Pero se recuperó y le dio una patada al desconsuelo tan grande que lleva a mi hermana a la una mi mula con tanta malacrianza, pues ahora “con esta edad y con lo que he pasado, no cojo lucha ni estrés, y vivo el día a día, disfruto cada minuto” con lo cual le puso el cuño: “ahora me toca a mí que me atiendan”.
Van a ser unos meses buenos, ocupados, pero reconfortantes. No hay nada mejor que saber, que además de las remesas, las cajitas, y la medicinas, puedes entregarles algo más valioso, volver a vivir los días del alboroto familiar, las noches recobrando memorias y boleros, los niños de casa compartiendo un abuelo, y esta indestructible sensación de culpa dejándome un poco en paz.
| Mi mami, mi tía y mi Picon unos años antes de yo llegar. La mejor familia que hubiera deseado siempre y que volveria a tener a mi lado si fuera posible. |
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Recuerdos
lunes, 12 de septiembre de 2011
Black out
Se llamaban “apagones”. Con el tiempo, el rigor, y el desamparo el pueblo marginó este sentimiento y comenzó a nombrar los “alumbrones”. Estar totalmente a oscuras en el calor abusivo del verano habanero, sin más ropa posible que sacarte, el estrés para desconocer que ya diste tres mil vueltas a la cocina buscando que comer mientras te mantienes alerta al diabólico sonido del aleteo de las cucarachas voladoras es la imagen más atroz que recuerdo de aquellos terribles años entre 1990 y 1995. Días enteros, noches enteras. Y como todo sucedía en nuestra isla, el “apagón” se hizo ley, y lo que se hacía ley era bueno para luchar contra el imperialismo y subsistir. Y llegaron los “apagones” planificados, por áreas, municipios, sectores, horas, días y ¡Oh alegría, días libres de ellos! Todo masticadito en el periódico para que te preparas con antelación. Recuerdo en mi último año de carrera a la profe L. de Economía Política cuando dejaba la tarea: “Oigan la gente de Playa y 10 de Octubre recuerden que los toca apagón esta noche, así que empiecen temprano a estudiar, no quiero inventos para la próxima clase, están avisados….” Y yo me iba con aquel mal sabor de no poder agarrarla por el cuello.
Sí señor, estábamos avisados. Que era lo mismo que mira a ver a qué hora le plantas la zambumbia a la gente en la mesa (que por muchos años eran recetas todas relacionadas con col) o si tienes la dicha de ver la novela brasileña esta noche, y a qué hora te levantas para llenar los tanques y cargar el cubo de agua para el baño, o a ver si estudias tempranito antes de irte a la escuela, o si esta noche podremos tener sexo en medio de este vaporón insufrible y ventanas abiertas y vecinos en los portales, y luego “caete pa’tras” cuando llegue el recibo de la electricidad.
Yo era joven y acarreaba conmigo el ímpetu de la resistencia aunque en sus últimos y finales estertores. Pero hubo días infames, los odié con toda mi alma, lloré por hambre y por consternación. Y aunque a muchos les parezca que el mundo tiene cosas peores que ver, en aquella hora en aquel cuarto mío, en aquella sala con la familia en medio de conversaciones donde no nos veíamos las caras durante horas ni podíamos dar un paso ni llevar a mi abuela al baño, sentía que nada podía ser peor, hasta que aparecían las desgraciadas cucarachas voladoras para hacerme sentir más pequeña, impotente y desmoralizada de lo que ya era.
Uno de esos días en que no se dormía amanecí tirada en el piso de mi cuarto y en cuanto apareció la luz de la mañana algo había cambiado definitivamente en mí. Aun no sabía que era. Agarré mi vieja y destartalada máquina de escribir, regalo de nuestro querido amigo A. el día que su abuelo pensaba tirarla a la basura y comencé a borronear como demente lo que me dejó la noche. No era un poema, que no soy yo poeta, pero al cabo de los años me di cuenta que había sido entonces la esencia del cambio, la catarsis, el día que aquel desgraciado apagón me devolvió definitivamente a la realidad, la que aun yo no quería aceptar, y todo el mundo en que yo había creído se me vino encima. Estaba triste. Era el mundo que mi abuelo me había regalado. La caída fue dura, de golpe y pendiente, pero de esa todos nos hemos ido recuperando.
Y bueno ahi les suelto otra de mis cositas personales y que hoy le dedico a mi esposo.
“Black out”
(1993)
Únicamente tenemos nuestros propios deseos.
Hemos perdido las palabras
Ya no podemos nombrar siquiera la tristeza
la desesperación
el enquistamiento
la vergüenza.
No me preguntes cómo ni cuándo ni para qué.
Sobrevivo de la ternura el rocío el sol
porque sin más aviso que el haberme despertado
me vino encima la violencia y el desgarramiento
no tuve más vocación ni voluntades, quedé tropezando y temiendo
al borde o lejos de todos los caminos.
Por suerte en estos tiempos de desamparo
estoy enamorada.
Al menos no cargo encima siempre
Noches sin descubrir estrellas
o mañanas de horribles torpezas
o muchas tardes sin reclamos de mi corazoncito necesitado.
Todavía no auguro des-llamadas o des-recuerdos
porque aun tengo pecho para repetir su nombre.
Pero aunque no se me ha muerto la esperanza
se sostiene la injusticia de aquellos
que también están al borde o lejos
de todos los caminos
y que además, en estos tiempos de desamparo
no están enamorados.
Que no pueden compartir serenamente las batallas
y estos primeros pasos
y que tienen en su rostro los más absurdos
síntomas de muerte.
No estoy segura si todo ha de ser
exactamente irrepetible
No sé si se trata de elegir o inaugurar
no sé si la barrera estallará como un relámpago.
Yo estoy finalmente, enamorada y perdida
en esta tierra que se está tornando demasiado áspera
en esta ciudad donde el silencio atrapa
a los que trabajan para cumplir solo con la mitad de su agonía
En este pedazo de mi misma
donde me aguarda por instantes
un sueño desprendido
y una verdad intocable
¿No podría ser acaso de otro modo?
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Cartas I
“Cuídate”
Para todas las mamás que nos escribieron cartas, que nos enviaron sus palabras dulces cuando estábamos lejos para arroparnos un poquito más.
Erase una vez…que nos escribíamos cartas. Y dependiendo de la marcha del correo que casi siempre equivale a la marcha del país, esperábamos la vuelta por mucho o poco tiempo y escuchar el silbido del cartero a la par que te llamaba por tu nombre era un momento de alegría. Hace menos de veinte años en mi ciudad era así. El cartero de nuestro barrio lo fue por tiempos inmemoriales. El mismo señor de piel oscura, radiante calva y ojos medio chinos, banderín de la mezcla criolla que me inspiraba lástima al verle “dando tanto pedal”, lejos de mi mente por entonces que más temprano que tarde terminaríamos todos encaramados en aquellas bicicletas chinas que pesaban mas “que un matrimonio mal lleva’o” según el decir de mi abuela. El traía cartas, telegramas, algunos “recibos” y el periódico diario. Me trajo las cartas de Lissette que eran vigiladas por las “autoridades del CDR”. Me llevó cartas de algunos amigos en la época en que se iban a estudiar a la antigua Unión Soviética o partían a Angola por aquellas causas que nunca entendimos bien. De algunas amistades que a falta de teléfono enviaban alguna misiva. De mi esposo cuando estuvo lejos.
También nos escribíamos cartas que nos llegaban de mano en mano, con un amigo de un amigo, con alguien “que va pa’ La Habana”. Estas los padres las recibían con el corazón en vilo, pues venían casi siempre desde las “becas” o las escuelas al campo, desde sitios lejanos del calorcito de casa, desde el fondo de la isla donde a veces no había ni como llegar. Y por esto tuve la dicha de escribirme cartas con mi abuela. Cuando nos íbamos a la escuela al campo, los padres que no tenían carro propio, que eran la mayoría, se juntaban para “resolver” guaguas de centros de trabajo y pagando por asientos hacer viaje a los campamentos. A veces, no alcanzaba el dinero para más de un asiento, a veces había el dinero pero había que ser justo y que alcanzaran los asientos para todos los padres. Esta situación se agravó mucho para nosotros cuando nos enviaban a las tierras de Sandino, allá en Pinar del Río, uno de los lugares más recónditos de la isla y con difícil acceso. Para mi abuela de más de setenta años no era tarea fácil. A veces solo podía ir mi tía que contra todas las banderas luchaba algún espacio para llegar. Llegaba con la comida caliente del día, cargada de latas y chucherías para la semana, sábanas y toallas limpias, ropa con olor de la casa y algunas cartas. De mami, de mi hermana, y de algunas amistades. Y entonces allí tiradas bajo algún árbol que nos diera sombrita, mientras saboreaba la sazón de la cocina de mami, escuchaba las novedades del barrio y respondía las cartas.
Hace diez años, cuando me di cuenta que salir definitivamente de mi país sería la única opción, y con la incertidumbre del arranque que nos procuran me llevé al patio dos grandes bolsas de cartas, notas y diarios, y las quemé. Me quedé con todo lo que tenía que salvar para continuar siendo la persona que soy. Las cartas de mami andan cerca porque la mayoría de las veces releerlas me hace sonreír, y aun los días que me plantan una piedra en el pecho no dejan de recordarme que sin importar absolutamente nada hay amores en este mundo que nunca levantarán velas. Leerlas es volver a tenerla conmigo. En su caligrafía, en sus mensajes, en sus dichos se adivina su ocurrencia, la bondad y el amor, todo lo fue su esencia. Nosotras sus nietas, su familia, vivimos repletas de ese orgullo cada día de nuestras vidas.
Esta es una de las que más me gusta. Simple, humilde, armoniosa, desvivida, ocurrente. La parte subrayada, por ella misma, siempre me saca una larga y húmeda sonrisa.
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