jueves, 21 de julio de 2011

La primavera no llegará mañana pero acaso pasado mañana…

Leí “Primavera con una esquina rota” cuando tenía dieciséis años. Por primera vez. Las otras veces no puedo contarlas. Sabía de memoria frases enteras, párrafos que quedaban en mi mente como fragmentos de canciones y una y otra vez hallaba más humano cada personaje, cada carácter, cada trozo de cuerpo en cada trozo de vida. No había yo vivido apenas y sentía que Santiago, Graciela, Beatriz, Don Rafael, Rolando y todos eran pedazos de tanta gente que ya conocía y que era gente real, aterrada y valiente, sabia e ignorante, feliz y amargada, gente que amaba y traicionaba, que se repetía y se inventaba, que se ayudaba y se podría, que se decían verdades y tiraban portazos, gente que tenía que vivir y sobrevivir a veces festejando, a veces callando. Benedetti me desgranó por muchos años todas aquellas cosas que yo hubiera querido decir pero que nunca atinaba la palabra acertada, la frase leal. Durante mucho tiempo en cada situación que vivía una marea de versos en prosa llovía en mi mente cuando parecía que el silencio era toda respuesta. He cambiado, he vivido. Soy diferente desde casi, casi, todo punto de vista de lo que fui a mis dieciséis años cuando por primera vez leí uno de los libros que me acompañaría toda la vida. Ni siquiera coincido con ya con el contexto de la obra, y por demás hasta me lo cuestiono. Pero aun así, hay días como este, donde no tengo más explicación que la baraúnda de sentimientos y entreveres de voluntades que de repente te sorprenden mientras andas un poco en las tardes, cuando conduces el carro en medio de un aguacero angustioso, cuando te sientas en el portal con tu copita de vino solo para fumarte uno de esos cigarros…
Teniendo mucho que hacer como por ejemplo, reorganizar y limpiar el librero, lo encontré, abrí la primera página, me senté y no volví en mí hasta que lo terminé. Y entonces algunos de estas frases regresaron…

“…Lo esencial es adaptarse. Ya sé que a esta edad es difícil. Casi imposible. Y sin embargo. Después de todo, mi exilio es mío. No todos tienen un exilio propio. A mí quisieron encajarme uno ajeno. Vano intento. Lo convertí en mío. ¿Cómo fue? Eso no importa. No es un secreto ni una revelación. Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol, y lo que es más importante, de la sombra. Cuando uno llega a percibir que una calle no le es extranjera, sólo entonces la calle deja de mirarlo a uno como a un extraño. Y así con todo. Al principio yo andaba con un bastón, como quizá corresponda a mis sesenta y siete años. Pero no era cosa de la edad. Era una consecuencia del desaliento. Allá, siempre había hecho el mismo camino para volver a casa. Y aquí echaba eso de menos. La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia sólo tiene que ver con cielos y árboles y mujeres. A lo sumo, con militancia política. La patria, en fin. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas. Por ejemplo, ésa. El camino de vuelta a casa…"
“…Los motivos adultos, o quizás las excusas adultas de los miedos que vienen después, no son fantasmales, sino insoportablemente reales. Sin embargo, a veces les agregamos fantasmas de nuestra cosecha ¿no te parece? A propósito, ¿cómo andan tus fantasmas? Dales proteínas, no sea que se debiliten. No es buena una vida sin fantasmas, una vida cuyas presencias sean todas de carne y hueso...”.
“…De modo que no tengo respuesta a ninguna pregunta tuya, sencillamente porque carezco de tus preguntas. Pero yo si tengo preguntas. No las que vos ya sabes sin necesidad de que te las haga, y que dicho sea de paso, no me gusta hacerte para no tentarte a que alguna vez (en broma o lo que sería muchísimo más grave, en serio) me digas: YA NO…”


“La hipocresía es un vicio, pero no estoy convencido de que la franqueza sea una virtud.”

“…Algún día abandonaré este raro exilio y me reintegrare al mundo, ¿no? Y seré alguien distinto, creo incluso que alguien mejor pero nunca el enemigo del que fui o el que soy sino mas bien el complementario. Si, tener noticias tuyas es como abrir una ventana, pero entonces me vienen unas ganas casi incontenibles de abrir más ventanas y, lo que es más grave (¡qué locura!) de abrir una puerta…Si se abriera…seria la recuperación de la realidad, de la gente querida, de las calles, de los sabores, de los olores, de los sonidos, de las imágenes…Seria por ejemplo la recuperación de vos y de tus brazos, y de tu boca y de tu pelo y bah! A qué intentar darle vueltas a un pestillo que no cede, a una cerradura inconmovible. “

“El pasado se vuelve fastuoso y sin embargo es apenas una desilusión óptica. Porque el pobre, mezquino presente gana una sola y decisiva batalla: existe. Estoy donde estoy.”

“El buen compañerismo consiste muchas veces en callar, en respetar el laconismo del otro, en comprender que eso es lo que el otro necesita en esa precisa y oscura jornada, y entonces arroparlo con nuestro silencio, o dejar que él nos arrope con el suyo, pero, y este pero es fundamental, sin que ninguno de los dos lo pida ni lo exija, sino que el otro lo comprenda por sí mismo, en una espontánea solidaridad”.
…”todo recomenzará normalmente naturalmente aunque el espejo primavera tenga una esquina rota, eso sí, la tendrá, seguro la tendrá…”

viernes, 15 de julio de 2011

"Las ciudades son libros que se leen con los pies... "(II)

Todos atesoramos alguna historia nacida en un banco de parque en cierta ciudad. En uno de ellos habremos grabado tantas lágrimas como sonrisas, unos cuantos sueños y varias urgencias, les confesamos fechadas esperanzas y le abandonamos uno que otro bártulo con decepciones. Grabamos nuestros nombres, ocultamos mensajes, disfrutamos el fresco de las tardes con los amigas de la escuela, saltamos y rompimos sus esquinas con todos los chiquillos del barrio, a algunos los vimos llegar, sostener nuestras vidas y también quebrarse como huesos viejos. Un banco en cualquier parque de cualquier ciudad guarda la historia de un ser que besó a su amada, que celebró a sus hijos en apretones dulces, que cantó su pena y peleó sus líos, que planeó su final viaje con sus últimos amigos, que regresó cada día cuando su alma se desgajó como un racimito en otoño.
 Leer las inscripciones en los antiguos bancos de madera y hierro a lo largo de las veredas en el Parque Central de New York me colgó posada y tizón de mi lejana ciudad. Pensé en cuantos rótulos, si se pudiera, habrían en los bancos de nuestros parques, allá en el mismísimo Parque Central de la Habana donde tanta gente se enamoró (desde los alrededores de los 1877) y regresó a tomar una fotografía de bodas, a donde los vecinos se escurrían desde los edificios a tomar la brisa del mar en la tardes vaporosas, donde la gente se reunía a hablar de política, noticias, farándula, donde los fanáticos del baseball consiguieron trágicas peleas en muchas ocasiones, donde los alojados en el Hotel Plaza paseaban sus abundancias antes de su siesta (sin saber que la gran Isidora Duncan andaba de sombrilla en esos lares soleados) y los asistentes al Centro Gallego esperaban sus carros después de sus fiestas y bailes, la plaza que ha aglomerado a tantos cubanos para proclamar o exigir, para defender o caer, la plaza que acoge el monumento a José Martí, el primero situado en la ciudad, igual que el Parque Central de Nueva York que acoge a nuestro apóstol, en su entrada sur por la calle 59 y la avenida sexta, sobre su caballo encabritado, gesto en piedra solemne.
Es caro, muy caro, tributar un banco en el Parque Central de Nueva York. Pero se hace, y con ese dinero se mantienen las áreas, los lagos, los monumentos, los puentes, los jardines. Y de paso, alguien llega y descubre que no solo expresamos el afecto a nuestros padres, amigos, amantes, hermanos, con un anillo de brillantes en declaración gloriosa, o con una casa nueva, o aquel abrigo en rebaja de la Fith Avenue, o una tarjeta de regalo, o un furtivo envoltorio bajo el árbol de navidad. También lo podemos hacer entregándole un pedacito de nuestra devoción al lugar que nos dio el refugio, a nuestra comunidad, a los que pasan por allí un día, abatidos e inseguros y mientras cavilan la próxima jugada para seguir existiendo se topan con la más simple devoción a la espera…


…que podrá parecer muy cursi pero a mí me llenó de esperanzas.

(Tomé estas fotos a lo largo del sendero desde Strawberry Fields  hasta la zona llamada Bethesda Terrace. En central Park existen más de 9,000 bancos de tipos diferentes, hasta ahora han sido adoptados unos 2,500).


Monumento a Jose Marti, en el Parque Central de la Habana.
(Foto tomada de la red).
Monumento a Jose Marti en el Central Park de New York. (Foto tomada por mi)


martes, 12 de julio de 2011

"Las ciudades son libros que se leen con los pies..." * (I)

Viajar es muchas cosas. Mucho más que pura aventura. Un viaje hurta la raíz, precipita tu experiencia, desclava la voz de tus más notables sueños. Es la continuación de cualquier visión en tus mejores o peores días, las fantasías brotadas de nuestros libros favoritos, el arraigo sincero de colocar nuestros pies allí donde antes lo hicieron otros, allí de donde vienen cuentos recónditos, fábulas sorprendentes, ladrillos y fuentes colmados de símbolos e historia, de amores y apremios, reclamos y muertes. Viajamos con asombro, esperanzas, apetito, y revuelo. Partimos saludando el tiempo con bolsas llenas de albas, y regresamos obstinados de la espera, la cancelación del vuelo y la irritación contraída en los incómodos bancos de salones, repartiéndonos el alma en los más miserables huecos.
New York me robaba la espera por varios motivos. La ciudad que nunca duerme, la gran manzana, la ciudad de los rascacielos siempre ha de convocarte. Sus cuadriculadas calles me regalarían algunos reencuentros; los deseados, acertados, poblados de memorias infantiles, dulces y atesoradas. Y no se equivocó su viento de luces y excéntricas melodías, no se nos escondió la ira ni se arremolinaron ausencias trastocadas. Un abrazo y sonrisas nos devolvieron grietas sin dolores, no sin amparar los sinsabores que siempre deponen los regresos y la inconsciencia socorrida. Y los otros. La capital del mundo también me tributaría rotos cascarones que intenté no me vaciaran el ensueño ganado.
Viajar es seguir huellas que nadie ha abandonado por ti. Descubrir que odias la ciudad o que la amas. Que un día volverás o que tu adiós fue tan definitivo como la soledad de un amante magullado. Puedes regresar con fotografías sorprendentes o imágenes maltrechas de ti mismo. Viajar te usurpa el carácter, te retorna al podio donde tu niñez te convertía en el valiente Capitán Nemo, te asoma en puntillas al balcón de un virtual futuro. Pisar la tierra que no es tuya te muestra que el mundo se sacude más rápido que tu corazón en carrera, y que tantas vueltas das sobre ti mismo que olvidas las esencias más humanas, los atributos más preciosos de nuestra existencia.
Gente siempre apurada, reflejos de cristales plateados bañando los autos amarillos, trajes y valijas oscuras, carros de comida en cada esquina, música revolviendo las calles, bancos con delicadas dedicatorias en los parques, antiguos edificios repletos de buenas y malas historias, mármoles y vagabundos, relumbrantes vidrieras y olas de basura, perfumes y podredumbre, distinción y fortuna. Una ciudad con una vida propia sin que los derribos polvorosos que aun le arrebatan fantasmas logre arrancarles la alegría y la franqueza.

“Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad”.

Julio Verne

* Quintin Cabrera

Edificioen el  Bronx
 
  

 


Vista desde el Central Park




En Time Square

Foto tomada (con mucha niebla y sin sol) desde el ferri de Staten Island


Bancos con dedicatoria en el Central Park

lunes, 4 de julio de 2011

New York New York!!!!!!!!!!

Los veo pronto!

miércoles, 22 de junio de 2011

No soy sin ti.

No estallará la voluntad contra los muros. No hay muros para tantas mareas acorraladas, álgidas voces, aullidos arruinados. No soy sin ti. No hay ciudad sin sueños ni sueños sin dolores.
No hay casas sin voces ni voces sin espíritus solemnes, sin cabezas danzantes soltando guijarros y lentejuelas, cediendo la savia de los viejos callejones amputados, de las barquichuelas que clarean disipando los hedores de una bahía desconsolada. Yo te traigo conmigo a pesar del ambiguo padecer foráneo. No tuve esta certeza de ti hasta que el sabor de la sal abandonó mi piel sin amor ni refugios. Te cerqué como pude, te reparé de las gráciles maneras que sabía y te consagré con un montón de rezos que le arranqué a la primera aurora con sol y charcos. Estás tan detenida que duele. Tan lejana que molesta. Tan triste como las esperas, tan sola como un banco de parque sin amantes nocturnos. 

Nadie escucha tu garganta ronronear con espantos mientras la música de los tambores opaca las furias. La cólera del mar no alcanza. Dioses que no te pertenecen te sisan la alegría. No creas en tus manos poseídas, no temas las ajenas porque no lo son.
No te habitan cobardes ni dormidos. Son los sueños anidados, maltrechos, molidos, fatigados, morando en el desanimo y la palidez, la culpa y la vergüenza. Los muros volarán. Volarán en estridentes pedazos azules como truenos y rojos como fuego y verdes como  cerros encendidos. Nos abrazaremos a la orilla de la bahía, saltaremos de barca en barca vestidos todos con viejos atuendos de esperanzas traídos en tres carabelas cargadas de utopías y cantos.










 



(Nota: Todas las fotografias son mias, pero no se como sobreescribir en ellas mi nombre o el del Blog, alguna ayuda seria bienvenida.)

sábado, 18 de junio de 2011

Carmen y "El Carmelo"



Esquina del restaurante "EL Carmelo"

Comíamos nuestros sándwiches preferidos en las tardes de algunos fines de semana pero con bastante frecuencia en la cafetería “El Carmelo”, que también tenía restaurante y barra y que, en los finales de los setenta y principios de los ochenta, aun conservaba un menú bien confeccionado y un gratísimo servicio, al decir de mi tía Carmen “casi como antes de la revolución”. Carmen era médico y no se fue en el 59 “para el norte” porque sus padres ya viejos y enfermos no quisieron dejar su tierra, a pesar de que les quitaron sin esclarecimiento ninguno su Barbería de barrio y le inhabilitaron sus cuentas de banco. Así quedó, atorada, en medio de un sobrevenir de confusas alienaciones, viviendo el dilema de servir como su deber le disponía y callar lo que penaba para que le dejaran ejercer y mantener a su familia. Tenía un Ford del cincuenta y pico de los que le decían “cola de pato” un carro largo, cómodo y bonito que poco a poco fue perdiendo su linaje convirtiéndose en una chatarra sin reino, pero que en sus buenos tiempos nos llevó hasta la cafetería de “El Carmelo” a pasar aquellas felices tardes de familia con su sobrino desobediente y explayado, mami, tía, y mi hermana. A veces cruzábamos al parque y correteábamos mientras ellas conversaban a la sombra de los álamos.
Las tardes de “El Carmelo” se mezclan en mis memorias con un sabor de complicidad y extrañeza. Carmen nos contaba, bajito y con cuidado, anécdotas espirituales y antiguas, algunas que no podía yo contar a otros. 
Teatro Auditorium-Amadeo Roldan.


Durante el incendio

 El restaurante quedaba en la esquina opuesta al antiguo Teatro Auditórium y luego renombrado “Amadeo Roldán”, que en 1977 quedó totalmente destruido por un incendio, al parecer un “atentado contrarrevolucionario por agentes de la CIA pagados por el imperialismo yanqui”. Pero me gustaba más el relato de Carmen mientras yo contemplaba desde la fuente (sin agua) del centro del parque aquella majestuosa entrada con sus escalones espléndidos, desde donde brotaban unas prolongaciones oscuras por el gran boquete frontal que se mantenía enrejado y cautivo. La escuchaba contarnos que al terminar la función de aquel sábado, cerca de las doce de la noche uno de los teloneros enfermo de amor por otro operario del teatro, y cuya pasión incomprendida le traía “a mal por mundo” se dejó llevar por su locura y cayó rendido ante los desvaríos de dicha exaltación. Yo cerraba los ojos apretados y no volvía a abrirlos hasta que no la escuchaba decir que nadie había quedado atrapado en el aquel fuego voraz y que se habían salvado un piano de cola y algunos otros instrumentos.
Allí también nos contó de un sándwich cubano famoso que ya no se podía comer pero que fue el delirio de una jovencita habanera asidua de “EL Carmelo” por allá por los años 30’. Ella pedía al chef que se lo preparan, y por la rareza de la mezcla de sus ingredientes se bautizó con su nombre: Elena Ruth (también se le conocía como Elena Ruiz, o María Elena). La receta consistía en dos tapas de pan blanco de sándwich, se le quita la corteza, se unta queso crema en ambas tapas, luego mermelada de fresa y después se añaden varias lascas de pavo asado. Nosotros allí nunca lo comimos, ya no lo preparaban, pero nuestros sándwiches de jamón y queso con pepinillos y mantequilla con pan de flauta bien tostado, y los helados montados nos hacían igual de felices.
Cuando nos íbamos, ya montados en el viejo Ford, Carmen siempre decía “despidámonos de “El Carmelo y ojalá que aun este ahí por mucho tiempo más”. “El Carmelo” allí quedó pero con el tiempo las cosas cambiaron. La escasez, la ineficacia estatal, la necesidad, y el abandono se posaron junto con las moscas y el calor sobre sus mesas. Y nos vimos un día, sin el Ford y sin vuelta a nuestras incursiones. En las tardes frescas de tertulia, en la terraza de nuestra casa en la calle 15 ella contaba “dicen que hay un restaurante allá en Miami que se parece mucho al Carmelo, lo hicieron con un estilo parecido, para que la gente lo recuerde así, se llama El Versailles, daría cualquier cosa por ir.” En el año 2002, en el abrazo del adiós me recordó: “tírate una foto en el Versalles y mándamela”. Pero no tuve tiempo. Unos meses después murió luego de una tonta caída y un golpe en la cabeza. En los mismos hospitales donde despedazó su vida a pesar de toda su angustia, fue mal atendida y mal diagnosticada.
A muchos les parecerá demasiado melodramático pero cuando por fin visité Miami nos fuimos al Versalles, y desde que abrí aquel menú de varias páginas sentí la mano cariñosa del tiempo sobre mi espalda, y mientras con mis ojos devoraba…frituritas de malanga…croquetas de pollo…yuca frita…sándwich cubano…pastelitos de guayaba…una ola gigante del mar de mi isla se me arrojó con coraje. Mi esposo miraba para todos lados y me decía… “¡por Dios chica que la gente está mirando!” Y entre el gimoteo y la sonrisa de una conmoción retenida por tanto tiempo le dediqué a mi tía Carmen aquel almuerzo de domingo y un sorbito de café caliente con espuma…como ella hubiera querido saborearlo.
Restaurante Versailles, Calle8, Miami.


lunes, 13 de junio de 2011

Boniato con sabor a coco

Las escuelas al, y en el, campo. II
A los doce años por primera vez me alejé de casa contra mi voluntad y con una contenida furia de perro hacia mi padre cuyos intereses libidinosos de turno lo llevaron, a pesar de las colijas de mi abuela y mi tía, a internarme en una “escuela en el campo” o “beca”, cuando aun esta forma de cursar los estudios secundarios era opcional. Cada domingo lloraba desde que salíamos de casa hasta que llegábamos al parque de Calzada y D frente al, entonces aun achicharrado y triste, Teatro Amadeo Roldán. Allí se estacionaban las guaguas que nos llevaban hasta la beca emplazada en las afueras de la Habana en un pueblo llamado Güira de Melena. Cada domingo, durante un año y medio me subí a aquel monstruo lagrimeando, mientras en mi cabeza daban vueltas todas las posibles escaramuzas que debía urdir para salirme de allí de una vez.
Muchos guardan entrañables recuerdos de aquellos furibundos días escolares, historias de amores encrespados y de amistades largas y definitivas. Yo no. Yo conocí el desamparo y malas condiciones de vida. Resistía, con mis ojos clavados en la tabla de bagazo de la litera de arriba, preguntándome como era que vivían los niños de Haití o de África, lema que tanto nos repetían, y por qué yo tenía que estar allí para aliviar sus penas. Las circunstancias, o la edad, o los eventos que acaecieron durante aquella época no me convidaron nada. Extrañé la luz de casa, los desayunos de mi abuela, los juegos con mi hermana, las travesuras en el patio con los perros, las salidas con tía, y mis viejos boleros en 35 rpm en el veterano Phillips. Perdí a mi abuelo Picon en medio de un desconcierto imponente del que recuerdo solamente la contemplación de aquella mujer que decía mi nombre aseverando que yo había sido informada de “lo malito que estaba”, y su camastro vacío sin su olor a sudores y desastres.
Bandeja de comida en la escuela

Algunas generosas remembranzas quizás: amé el pan tostado embadurnado con aquella “tirria” de mantequilla desleída cuando teníamos suerte en las mañanas, asimilé otros diversos “inventos de comedores escolares”, comí gofio, aprendí a lavar mi ropa interior y cuidar mis efectos personales, a bailar casino, a llorar calladita en las noches frías, a encontrarle al boniato sabor a coco. Trabajamos en las labores del campo desde las siete y media de la mañana hasta las once. Casi siempre en aquella tierra colorada y seca nos tocaba escaldar, aporcar, deshierbar, sembrar bejucos, abonar surcos y surcos de algo que a veces ni sabíamos que era. Por un tiempo fuimos más suertudos. Nos bajaron de la carreta en un campo nuevo y nos dijeron que eran sembrados de boniato, casi listos para cosechar, pero primero debíamos revisar los surcos y organizar los desechos después del resaque. El calor era agobiante, los aguadores se demoraban y la faena era trabajosa pues había que remover la tierra con las manos, encontrar los trozos, remover las hierbas, organizar las raíces. Alguien le pidió el cuchillo al “tío del campo”, un viejo resabioso y sin dientes que no paraba de contar de una guerra que no sabíamos contra quien ni cuando había ocurrido. La muchacha que hizo el pedido luego preguntó: ¿Quién quiere? mostrando unos trozos blancos embarrados de tierra mientras ella misma ya se metía en la boca un buen pedazo. Varias niñas agarraron aquello tan rápido, que ella tuvo que rebuscar y escoger otro boniato, pelarlo y comenzar a repartir tajadas. Yo agarré una medio recelosa y con los ojos cerrados le di un mordisquito pequeño. Primero fue algo duro, un poco áspero sin apenas sabor, luego se sintió fresco, sobre todo fresco y eso era bueno y seguí comiendo con mordeduras de ratón aquel cachito de boniato, me senté por un segundo en el surco y con mis ojos cerrados lo terminé. Extendí mi mano luego y le dije: “Dame más chica, que este boniato tiene sabor a coco” y todas se echaron a reír. 
Al día siguiente nos bajamos de la carreta trayendo en los bolsillos unas navajas oxidadas que nos prestaron los varones del grupo. Desde entonces pasamos menos hambre en aquellos días, y por un buen tiempo nos alimentamos de la mejor cosecha de boniato crudo con sabor a coco, siempre a escondidas del “tío del campo” que nos decía que “cogel ese pe’azo e, boniato e’ robal’le a la revolución”.


martes, 7 de junio de 2011

La otra. (XVI)

La partida de Paquito.


Aguador. Antigua Postal cubana.

“La vida es una sola, una sola pa’ las desgracias, una sola pa’ las alegrías y una sola pa’ sacar adelante tu familia, pa’ ver crecer a tus hijos con orgullo, luego te preocupas si es justa o no. A veces no hay tiempo de eso”. Cuando podía escuchar algún bolero que trasmitía la CMQ, solo entonces la vida mudaba de aires para África.
Cuando yo era pequeña y las horas de alimentarme se le hacían una batalla tenaz, me contaba historias de niños flaquitos y desnutridos, de niños que se los llevaba el hombre del saco a su casa para que aprendieran a comer, de niños que se volvían hombres muy lejos de su mirada. Fue su manera de perpetuar a Paquito sin que su conciencia doliera más de lo necesario.
A Paquito se lo llevaron” me dijo el día que finalmente soltó el cuento, cubrió su cara con sus manos agrietadas y valientes y se ahogó en un llanto fatigado sobre la mesa. Lloró tanto que tuvo que escurrir el arroyo de lágrimas que se le venía encima de las piernas con su propio delantal. Estuvo suspirando demasiado tiempo para mi asombro y quedé un día entero vuelta una mudez de espanto. En la noche pegadita a su espalda aún podía sentir su trémulo quejido apagándose. La abracé descubriendo que a ella también le pasaban cosas tristes.
“A Paquito se lo llevaron”. Me contó, estrujando nerviosa sus manos en el delantal ensopado de su propia angustia. Había llegado el Sargento Morales, luciendo su uniforme azul recién planchado y por el que ya ella había recibido sus cincuenta centavos, saludando adecuadamente con su mano muenca… “un muchacho criao en el mismo barrio, yo mismita vi el día que el perro fiero ese de Don Mariano le desgajó los dedos de la mano”… dejando el recado a mi abuelo de que fuera urgente a la estación de la calle Acosta. El dijo que todo estaba bien pero “tenía los ojos viraos pa’bajo como cuando alguien esconde una verda’ ”.
Mi abuelo llegó en la noche con la mala noticia y las piernas engarrotadas de trajinar todo el barrio. Paquito se había escapado de su padre borracho y bandolero hacia varios años. Vivían allá en las vueltas de Pinar del Rio, vino a parar a casa de una tía vieja mas abusadora que el otro, la cual murió recién el apareció. Así se vio en la calle viviendo de la caridad de los portales y haciendo mandados, como el mismito Norberto se lo encontró hacia ya cerca de cuatro años. “Ya lo tienen. Me llamaron pues alguien tenía que firmar papeles. Ya lo montaron en el tren de vuelta pa’ su casa con el padre.”
África se hundió en la poltrona sin anhelo ni nervios. Tanto tiempo llevaba Paquito durmiendo en su regazo, escuchando sus historias, cuidando de los niños a los que, a escondidas, ya llamaba hermanos, haciéndole encomiendas a las prisas y sin resuello y ella sin saber. No solo le arrebataron su muchacho… “ni siquiera pude decirle adiós, prometerle que lo buscaría, que lo traería de vuelta, que lo sacaría de aquel infierno pa’ vivir con nosotros”… “¡Ay viejo por Dios! ¿Qué tú has hecho? ¿Por qué no le rogaste al sargento que nos dejara verlo, decirle adiós…?”. Su angustia fue tan voraz que se le cortó la leche del pecho, se quemó el arroz cada tarde sobre el fogón, y veló revolcada en la butaca por tantas noches que las piernas se le volvieron jamones aquejados. Nunca más se habló de Paquito pero “a ese sargentico con su mano muenca jamás le volví a lavar su desgracia’o uniforme, ni a mirarle su cara de mono.”
Su dolor se desgajó por partes y se repartió en sus días como abono para flores. Despacito y con cautela su herida se volvió una cicatriz acordonada y perla que parió canas tempranas. Cargaba en su alma el espanto de no haber montado lucha por alguien que lo necesitó. No habría clemencia ni alegrías suficientes en este mundo que la dejaran planchar sus bultos de ropa con la paz de la tarde ni escuchar la radio sin confundir todas las voces con la voz del niño.
Dejó que la tristeza le naufragara, le ganara la otra orilla y se convirtiera en una diminuta islita olvidada que se volvió a revelar cuando yo era pequeña y las horas de alimentarme eran una batalla tenaz, y el pobre flacucho de Paquito salía en su ayuda blandiendo la impaciencia de todas los desarraigos y adioses. “La vida es una sola, una sola pa’ las desgracias, una sola pa’ las alegrías y una sola pa’ sacar adelante tu familia, pa’ ver crecer a tus hijos con orgullo, luego te preocupas si es justa o no. A veces no hay tiempo de eso”. Pero sus ojos, que siempre fueron como trocitos de cristales luminosos, se llenaban de una lejana congoja que se derretía en mi frente tomando la forma de su más radiante beso.

Familia cubana. Antigua Postal de Cuba.

Antigua postal de Cuba.
Chiva alimentando bebe.


jueves, 2 de junio de 2011

Junio

                                                                      Post Card from June
La halló en la gaveta de la mesa de noche, donde velamos la soledad al alcance de la mano cuando los espejismos o el llanto se nos cosen a las sábanas. Una añeja tarjeta amarillenta, una voz sepia adolorida. Nada en su anchura tenía ya sentido, sus letras eran un cayo en su corazón, una islita sin bordes, cientos de piedritas de ese rio que había escurrido durante los últimos veinte años y cuyo sabor de grieta nunca volvió a ser una presencia. No necesitaba abrirla para escuchar la cuita de aquellas grafías desasidas, claves cariñosas, signos de magia.
There is no place for my tears. Not anymore.
I know there will be, always, a rest for me in your heart, silent, warm, resolute. I am this voice breathing at your side, close your eyes and hold my face in your hands, kiss me. Kiss me like the first time in our lives. I can see your smile sometimes your melancholy. I still can see you. Sing to me, talk to me, and be in this world for that day when this madness will be just an old post card.
Everything in this life could be destroyed but one thing.
Memories.
Y no la abrió. La sostuvo por unos segundos y pensó otra vez en lo mismo. No había llegado ese día en veinte años. No llegaría en veinte años más. Pasos conocidos le devolvieron la cordura y hurgó entre su ropa interior para envolver otra vez aquel viejo cartón descolorido. Eso era su alma, un viejo cartón pálido sobre el que una vez, una ola vencida, dibujo un amor. Para esta felicidad no necesitó su alma ni sus espíritus ni sus aguaceros de ciudad. Para esta felicidad se compró postales nuevas con claros, y tenues tonos y las despachó cada Junio a volandas sobre el mar.
I will always miss you. How can I still love you?
I cannot sing and talk to you anymore.
I cannot see you I lost your face between my hands. There is not a day in my life without that thought “this is the day when my sadness will be an old post card”.
The wave’s sounds are coming back to me.
Time could destroy many things but one: the first kiss of our life.

No confundamos el olvido. No todo silencio lo define.
June.

(Foto tomada de internet. Costa oeste, Habana)